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martes, octubre 27, 2009

LA PRIMERA VEZ: Germán Hernández


Volvemos con otro escritor joven costarricense. Esta semana se trata de Germán Hernández, poeta, ensayista y narrador.


Germán Hernández. Costarricense-nicaragüense, nació en San José en 1974. Es economista y teólogo. Perteneció al Café Cultural Francisco Zúñiga Díaz donde trabajó al lado de don Chico Zúñiga, su indiscutible maestro. Hernández cultiva la narrativa y la poesía y ha colaborado en algunas publicaciones nacionales. La mayor parte de su obra aun se encuentra inédita.

La primera vez

A Lillo le gustaba sacársela delante de nosotros, la sostenía con fuerza y se le ponía dura mientras callábamos asombrados, luego nos íbamos a mejenguear sin darle importancia a las cosas que decía sobre las vecinas, del dulce aroma de la ropa sucia, de sus cuerpos y las rendijas en los baños, de la blancura virginal de nuestras hermanas y madres, todavía esas cosas no nos importaban, como sí importaban los torsos humeantes y los domingos frente al tele, las banderas y las consignas, los goles y las palizas a pesar de las gloriosas victorias cuando la borrachera de nuestros padres llegaba con la aurora antes de volver a la escuela, como sí importaban los gritos de mi madre llamándome para comer, para dormir, cuando estábamos sumidos entre aventuras y exploraciones en el potrero prohibido. Entonces Lillo se la guardaba y escupía en el suelo sonriéndome y corríamos todos hasta el lote baldío junto a la pulpería donde iban a comprar los mariguanos, antes de la cuesta frente al potrero, donde quedaban todavía algunas matas de café y matorrales donde dormía nuestro miedo, poníamos las canchas, buscábamos las piedras lamidas desde siempre que había cosechado la acequia y medíamos las porterías de 20 pasos marcábamos el centro y el punto de penal y luego me paraba frente a Lillo, piedra papel o tijera, uno dos tres y siempre me vencía… papel cubre piedra, piedra destroza tijera, tijera corta papel, y Lillo escogía de primero, pido a Jose, yo a Max, yo a Primi, yo a Manchita, yo a Alex, yo a Marelo… jugábamos hasta el que metiera 10, y cuando perdíamos o perdían ellos, venían los gritos y las discusiones y cambio de cancha y hasta el que metiera 20, aunque las mamas no entendían y a veces no terminábamos, sobre todo cuando llovía y era más delicioso jugar y más pesada la bola entre las pelotas de barro que se elevaban en cada tiro y en cada barrida.

Cuando la bola salía dando tumbos y cruzaba la calle hasta esconderse en el potrero prohibido, nos sobraban intenciones y silencios para correr tras ella, porque había muchas historias y muchas advertencias para no entrar en ese lugar que a pesar de todo explorábamos para apear nísperos y manzanas rosa, o pescar olominas en la pequeña acequia llena de mierda y subirnos a los palos y buscar en los huecos fétidos que se abrían al pie de sus raíces para encontrar tesoros, antiguas piezas de autos, motores herrumbrados y recuerdos, periódicos antiguos, collares y basura todavía intacta y todavía útil, como los adornos de un árbol de navidad, cables eléctricos y juguetes echados a perder a martillazos, pero no nos importaba, porque todas esas cosas las recogíamos y de regreso a nuestras casas se sumaban con todos nuestros tesoros, bajo las tablas del piso y las acomodaba junto a las otras, porque en eso se nos llevaba la vida y comparando nuestros tesoros y dudando de las historias de miedo, del Padre sin cabeza y la carreta sin bueyes, como si en estas calles y en estos tiempos, hubiera padres y hubiera carretas, cosas de los viejitos que apuntaban con sus dedos hacia nuestra falta de respeto, nuestros gritos de guerra, nuestras necesarias incursiones en aquel paraíso donde nunca encontramos las armas abandonadas de los sicarios, ni el cadáver desangrado del prófugo que escapó de la cárcel, ni los fajos de billetes que arrojaron los asaltabancos cuando huían de la policía, o la niña ahogada en la acequia, llena de golpes y con los ojos abiertos, porque dicen, que en la mirada perdida de los muertos queda el reflejo de los asesinos, pero nosotros nunca vimos esas cosas, ni a los mariguanos sombríos y sus aquelarres de hongos y boñiga fresca, ni a los sátiros que repartían dulces a cambio de caricias, nunca nos encontramos con los peligros que tantos jalones de orejas y fajeadas nos habían costado, porque tampoco habíamos tenido que buscar la bola entre sus senderos de noche, cuando solo brillan las brasas de los cigarros aturdidos y los aullidos de los perros, ni los cuerpos que huyen de la gente y se encuentran como en el cine llenos de ausencia y se besan y se quieren y le temen a la muerte, porque no dormirán bajo el viento ni sobre el pasto que cierra sus ojos y gime, que se destroza bajo sus cuerpos silenciosos. Por eso rompiendo nuestras promesas y cuesta abajo hasta el potrero prohibido, sobre nuestras huellas y los pasos de otros, sacábamos las piedras del corazón de la acequia para construir las canchas y jugar nuestros partidos.

Aquella vez íbamos perdiendo, a Max le habían dado una patada y se había puesto a llorar a un lado de la cancha y no había manera de convencerlo de regresar al partido, Lillo nos jodía diciendo que miedo, miedo y yo le decía que no se montara, que sacara un jugador, el asunto iba mal para nosotros y puse la bola al centro para jugar de pura chicha cuando escuchamos ese ruido paralizante que tuerce las cabezas y detiene el tiempo por un instante, luego ese golpe seco y adivinamos que otra vez, algún carro bajando la cuesta del potrero se había estrellado.

Corrimos para llegar de primeros, entre la cuneta, incrustado en un árbol de poró un automóvil se había ensartado, las llantas de atrás quedaron en el aire, y una comezón en el cuerpo nos decía que no era como los otros accidentes, éste era peor que todos los que solían ocurrir en la cuesta, porque nos encantaba verlos, todo se llenaba de vecinas regañándonos, de perros nerviosos y carajillos, de gente que no sabíamos de dónde habían salido y que poco a poco formaban un muro de asombro alrededor del carro y pronto llegaba algún policía de la caseta de la fuerza pública extendiendo los brazos, trazando límites imaginarios para que nadie se acercara hasta que llegara la ambulancia o la grúa.

Pero esta vez no salió nadie sacudiéndose la vergüenza del carro, algunas mamas a gritos desde la puerta de las casas llamaban a los jugadores, yo escuchaba mi nombre y luego la sirena de la ambulancia, yo me hacía el tonto y los señores de la cruz roja finalmente después de de abrir el vehículo sacaron por la ventana a una muchacha.

Estaba muerta pensamos, porque estaba blanca, blanquísima y sus manos tirantes se mecían de un lado a otro, los paramédicos gritaban cosas, hablaban por radio, había un gentío, hasta las mamas se habían venido a ver y la muchacha tenía una marca azul en la frente y sus párpados azules, ahí mismo un cruzrojista le abrió la blusa y se le salieron a la muchacha los senos, blanquísimos y sus pezones también eran azules y parecían agujas; mientras trataban de resucitarla yo oía mi nombre, un terror que subía por mi estómago y unas ganas de salir corriendo y de quedarme ahí hasta que cubrieran a la muchacha con una sábana blanca y de responder a los gritos de mi madre, brincar hasta la acera y meterme por los zaguanes y los trillos hasta entrar a la casa, pero todavía no habían cubierto el cuerpo de la muchacha ni sus senos que parecían de hielo y no podía ver a nadie más, ni podía escuchar mi nombre repetido una y otra vez y esparcido como piedras sobre los techos de las casas y enredado en los tendederos retorcidos, ni podía sentir todavía los fajazos prometidos y los gritos de mi madre, ni el llanto de mis hermanas, ni las ojerosas rendijas de las latas humeando su luz por la noche, porque justo ahora estaban llevándose a la muchacha dentro de la ambulancia y algo me hizo correr y algo hizo correr a todos detrás de la ambulancia cuesta arriba hasta que se fue perdiendo y solo su sirena se sentía transversal y molida entre otros gritos y los gritos de mi madre repitiendo mi nombre, entre nubes y aromas de cenas rancias, de frijoles viejos y recalentados, cuando los animalitos alados salpican las luces de las calles, cuando da miedo entrar en la ducha fría y entre latas herrumbradas bañarse para ir a dormir.

Porque esa noche no pude dormir, veía a Lillo sacándose la verga, gritando miedo, miedo, y una y otra vez los senos de la muchacha muerta a la que luego cubrían y se llevaban en una bolsa negra y hacía frío, igual que la niña ahogada en la acequia y que nunca quiso aparecer porque le gustaba esconderse en el potrero prohibido y escondía cosas perdidas para que nosotros las encontráramos y que sabía nuestros nombres y los silbaba entre las copas de los árboles como aquella noche en que el viento con odio sacudía las antenas de televisión y estremecía las latas de cinc con ganas de arrancarlas y una voz que decía mi nombre, mientras mis manos trataban de agarrarse de las cobijas, de la almohada y un hormigueo ardía en mis muslos, porque no podía dejar de recordar las tetas frías de la muchacha, porque no eran como las de mi madre, ni las tetitas de mis hermanas, porque igual como había acabado aquella tarde con un celaje sucio, mi mama me había regañado en el comedor de la casa, pero en ese momento la luz de la calle temblorosa me devolvía entre sombras los senos de la muchacha y sus pezones azules, cerraba los ojos y quedaban ahí como las manchas de un sol que encandila, mientras me acurrucaba y escondía mis manos entre mis piernas y la veía a ella otra vez, ahogada en el río negro donde pescábamos olominas, flotando muerta mientras sostenía mi pene y me temblaba el vientre y traslúcidos sus senos blancos, otra vez, sus pezones azules, otra vez y una voz que repetía mi nombre otra vez, oculta entre las brasas siniestras de los mariguanos, resbalosa como el hielo entre mis manos rociadas de tres gotas de semen, por primera vez, mientras escuchaba mi nombre brotando por primera vez, de los labios azules de la muchacha muerta, otra vez.

7 comentarios:

Cristian Marcelo Sánchez dijo...

Siempre que me acuerdo de Germán, recuerdo a un excelente narrador. Lástima que a estas alturas no podamos disfrutar sus cuentos reunidos en una publicación.

Asterión dijo...

Concuerdo, Germán es un narrador que se las trae, y ojalá podamos ver pronto un libro suyo.

En este caso, el título evidente con la resolución medio necrofílica está muy logrado. Además, el ritmo es acelerado, con frases punzantes, como la de los padres borrachos que llegaban con la aurora antes de la escuela. Y Lillo, con la verga afuera, genera no solo irreverencia, sino que llena la atmósfera de modo agresivo y sutil a la vez.

Álex, me alegro de que hayás puesto un relato de Germán. Se agradece. Y estoy seguro de que tus otros lectores lo harán también.

Saludos.

Warren/Literófilo dijo...

Alex: No lo conozco pero su prosa tan honesta, bucólica promete mucho, que publique pronto, de verdad que leyendo este cuento uno se da cuenta de que tiene cosas qué contar. Muy buen cuento me recordó mi infancia en la canchas del Ojo de Agua en aquellas tardes en que uno le daba hasta que se olcultara el sol o hasta que escuchara los balazos del guarda del balneario.

Esteban U. dijo...

La primera vez que leí el cuento me vi obligado a pasar por alto, a no poder leer, la importancia del pene de Lillo, el diminutivo-despectivo del nombre del dueño del pene, el lugar que luego tendría lo que al inicio parecía tan común y naíf como un lugar prohibido.

El cuento en ese sentido nos hace lo mismo que narra; me pareció una joyita performativa, una máquina tramposa, medio shakespereana en ese sentido (como debe ser pero en la actualidad casi no es).

Así que recién lo pude leer, por primera vez, la segunda vez que lo leí: el tema del cuento, justamente, el acto del cuento, donde esa primera vez también es una “otra vez” y no por nada.

El tema en sí mismo es fascinante, por ejemplo, cómo el narrador (re)lee las palabras de Lillo (ya no tanto su pene) a partir de los pezones azules, y los pezones (los azules, los de su hermana, etc.) a partir de Lillo, daría para bastante.

Gracias, Germán y Alex.

(Alex, por favor corregí ese “brazas” del final, yo leí bastante rato la medida de longitud, la brazada, etc., y no me calzaba).

Humanoide dijo...

que me aspen !

tetrabrik dijo...

tres de tres, muy buena selección álex.

Alexánder Obando dijo...

Cristián:
Yo empecé a conocer la obra de Guega a principios de los noventa. Su soltura, su gusto por conciliar nuevas y viejas formas, su ingenio, todo apuntaba a que para este momento este autor estaría entre los nombres más conocidos del país. lamentablemente no ha sido así. Prueba de que Eunice y Yolanda no andaban muy perdidas cuando afirmaban que Costa Rica es tóxica para sus propios artistas. (Las palabras son mías, la idea de ellas).

Asterión:
No tenés que agradcer nada, pues lo que se hace con tanto placer no es un favor. Más bien soy yo el agradecido de que me señalaras en la dirección correcta cuando andaba buscando nueva narrativa para esta entrada. Gracias.

Warren:
Creo que este cuento tiene un fuerte sabor a nostalgia para todos aquellos que pasaron la niñez en las "canchas" de su barrio.

Esteban:
Gracias por tus palabras. "I couldn´t have said it better myself", (Yeah, right!). Pero es cierto, sí hay algo fascinante en el texto es su devenir. Encontrar la propia sexualidad genital siempre es un proceso repentino pero misterioso.

Humanoide:
Gracias por darte una vuelta. Sin embargo, tu dialecto de "Marte" me deja un poco perplejo. Asumo que el texto te gustó. Un frtaerno saludo desde este microplaneta llamado Costa Rica.

Tetrabrik:
Ningún "antólogo" podría recibir mejor elogio: gracias. Aunque es cierto que el material disponible hizo del brete algo muy fácil. Espero poder seguir adelante con un nivel tan alto de calidad.

A todos:
Muchas gracias por comentar los textos de estos notables autores.