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viernes, mayo 29, 2009

NATARAYA (8° capítulo de EMVP)


No podría creer en un dios que no supiera bailar.
― F. Nietzsche ―

Me quedé viendo la estatuilla con algo de expectación y asombro. El dios que personificaba era tan poderoso, tan inmensamente poderoso, que podía destruir el universo con el solo tintineo de los cascabeles en sus ajorcas. No es que otros dioses no sean igual de poderosos como éste, sino que el Señor Shiva, en su manifestación de Nataraya, Señor de la Danza, es un dios especializado en la devastación cósmica. No en balde es también el Bhutapati, o príncipe de los demonios, y el dios de los muertos. Por eso es frecuente verlo en los crematorios rondando entre los cadáveres, de los que habitualmente se alimenta, y acompañado por un séquito de vagabundos.

Pese a este dominio infame, Shiva es también el Señor de los Ascetas, por lo que lleva el nombre de Digambara, que significa "desnudo", "vestido de espacio". Y es también un dios lleno de misericordia y sacrificio, dispuesto a menudo a sacrificarse por los hombres, como cuando soportó sobre su cabeza a la diosa Ganga, o el Ganges, que al ser bajada a tierra hubiera inundado el planeta destruyendo a la humanidad. Shiva, en su habitual indiferencia tanto al placer como al dolor, se ofreció para servir de amortiguante haciendo que el río cósmico cayera sobre su cabeza antes de llegar a la tierra.

Es por eso que se lo adora tanto como se lo teme, porque es señor de muerte y destrucción, a la vez que es señor de regeneración y de vida. En muchos lugares en la India vi su culto de regenerador expresado en gran cantidad de "lingams", o penes sagrados, en los templos dedicados a él.

Shiva Nataraya es un dios hermoso y delicado. Un dios bello que baila eternamente la danza de la muerte y de la vida; un ser que resume en su delicado tronco y múltiples miembros la dialéctica de este universo en constante giro espiral...

Yo tenía tres horas de haber vuelto a mi casa y ya lo había ubicado en el lugar que había hecho construir para él; una especie de relicario semejando un templete hindú, hecho del más oscuro ébano.

Tan pronto llegó la luna llena, me preparé para el ritual de consagración. Hice las abluciones necesarias y finalmente pasé frente a la estatuilla del dios un incensario con una espesa nube de alcanfor.

La lluvia afuera era tenue desde las cinco de la tarde, pero ahora, a las nueve, estaba empezando a convertirse en uno de esos aguaceros del trópico que tanto purifican el campo y la ciudad. La rayería me sorprendió un poco pero no me asustó. Más bien me fascinaba ver cómo la luz blanco-azulosa hacía cambiar los gestos del dios que segundo a segundo se iban endureciendo con una sorprendente mezcla de ferocidad e inocencia escolar.

Terminé la consagración como a las diez y me puse de pie para pasar a mi cuarto. Instintivamente me acerqué a la ventana en el preciso momento en que un rayo caía en la distancia. El paisaje se pintó color hueso a la vez que la estatuilla del dios quedaba de repente impresa en el reflejo del vidrio. Algo me llamó la atención, por lo que volví la cabeza hacia el Señor de la Danza. Su gesto, mezcla de señor todopoderoso y colegial travieso, no había cambiado. Pero juraría que algo no estaba igual. Decidí entonces estudiar con cuidado la imagen. Tal vez estaba quebrada o tenía partes flojas de las que yo no me había dado cuenta. Analicé detenidamente cada una de sus genuflexiones, la posición de cada uno de sus miembros y me sentí casi seguro de que algo no estaba como antes. No sé si se había dañado en el avión o si los de la aduana la habían torcido. El hecho es que yo me sentía tan inquieto como aquella tarde en que la vi por vez primera en un escaparate de Madrás. En esa ocasión el dios se había movido; o al menos eso pensé cuando me le quedé viendo. Y ahora pasaba lo mismo. No me hice las interrogantes racionales que uno se suele hacer en estos casos. Simplemente asumí que aquello era como tenía que ser y salí rápidamente de la tienda con la estatuilla bajo el brazo.

Fui del cuarto rumbo a la sala con la idea fija de desentrañar el misterio. Hurgué entre las maletas en busca de las fotos que había tomado en Madrás hasta que al poco rato, después de abrir todas las valijas y dejar la sala como una zona de desastre, encontré las fotografías envueltas en unos saris que me había traído como recuerdo. Las ojeé rápidamente y volví al salón de la estatuilla seguro de que encontraría diferencias. Así fue. La pierna izquierda estaba más alto de lo que parecía estar en las fotos. El Nataraya se apoyaba en su pie derecho mientras el izquierdo hacía un giro en tangente armonizando con los movimientos de los brazos. Pero ahora, ese pie izquierdo estaba más arriba, más hacia la cintura de lo que se veía en las fotos. Había además otra diferencia: una de las manos derechas tenía el dedo del corazón unido al pulgar y el índice, pero en las fotos este dedo aparecía completamente abierto. Estudié un poco más mis trabajos fotográficos sin darme cuenta de que en ese rato la lluvia había aumentado su intensidad. Cuando por fin me percaté del aguacero torrencial, encendí la radio casi como por acto reflejo. Si uno vive diez o más años en un lugar propenso a las inundaciones, como en mi caso, estos actos se vuelven mecánicos. Me sorprendí al comprobar que muchas de las estaciones en el dial no entraban. Supongo que estaban fuera de servicio por la gran cantidad de agua que caía del cielo. Realmente no estaba atemorizado, pero era aconsejable estar alerta.

La rayería volvió a entrar por la ventana como explosiones de fósforo que al instante parecían cristalizarlo todo. Tanto los muebles como la estatuilla y yo mismo tomábamos un aspecto fantasmal y hueco con la luz de los rayos. La habitación era cada vez más fría y azulosa a pesar de que yo había cerrado la ventana y me había servido un trago de ron. Un escalofrío me recorría de pies a cabeza como cuando entra una fuerte ráfaga de lluvia al cuarto donde dormimos. Pero aquello no era posible porque la ventana estaba cerrada y yo mismo me había preocupado de revisar cada una de las puertas. No podía haber chiflón y, sin embargo, había ráfagas de aire helado que circulaban por todo el cuarto.

Fue en ese instante que oí el leve y espectral tintineo de los cascabeles. La estatua tenía ajorcas en los tobillos, por lo que al menor movimiento sonarían como lluvia danzarina por toda la habitación. Tal vez debido a eso no los había escuchado antes. En un país tropical donde los techos están construidos de láminas de zinc, no se puede oír mucho de nada cuando llueve. Y si el aguacero es lo bastante fuerte, uno ni siquiera se puede entender con otro sin gritar; y éste era el caso ahora. El ruido de las gotas en el techo no me había permitido escuchar el minúsculo tintineo de los cascabeles del Señor de la Danza. Pero ahí estaban. Tan claros como el canto de un gallo. Volví la cabeza con lentitud hasta posar los ojos sobre el relicario... ¡Vacío! Giré violentamente hasta localizarlo; el señor Nataraya danzaba con morbosa lentitud en medio de la espaciosa habitación con una sinuosidad imposible para cualquier mortal. Sus hermosos ojos rasgados no eran sino dos rendijas de luz por donde se escapaba el fuego azuloso de la muerte. La lluvia entonces bajó un poco de intensidad y pude escuchar un ronquido sordo a la distancia. Mi primera impresión fue que eran truenos, pero pronto reconocí los tumultos y golpes ensordecedores de una cabeza de agua que se acercaba a toda velocidad. Me aferré de inmediato a una pared porque sabía que ya no me quedaba tiempo de hacer otra cosa. Sentí en ese instante un golpe seco que hizo cimbrar fuertemente toda la estructura, y luego, cimbrando de nuevo, vi como una de las paredes de madera, la que estaba frente a mí, era arrancada de cuajo por un torrente infernal. La casa de repente quedaba con una pared menos y entraba rugiendo la gigantesca tormenta. Los chorros de agua se llevaban todo lo que no era pesado o estaba de alguna manera anclado a la estructura. Así volaban libros, papeles, adornos, ropa, discos, y hasta las maletas, que pasaron frente a mis ojos rumbo al hueco incontrolable de la noche. Cayó en las cercanías un rayo que hizo estremecer de nuevo la estructura y me dio la oportunidad de ver un poco hacia afuera: solo árboles deshojados y a punto de ceder como cadáveres en la lluvia. La casa del vecino, originalmente cincuenta metros calle arriba, estaba ahora en mi propio patio, casi contigua a la mía. El agua seguía entrando a raudales mientras vi que algo raro se movía en la oscuridad de la sala y no eran precisamente el viento o el agua. Con la primera riada, los sillones quedaron amontonados en un rincón de la habitación, y era desde ahí de donde venía la bulla y el movimiento. Sobre los respaldares de los muebles mojados habían aparecido grotescos seres que se reían como hienas enloquecidas. Hundían sus garras en la tela de los sillones para poder sostenerse en medio de semejante tormenta. Otro rayo iluminó la sala y de inmediato reconocí en ellos a los vampiros y demonios que habitualmente acompañan al Señor de los Muertos en sus rondas de destrucción. El Señor Shiva, ahora con el tamaño de un ser humano normal, tocaba su tamboril con monótona lentitud, apenas subrayando sus pasos acompasados mientras que en los brazos inferiores sostenía una cierva muerta de miedo y acurrucada contra el pecho del dios. La piel de tigre en la espalda del bailarín parecía tener vida propia y se movía como un gran felino atrapado por las patas delanteras al cuello del Bhutapati. Su movimiento era una danza imprecisa entre la cópula de un león gigante y los estertores del mismo animal en acto de muerte.

Yo me pegué aterrado a una de las paredes con la esperanza de que no me vieran, pero pronto noté que la comitiva del dios empezó a moverse por la habitación buscando y rascando por las paredes. Las uñas de los vampiros arañaban y rasgaban la madera como si fuera arcilla en tanto que los demonios husmeaban entre los muebles de las distintas habitaciones. Traté de no respirar para que no me vieran pero a los pocos segundos estaba tragando grandes bocanadas de aire. El miedo que tenía más bien me obligaba a respirar con más fuerza. Uno de los vampiros escuchó mis estertores y me volvió a ver con sus ojos inyectados de sangre. Era una bestia horrenda, deforme, con los brazos más largos de lo normal y terriblemente velludos. Los colmillos de felino le rompían y producían llagas en los labios inferiores que ya se habían vuelto infectos y purulentos. El animal además era alto pero encorvado. Se me quedó mirando con una cierta e infame alegría hasta que yo no aguanté más y grité de terror. De inmediato el Señor Shiva volvió la mirada hacia nosotros y la fuerte luz de sus ojos cayó sobre la cara del vampiro. La bestia dio un gran alarido mostrando las infecciones en el labio inferior y se alejó de mí hacia otra parte del cuarto. Pensé entonces que el mismo Señor de la Danza me había salvado de su acólito, pero no sabía para qué. El dios proseguía su baile de muerte en medio de las ruinas de mi casa en tanto que otro de los vampiros, de repente embravecido, se lanzó contra el piso como si fuera un pozo. Rasgó y rompió violentamente la madera haciendo que las astillas salieran en todas direcciones. Cuando por fin había hecho un hueco desapareció por la abertura. El agua empezó a entrar por ahí casi de inmediato. Era una espesa sopa cafesuzca formada por el agua, el barro, desechos de todo tipo y hasta los restos de plantas y pequeños animales.

No bien había desaparecido cuando el grotesco animal regresó con dos grandes bultos entre las fauces. Traía un perro y lo que parecía ser un corderillo. Los dos ya venían muertos, posiblemente ahogados un poco antes en la cabeza de agua. Yo me pegué más a la pared intuyendo lo que iba a presenciar. No quería ver pero tal vez el mismo miedo me obligaba a hacerlo. El cordero, apenas un bebé, no parecía tener heridas, lo que reforzaba mi suposición de que no había muerto a manos del animal sino por el agua. El vampiro que lo trajo lo tomó con ambas garras y de un solo golpe hundió los colmillos en el cuello inerte. Al instante entraron dos de los demonios atraídos por el olor a sangre. El vampiro, receloso, les lanzó el perro que fue destripado ahí mismo manchándolo todo de sangre. Entendí entonces que el traer dos animales no había sido un acto de hermanable convite sino más bien una forma de procurarse tranquilidad a la hora de destripar uno de ellos. La bacanal de vísceras no parecía inmutar al Señor de la Danza quien se mantenía impasible bailando lentamente al son de las enormes ventiscas.

Yo no comprendía por qué el dios y sus demonios no me hacían parte de su festín ya que estaban tan ávidos de carne y de muerte. Pero, no. Todo apuntaba a que una razón extraña, secreta, me salvaba al menos temporalmente de su brazo destructor. Empecé a sentirme incómodo de una manera que para otros no tendría lógica. Comencé a sentir que no era convidado al rito de la danza y el dolor. Tal vez no era digno de ello, o no estaba preparado como el cordero cuyo esqueleto entremasticado ahora yacía casi a mis pies.

Los monstruos que me rodeaban seguían alimentándose de cuanto se cruzaba en su camino sin reparar en mí. La tormenta seguía también con su furia destructora desolando cada vez más la comarca. Ahora no era solo mi casa lo que parecía destruido sino todo cuanto alcanzaba a verse: la calle, los suburbios, quizá la población entera. Me costaba fijar la vista con semejante cortinaje de agua, pero de vez en cuando alcanzaba a ver cuerpos arrastrados por los aludes de barro que corrían ahora en lo que habían sido calles. Los demonios flotaban sobre cadáveres hinchados mientras los iban destripando como quien come embutidos sobre una góndola. El Señor de los Muertos, más enhiesto y hermoso que nunca, seguía en su danza haciendo que los cascabeles de sus ajorcas tintinearan al paso de ríos enteros de animales ahogados, de gente aferrada a algún tronco o de carros totalmente inundados con cuerpos blanquecinos adentro. Los aludes y riadas de barro le daban a todos los seres el color uniforme de la muerte, de tal manera que todo aquello a ratos parecía más bien un interminable desfile de estatuas de barro semidestruidas en el agua.

Ya no quedaba piedra sobre piedra y mi casa, o lo que había sido mi casa, no era más que un pequeño montículo que separaba la corriente en dos. En medio, el Señor Bhutapati, ya desnudo, como Señor de los Ascetas, sosteniendo en dos de sus brazos el arco y la flecha que lo designan Maestro Cazador y Señor del Rayo. El Señor Nataraya me volvió a ver directamente a los ojos y por fin comprendí.

Me abrí el pecho para que la flecha no encontrara la más leve oposición en su entrada ritual. Y fue ahí, en el mismo instante en que la flecha silbaba hacia mi pecho, cuando vi un rayo de sol asomarse por entre las nubes.

Tomado de El más violento paraíso, San José, Ediciones Perro Azul, 2001.

3 comentarios:

Warren/Literófilo dijo...

Mae Obando ya te lo había dicho, esta fragmento es el que me encanta de toda la novela, tiene un trasfondo inquietante, tenebroso. Me recuerda aquellas movies gringas de bajo presupuesto de los 70s en las que un fulano (antropólogo) se iba de expedición a la India y empezaba a ver todo el realismo magico de ahí, de hecho tiene un aroma como Kipling, pero un Kipling urbano. Me fascinó esta parte, deberías ponermela de dedicatoria viejo. Abrazo teletubie.

Asterión dijo...

Este estilo es de lo mejor de tu narrativa.

Usualmente me gustan muhco las imágenes que escogés para tus textos, pero esta no. A lo mejor la figura central, pero los colores, los destellos, eso rojo abajo, etc. no.

Saludos.

Juan Murillo dijo...

Cómo te decía, este es uno de mis textos favoritos de El más violento paraíso. Hay en Canciones a la muerte de los niños un eco de este el las narraciones de inundaciones de Lucy. También me recuerda Tlaloc de Carlos Fuentes. Y para no pecar de humilde, yo mismo tengo un cuento en Algunos se hacían dioses que se llama Inundaciones. La inundación es un terror natural que nos visita a todos los que vivimos entre los trópicos, literal o literariamente.