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jueves, junio 09, 2011

EL FACTOR MAQUIAVELO

 Nicoló Maquiavelo, mucho menos culpable que sus pupilos.

Debido a que hoy se conmemoran las efemérides de la muerte de un político costarricense, en un espacio de Facebook vecino al mío, los amantes del caudillismo y el culto a lo que algunos de ellos certifican como el hombre del siglo XX de Costa Rica, han desatado una ruidosa mojiganga de proporciones lamentables; una fanfarria de culto a la personalidad. De esas que se ven tan bien en Lady Gaga y Madonna -que no han aportado mucho- y tan mal en Stalin y Fuyimori -que han aportado nepotismo, alta corrupción, estafa ideológica, demagogia, fraude electoral y hasta genocidio-.

Lamentables mojigangas porque tratan de tapar el sol con un dedo. Fiestones grasos donde el lobo mayor es cubierto con abrigo de piel de cordero.

Los políticos exentos de culpas graves (incluidos delitos de lesa humanidad) son casi inexistentes porque su profesión no les permite ser gente honrada y decente. El político honrado y decente es tan transitorio como la vida de un niño pobre y hermoso en los brazos de Gilles de Rais. Los políticos "de a de veras" limpian el campo desyerbando todo lo que sea honestidad, ingenuidad, bondad e interés social, hasta que solo quedan los arbustos de la ambición, la soberbia, la mentira y las palabras de una tal Laura Chinchilla.

El expediente Figueres no es menos siniestro:

-Soberbia, desfachatez, descaro y cinismo (además de peculado) en su "Me lo comí en confites". Y este primer factor es sorprendente porque los figueristas (aquellos que son hijos del "liberacinismo" más auténtico) suelen celebrar como ingeniosa esta confesión pública de malversación de fondos y total desprecio hacia el ciudadano de a pie.

-También traición, al no ayudar a quienes sí ayudaron a ponerlo en el poder, es decir a sus aliados de la Legión Caribe.

-Sumisión a los intereses de los EUA en el "Pacto de la Embajada" y en la persecución posterior de comunistas; Manuel Mora y Carmen Lyra, entre otros.

-Corrupción y contacto personal con delincuentes internacionales. (El muy conocido caso Robert Vesco).

-Autoritarismo e intransigencia. (Matonismo patriarcal).

Y a pesar de todo esto, Figueres fue "bueno" en la triste escala de los políticos. Pero no por ello debemos olvidar que fue un completo bastardo si lo medimos con la escala del hombre común.

Y ese es el punto al que quiero llegar con los compañeros de la fiesta caudillista de al lado. Los políticos ya se ensalzan a sí mismos mucho poniéndole su nombre a toda escuela y calle que se encuentran; además de los benemeritazgos que últimamente están hasta repartiendo en vida a nulidades que solo cumplieron con el deber que tenían como mandatarios, como es el caso de la momia viviente llamada Mario Echandi Jiménez.

¿Cuántas escuelas hay en Costa Rica con el nombre de Joaquín Gutiérrez, Francisco Zúñiga, Eunice Odio o Luis Ferrero? Sin embargo, las de José Figueres, Daniel Oduber, Otilio Ulate y Rafael Calderón Guardia ya existen y tienen su plaquita o estatuita de rigor. ¿Cuántos auditorios o calles con el nombre de Max Jiménez, Manuel de la Cruz González o Fabián Dobles hay en el país?

Y las excepciones solo parecen confirmar la regla.

Carmen Lyra quizás porque fue tan importante en política.

Y Jorge Debravo porque el 29 de enero de 2000 fue oficialmente incorporado al canon cultural PLUSC por medio del benemeritazgo. Así toda su poesía contra la injusticia impuesta por los políticos, fue transferida a la cuenta personal de los políticos. Ahora, en los cínicos discursos que pretenden aplacar el escozor del pueblo, los políticos aderezan su blasfemia con versos del pobre Debravo, convirtiéndolo en un monigote más de su insaciable poder.

Y como todo ser humano necesita tener ídolos, yo me adhiero a aquellos que no me causen una profunda vergüenza tanto propia como ajena.

Arthur Rimbaud, Michelle de Caravaggio, Klaus Kinski, William Burroughs, Francois Villon y Salvador Dalí no fueron castas palomas. Alguno de ellos hasta quedó debiendo una vida o dos. Pero ninguno llegó al odio, a la codicia, a la mentira y la sangre fría que se necesita para gobernar, estafar y abusar de millones. Ninguno fue un Rodríguez Echeverría, un Ortega Saavedra o un Arias Sánchez. Es decir, prófugos, criminales, ladrones, violentos e infumables pendencieros... y aun así fueron mejores seres humanos que nuestro político medio.

Y también hay ángeles... Oscuros y claros:

Marguerite Yourcenar, Anne Sexton, Federico Gacía Lorca, Vaslav Niyinski y Ana Ajmátova son algunos de ellos.

Y sí, bueno, Figueres no fue un genocida. Se preocupó por mantener las reformas que Calderón, Sanabria y los comunistas habían defendido. Promovió la creación y fortalecimiento del estado benefactor. Pero sus últimos años de gobierno fueron cada vez más oscuros, porque pese a lo bueno en él, tampoco dejó de ser un plutócrata, un nepotista, un ladrón y un autócrata con los pantalones del machismo "bien" puestos. Es decir, un político.

Algunos epígonos esperan que estos factores de más y menos den una suma final de más, pero la realidad es la realidad: si ponés veinte manzanas en un canasto y luego quitás veinte, no queda nada. Figueres es un ser común y corriente: Y la burbuja del dios Figueres se tira pedos hasta quedar en nada.

Honor a quien honor merece.

Y horror a quien horror merece.

En el mundo de mis muchos dioses artísticos y espirituales... un político no vale ni para encenderle una vela, menos para alabarlo con mayúsculas en Facebook.

miércoles, junio 01, 2011

BELLES, HORRENDES, FANTASMALES Y ESCRITORES


Despidiéndome de Costa Rica, junio de 2010. De izq. a der. Óscar Fernández, María Morales, Meritxell Serrano, Cecil Gaspar, Juan Hernández, el conde Sören Vargas y Alexánder Obando.
(Foto de Karla Fernández.)

Preguntándome esta noche cuál es o ha sido el secreto más grande de mi vida debo recurrir a un examen de historial (que no de conciencia). Lo hago con el afán de limpiar la mente de ciertos secretos persistentes y de poner a prueba lo que otros piensan de mí y de sí mismos en tanto se autodefinan como escritores.

Primero, supongo, ser homosexual. Fueron muchos años de clóset pero finalmente encontré la llave y salí de ese claustro. Sin embargo, antes tuve que empezar a curarme yo mismo de la homofobia y salir cuando ya iba superando esa horrible enfermedad. (Recuérdese que en mi época, el único programa para homosexuales y lesbianas se llamaba IT GETS WORSE, BECAUSE YOU'RE GOING TO HELL). Pero luché. Y como resultado final obtuve el diplomado de Playo decentemente ajustado a su vida de "diferente". Y digo "decentemente" porque en la realidad nunca se supera el hecho de ser diferente. 

Recital del Taller Eunice Odio en 1986. De izq. a der. Alexánder Obando, José Gabriel Sánchez y Francisco Mata.
(Foto de Luisiana Naranjo).

Escribía ayer mismo en Facebook que el comentario (¿machista?) de Carlos Cortés en La Nación de este domingo (sobre Yolanda Oreamuno y la novela de Sergio Ramírez) posiblemente tenía algo que ver con la propia naturaleza física de Carlos, digamos el no ser muy "agraciado". Pues lo dije porque yo mismo conozco bien el estigma. No es fácil ser un obeso bizco y homosexual en un mundo de heterosexuales delgados y de ojos rectilíneos. Y para todos nosotros, -feos o no- tampoco es fácil lidiar con la belleza de algunes.  Todavía más si la deseamos con ardor.

Por tanto la diferencia física y de orientación sexual no se supera, al menos de momento, aunque sí se aprende a vivir con tales diferencias. Pero aclaro que esta no es una negación de la posibilidad de adaptación a ser diferente. Lo que digo es que la diferencia no desaparece... HAY QUE VIVIR CON ELLA.

Y esto me lleva a otra diferencia cardinal que ya ustedes conocen de mí porque muchos la comparten, me refiero a escribir.

Cuando en un momento de mi vida me topé con la realidad de tener que optar entre dejar de escribir o dejar de estudiar, el mundo entero se me cayó encima. Estábamos en los años 80 y yo era profesor de escuela privada, alumno de la UCR y escritor de madrugadas. Pero se me agudizó el problema de la vista y tenía que soltar una de las tres actividades. No podía entonces soltar el brete porque me moría de hambre. Tampoco podía soltar la escritura porque entonces me moría de espíritu, por lo que tuve que dejar de estudiar. Me dolió profundamente ver a mis amigos de generación y aun menores seguir adelante sin mí. Pero ese era el precio de Dionisos. No sé otres escritores, pero para mí dejar de escribir significa perder identidad. Porqué son precisamente las "diferencias", como ser escritor, lo que me da identidad. Los problemas de salud, la obesidad, el sentido de humor chabacano (cuando no sutil ☺) ciertas ciencias "ocultas", la pasión por la historia, la efebolatría y la obsesión religiosa por la literatura son las cosas que me hacen Alexánder Obando. Es decir, no existe un Alexánder Obando delgado, buguita y amante de los carros deportivos. Se puede llamar así, pero no soy yo.

Presentación de la segunda edición de El más violento paraíso, febrero de 2010. Con mis editores Guillermo Barquero y Juan Murillo.

Y esto me lleva a la diferencia más oculta. La que muchos compartimos pero no lo decimos.

En febrero de 1995, dos meses antes de sufrir el primer colapso nervioso (tuve otro diez años después) empecé a escribir El más violento paraíso. La realidad literaria de repente se me hizo tersa y fluida, como cuando una seda te recorre las manos. Yo escribía al son de música clásica o industrial; ponía los dedos sobre el teclado, hacía la cabeza para atrás a lo Franz Liszt en arrebato y empezaba a teclear casi como si tocara un piano, dejando que el tema y las palabras afloraran sin ningún análisis u objeción. No dejaba que nada me detuviera, salvo un momento para tomar vermut (que siempre tenía al lado) y ojear la candela aromática que ponía a la par de la compu junto a la botella. Meditaba un segundo en la música y el vermut y seguía escribiendo dejando que el subconsciente tomara su rumbo. No era sino horas después, cuando ya había terminado el texto que me dedicaba a analizarlo con detenimiento. El resultado casi siempre necesitaba de mucha corrección, pero lo importante para mí en aquellos momentos era usar la música, la vela aromática y el vermut como "puentes" hacia la espontaneidad total, una inspiración que con el tiempo se acomodó más a mis circunstancias. Ya toleraba la presencia de otros cuando escribía, toda vez que no hablaran mucho, y también me cuidé más del vermut pues si se me pasaban las copas, perdía toda posibilidad de improvisar con inteligencia. Así, poco a poco el ritual se fue refinando hasta que finalmente comprendí lo que pasaba. Me sentía acompañado y asesorado por alguien a la hora de escribir. La sensación es casi imposible de explicar objetivamente sino a través de tropos vagos. Sentía que alguien estaba en el sillón contiguo a mi mesa de compu y me iba dictando el texto. Una sombra que no era sombra porque no se veía pero que estaba ahí. Alguien o algo que sabía de mis deseos y de mis luchas interiores como escritor. Alguien que ya había entrado en mí y que ayudaba con lo mejor de su propio oficio. Al principio me asusté mucho y decidí dejar el vermut (y otros estimulantes que por ahora no menciono) para ver si eran delirios de alcoholismo, pero a pesar de la mini ley seca que me impuse, el fantasma, la persona, la sombra que dictaba a la hora de escribir nunca faltaba a la cita con este escritor.

Este es el tipo que estaba escribiendo El más violento paraíso en 1996. (Otra diferencia de este individuo es el color oscuro que a veces toman sus párpados. En el cole tuvo que darse de pichazos para imponer la verdad de que no usa maquillaje).

Siendo conocedor de algunos oficios ocultistas, me decidí a "atrapar" aquella presencia. Trabajé intensamente con el tarot en estados de semi embriaguez (mi mejor momento para esos trances) y consulté con profesionales en el campo. Hubo sesiones exploratorias y mucha especulación, pero solo una cosa saqué en claro: yo no era el único escritor que había sentido o "vivido" algo así. Parece que a un buen porcentaje nos pasa y de hecho me encantaría verter aquí una lista de los literatos nacionales que han pasado por tal faena, pero sería un grave error. Los expondría al ridículo costarrisible como ahora mismo me estoy exponiendo a mí mismo. Pero bueno, el fin de esta entrada era hablar de este secreto compartido por tirios y troyanos en el ámbito literario. No sé si se debe a una precaria salud mental de parte de poetas y narradores o en verdad tocamos otros mundos con la sensibilidad y la intuición.

La presencia de que hablo siguió acompañándome durante la escritura de El más violento paraíso, de Canciones a la muerte de los niños y de buena parte de Flautista a las puertas del amanecer. Luego parece haberse ido a partir del 2007. Estuvo conmigo un total de doce años.

Dionisos, mi dios predilecto. Pero no es la presencia que escribe conmigo.

Ya intuyo con mayor precisión qué o quién fue que me ha acompañado todo ese tiempo. Me queda claro que quería compartir su talento con el mío porque le gustaba lo que yo tenía que decir. Y para más señas, esa sombra o persona está en El más violento paraíso. Aparece con nombre y apellido en seis o siete capítulos del libro. Siempre quedaré intensamente agradecido por su aporte.

Ahora bien, puede que simplemente sea locura mía, producto de los psicotrópicos que me han recetado ya casi 20 años o producto incluso de alguna enfermedad mental congénita. Tal vez tiene que ver con la caída que me dí en el María Aguilar (por jugar de Supermán) cuando tenía seis años y me partí la crisma. Podría deberse al tétanos que me quiso entrar en esa ocasión o los tres días que pasé luego en el hospital. Podría deberse a tener amigues y familiares que practican cosas que algunos llaman "magia" o podría ser culpa de esa fúlgida magia negra llamada literatura. Pero cualquiera que sea el caso, hay algo de lo que estoy plenamente seguro: si esa sombra me acompaña algún día de nuevo para escribir otra novela a su gusto, será completamente bienvenida.

Para nada me importa hacer el ridículo si con ello logro escribir bien.

Primera portada de El más violento paraíso, 2001.

lunes, mayo 30, 2011

DEMASIADAS ETIQUETAS, MEJOR INFORMACIÓN

¡Siá tonto! Demasiadas etiquetas, mae. ¡Que loco, que playo, que freak, que rockero, que weirdo, que vago, que loca, que raro, que dark, que emo, que delincuente, que  punk, que drogo, que metalero y hasta que rico! ¡No se puede mae! ¡Demasaiada vara!

Querides y discretísimes amigues de este bizarro* blog, hemos invertido un par de semanas en remodelar la bitácora en función de hacerla más navegable para ustedes.

Todo comenzó hace más o menos un mes con el correo de un amigo de este espacio, Juan Pablo Morales, quien me solicitaba una información determinada qué no podía encontrar dentro de la bitácora. Yo le conseguí la información pero me quedé pensando en el asunto.

Originalmente este blog contaba con 15 o 20 etiquetas muy corrongas para que el lector navegante accesara el contenido. Sin embargo, muchas de esas etiquetas eran difusas, ambiguas y generales, por lo que le daban orden a mis entradas pero dificultaban mucho el acceso a temas específicos que hayamos tratado. Mi intención original era no crear muchas etiquetas para no confundir al navegante, pero terminé haciendo eso mismo que pretendía evitar.

Por eso nos hemos pasado unos quince días releyendo el blog y reubicando cosas. Hemos borrado una 20 entradas anacrónicas y que no aportaban nada y las demás han sido reetiquetadas con más de 187 nombres ditsintos; todo con el afán de el lector pueda encontrar lo que busca (si es que lo tenemos).

187 etiquetas es mucho, pero espero que la paciencia del lector le dé mejores réditos a la hora de manejar el material.

Dése una vueltica por el blog. Encontrará cosas que le sorprenderán.

*Bizarro en sentido castizo, no gringo.

jueves, mayo 19, 2011

CARA DE SANTO, UÑAS DE GATO: EN BUSCA DE ALFONSO CHASE


Alfonso Chase Brenes (Cartago, Costa Rica, 1945)

1979 fue un año intenso en mi vida: ingresé a la Universidad de Costa Rica con buenos deseos de aprender; me matriculé en la Escuela de Filosofía; me operaron de la vista en un fallido intento por mejorar mi capacidad visual y finalmente me leí varios libros (en contra de las recomendaciones médicas).

El libro que más me impactó en aquel momento fue Los juegos furtivos de Alfonso Chase. No podía concebir que ese texto fuera escrito por alguien de 21 años (Chase lo publicó en 1967, a los 22). Había mucha madurez y sincronía con su tiempo. Narrado en segunda persona y con discurso elíptico parecido al "stream of consciousness" de Joyce, también tenía juegos eróticos ambiguos y un pulso político que se combinaba muy bien con la vida interior del protagonista...

 Alfonso Chase en 1999, año en que recibe el Premio de Cultura Magón.

Y en consecuencia, me cayó la lápida de Cayo Julio Céasr encima. Me di cuenta de que en ese año 79 yo tenía la misma edad que había tenido Chase a la hora de escribir su novela y yo aún no hacía nada de valor. La decepción fue total. Me cayó la depresión directo desde el Parnaso y pasé varios días flotando en el más autocomplaciente desencanto. Pero tenía que asegurarme de que no fuera algo aislado, una excepción a la regla, un one hit wonder, lo que Chase había hecho. Hurgué de inmediato en mi biblioteca y encontré otro de sus libros no leídos: Mirar con inocencia.

No tengo que decirles la impresión que me causó. A la fecha sigo creyendo que ese libro contiene algunos de los mejores cuentos que se han publicado en Costa Rica. Ahí arribita, junto a la obra de Salazar Herrera y el Max Jiménez de El jaúl. Además, como es usual en Chase, su obra lleva casi siempre un bonus track implícito. En este caso era el excelente esfuerzo por recrear literariamente el vernáculo costarricense de los 70. Un digno precursor de El emperador tertuliano... de Rodolfo Arias.

Libro que recopila los primeros cinco libros de poesía del autor.

Entonces me entró el mismo obstinado desasosiego que le entra a tanto joven escritor con deseos de mejorar. "Tengo que conocer a Chase", me dije. Necesito que él me ayude a escribir mejor.

Pero la ocasión no se dio.

No tenía amigos en el medio literario, no tenía contactos profesionales y Castalia -la célebre residencia del maestro- estaba más allá que Asgard para los mortales comunes. Y sin embargo, de pronto, se presentó una posibilidad. Uno de mis amigos más cercanos me dijo que lo conocía porque la madre de Chase vivía en Guadalupe, en el barrio Santa Cecilia, el mismo barrio de mi amigo. Entonces lo agarré del cuello por no habérmelo dicho antes y lo hice comprometerse a contactarnos. Mi amigo, algo más pequeño que yo, se asustó de verme tan "literariamente proactivo".

Fui a una armería poco conocida en San José (frente a la actual Plaza de la Cultura) y gasté medio salario en una espada toledana. Esas que vienen llenas de vericuetos rococó y fingen ser abrecartas. La hice envolver en papel de regalo y me fui a casa a redactar una carta. Decir lo que puse en esa carta (yo que siempre he sido tan cursi) sería provocarles un ataque de risa mayor, porque todo lo que se imaginan estaba presente: lisonjas, elogios, piropos y adulaciones. Ninguno de ellos era inmerecido, pero el tono sí era un completo confite azucarado. Un bombón francés resultaba seco e inane a la par de mis palabras para Alfonso.

Mi amigo, el idiota que no había dicho nada, se comprometió entonces a entregarle la carta al maestro. Pasaron días sin que recibiera noticia de la carta y la espada. Luego pasaron semanas y finalmenete meses completos. Mi amigo siempre se disculpaba diciendo que no había visto a Alfonso o que no había tenido chance de ir donde la mamá. Sea como fuere el caso, nunca supe más de la carta o de la espada y mi amistad con el guadalupano se enfrió por buen tiempo.

 
Cara de santo, uñas de gato, 1999, donde aparecen algunos de sus mejores cuentos.
X
Pasaron los años y yo ingresé en 1985 al Taller Eunice Odio, junto a Gabriel Sánchez y José Luis Amador, poetas también admiradores de la obra de Chase. Y en una de tantas tertulias lo conocí. Hombre moreno, misterioso y de habla y gestos pausados; un inteligente conversador que sabe cautivar  a su público. Si mal no recuerdo, Alfonso estuvo alguna vez de visita en El Eunice Odio, pero lo mejor era topárselo en algún lugar de San José, en Chelles u otro lugar de tertulia, para conversar informalmente.

A pesar de todo esto, no lograba contactar al maestro para una sesión privada de corrección de poesía... pero insistí... ... y mucho.

En 1987 me matriculé en un curso libre de la UCR que él daba. Fue bueno, pero lo mejor era escucharlo hablar de la poesía costarricense y de sus glorias y caídas a través del siglo XX. En una de tantas clases le presenté un libro de poemas (que ya no existe) y le pedí una opinión. Me dijo que estaba bien y que tal día a tal hora me recibiría en Castalia... creo que esa noche no pude dormir de la emoción.

Uno de los libros más atípicos de Alfonso Chase.

El día y la hora convenida, toqué las puertas de vidrio de Castalia, pero Alfonso no respondió.

Me fui con el rabo entre las patas a tomarme en solitario unas cuantas birras.

Varios días después, estando de vuelta en clases, Chase se disculpó y me dio otra fecha para caer por Castalia. Esta vez fue igual que la primera. La razón es que el hombre se mantenía muy ocupado, por un lado, y por otro su memoria de agenda no es la óptima para vivr una vida de compromisos tipo Yanquilandia, aunque sea mitad gringo. Por eso, hube de intentarlo una tercera vez.

Chase en San José, ciudad que ama intensamente.

¡Y Eureka! Se abrió la puerta de Castalia a una salita pequeña pero llena de cosas mágicas: estatuas, tapices, libros y más libros. Alfonso me condujo por un extenso pasillo que llevaba a una especie de comedor, cocina y salita de estar. El pasillo era pared limpia a un lado y estantes llenos de libros al otro. Un túnel libresco de profundidad incalculable. Pero finalmente llegamos a la salita del fondo. En la pared junto a la mesa de trabajo, fotos de  de Max, Eunice y Yolanda. Otras de Marianne Moore, García Monge y alguien más que ahora no recuerdo. Sobre la mesita de trabajo una vieja máquina de escribir negra. Algo antediluviano y bien engrasado. Un monstruo de Giger a la espera de morderte los dedos tan pronto la tocaras. A la derecha unas flores (verdaderas) dentro de una vasija de vidrio verde. Un cenicero y una botella de licor.

Chase me acercó una silla a su mesa de trabajo y empezamos a hablar de autores. Creo que le gustó mucho que yo tuviera una formación literaria tirando mucho a fuentes yanquis (Burroughs, Ginsberg, Ashbery, O´Hara, Olson, Sexton, etc.). La conversa se puso muy amena y el maestro descorchó su botella. Nos sirvió en jarritos de metal lo que parecía ser aguardiente importado o algo parecido. Luego vino el terror de ir revisando mi poemario (Anabiosis) poema por poema.

Alfonso Chase en la presentación de la reedición de El más violento paraíso, (2010).

Cuando la sesión de esa noche terminó yo había perdido un libro de poesía completo, pero a la vez había adquirido unos diez años de experiencia literaria. Siento sinceramente que después de esa noche empezé a escribir a tono con la segunda mitad del siglo XX. Aprendí poco a poco a no depender de los signos de admiración para ser enérgico, o de las myúsculas gratuitas para resaltar o de cualquier otra tontera que los novatos siempre usamos para (según nosotros) dejarnos oír. La mejor poesía era sutil y no gritona. Pero no es que el maestro me corrigiera solo novatadas. Sus consejos pasaron por todo lo necesario, desde el exceso de signos de admiración antes mencionados hasta el sentido profundo de una verdadera ars poética.

Me despedí de Alfonso a eso de la una de la mañana y salí a coger un taxi. El maestro se iba por otros rumbos a hacer sus famosas rondas nocturnas. Porque nadie como Alfonso Chase sabía como se desarrollaba la noche en San José. Solo Chase sabía plasmarlo en cuentos, poemas y novelas de vibrante intensidad. Muchos lo saben ahora, pero él fue el primer nyktálopos real de nuestra cultura literaria. Insisto en eso: ahora somos muchos los que lo hacemos, pero él fue el primero entre nosotros en develar los secretos de la diosa Nyx.

Alfonso Chase presenta la segunda edición de El más violento paraíso. Lo acompañan Alexánder Obando y Rodrigo Soto quien también presenta la novela. (10 de febrero de 2010).
 
Conforme va pasando el tiempo me doy cada vez más cuenta de la importancia de Alfonso Chase en los últimos 50 años de literatura costarricense. Introdujo el exteriorismo centroamericano en nuestra poesía, mientras que rejuveneció la novela nacional con recursos nuevos o renovados de la tradición europea. Todo esto va sazonado con un diletantismo literario poco usual entre los escritores locales. Diletantismo que además todavía está en práctica. No es infrecuente que llamen a Chase durante el mes de octubre para preguntarle quién es ese nuevo loco que se acaba de ganar el Nobel de Literatura. No he sabido de una ocasión en que Alfonso no les supiera informar.

Finalmente, hay un gran aservo en la obra de Chase que necesita ser rescatado por medio de la reedición. Me ha dolido ver que ni por medio de Google pude conseguir una imagen de Los juegos furtivos para ilustrar esta entrada. Así, libros como El tigre luminoso, Obra en marcha y nuchos otros de sus poemarios deben volver a ver la luz por medio de ediciones justas. Porque mientras eso no sea así, seguimos en el juego de ser una cultura que lo ignora todo de puertas para adentro.

Alfonso, como muchos ya saben, acaba de salir del hospital convalesciente de un viejo mal que lo aqueja.

Ojalá tengamos Chase para mucho tiempo más.


Alfonso Chase y Alexánder Obando después de la presentación mencionada.
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P.S. Hablando con el amigo guadalupano unos diez años después, el infame me confesó que nunca tuvo el valor de entregarle la carta a Chase por pura vergüenza. Me dio tanta chicha que no le pregunté por la espada. Solo me dieron muchas ganas de clavásela en el cuello.

Portada de la primera edición de Los juegos furtivos (cuando las portadas eran discretas, hermosas y no chillonas). (Cortesía de Geovanny Debrús Jiménez).