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sábado, noviembre 12, 2011

GRATIS: TRES CAPÍTULOS DE "EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO"


Portada de El más violento paraíso en vitrina pública.

Querides amigues, ustedes en la soleada Costa Rica mientras yo miro el sol tropical a través de mi monitor de compu. Ustedes ya disfrutando de la XII Feria Internacional del Libro y yo teniendo que conformarme con pedir algo por Amazon, donde casi no hay nada de literatura de Centroamérica. Pero bueno, así quiere las cosas Nuestro Señor Dionisos y así se quedan.

Y sin embargo, ¡ESTOY EN LA FERIA!

Estoy en al Feria porque mis libros están ahí. Los representan mis editores EDICIONES LANZALLAMAS y la EDITORIAL COSTA RICA. Y si usted desea comprar cualquiera de mis dos novelas, El más violento paraíso (EMVP) o Canciones a la muerte de los niños (CMN), no tiene más que asistir.

Algunos lectores dicen que El más violento paraíso es una novela que "arde en las manos". Un miembro de un colectivo religioso dice que eso es cierto porque él quemó varios ejemplares con sus propias manos.

Y bueno, esta ocasión me sirve para re-regalarles a ustedes tres capítulos de la novela. Digo re-regalarles porque ya lo hice. En este blog hay tres capítulos de El más violento paraíso y cinco fragmentos de Canciones a la muerte de los niños. Para la primera vaya a Textos de El más violento paraíso. Y para la segunda novela vayan a Textos de Canciones a la muerte de los niños. [Nota: Cuando entre a estos enlaces lo primero que se encontrará será esta misma entrada. Tiene que hacer scroll down para ver los textos de las novelas]. En la primera encontrará tres capítulos de EMVP que también se pueden leer como cuentos independientes. Para los fragmentos de CMN esto ya no es posible, pero aun así se pueden leer sin mayor tropiezo. (Estas etiquetas están ahí desde siempre, pero nadie las lee).  ;-( 

La XII Feria Internacional del Libro estará abierta al público en La Aduana desde el 11 de noviembre hasta el 20 de noviembre del 2011. El horario es de 9 am a 8 pm.

El más violento paraíso es un rompecabezas de 65 capítulos. Algunos la llaman "novela posmoderna".

viernes, mayo 29, 2009

NATARAYA (8° capítulo de EMVP)


No podría creer en un dios que no supiera bailar.
― F. Nietzsche ―

Me quedé viendo la estatuilla con algo de expectación y asombro. El dios que personificaba era tan poderoso, tan inmensamente poderoso, que podía destruir el universo con el solo tintineo de los cascabeles en sus ajorcas. No es que otros dioses no sean igual de poderosos como éste, sino que el Señor Shiva, en su manifestación de Nataraya, Señor de la Danza, es un dios especializado en la devastación cósmica. No en balde es también el Bhutapati, o príncipe de los demonios, y el dios de los muertos. Por eso es frecuente verlo en los crematorios rondando entre los cadáveres, de los que habitualmente se alimenta, y acompañado por un séquito de vagabundos.

Pese a este dominio infame, Shiva es también el Señor de los Ascetas, por lo que lleva el nombre de Digambara, que significa "desnudo", "vestido de espacio". Y es también un dios lleno de misericordia y sacrificio, dispuesto a menudo a sacrificarse por los hombres, como cuando soportó sobre su cabeza a la diosa Ganga, o el Ganges, que al ser bajada a tierra hubiera inundado el planeta destruyendo a la humanidad. Shiva, en su habitual indiferencia tanto al placer como al dolor, se ofreció para servir de amortiguante haciendo que el río cósmico cayera sobre su cabeza antes de llegar a la tierra.

Es por eso que se lo adora tanto como se lo teme, porque es señor de muerte y destrucción, a la vez que es señor de regeneración y de vida. En muchos lugares en la India vi su culto de regenerador expresado en gran cantidad de "lingams", o penes sagrados, en los templos dedicados a él.

Shiva Nataraya es un dios hermoso y delicado. Un dios bello que baila eternamente la danza de la muerte y de la vida; un ser que resume en su delicado tronco y múltiples miembros la dialéctica de este universo en constante giro espiral...

Yo tenía tres horas de haber vuelto a mi casa y ya lo había ubicado en el lugar que había hecho construir para él; una especie de relicario semejando un templete hindú, hecho del más oscuro ébano.

Tan pronto llegó la luna llena, me preparé para el ritual de consagración. Hice las abluciones necesarias y finalmente pasé frente a la estatuilla del dios un incensario con una espesa nube de alcanfor.

La lluvia afuera era tenue desde las cinco de la tarde, pero ahora, a las nueve, estaba empezando a convertirse en uno de esos aguaceros del trópico que tanto purifican el campo y la ciudad. La rayería me sorprendió un poco pero no me asustó. Más bien me fascinaba ver cómo la luz blanco-azulosa hacía cambiar los gestos del dios que segundo a segundo se iban endureciendo con una sorprendente mezcla de ferocidad e inocencia escolar.

Terminé la consagración como a las diez y me puse de pie para pasar a mi cuarto. Instintivamente me acerqué a la ventana en el preciso momento en que un rayo caía en la distancia. El paisaje se pintó color hueso a la vez que la estatuilla del dios quedaba de repente impresa en el reflejo del vidrio. Algo me llamó la atención, por lo que volví la cabeza hacia el Señor de la Danza. Su gesto, mezcla de señor todopoderoso y colegial travieso, no había cambiado. Pero juraría que algo no estaba igual. Decidí entonces estudiar con cuidado la imagen. Tal vez estaba quebrada o tenía partes flojas de las que yo no me había dado cuenta. Analicé detenidamente cada una de sus genuflexiones, la posición de cada uno de sus miembros y me sentí casi seguro de que algo no estaba como antes. No sé si se había dañado en el avión o si los de la aduana la habían torcido. El hecho es que yo me sentía tan inquieto como aquella tarde en que la vi por vez primera en un escaparate de Madrás. En esa ocasión el dios se había movido; o al menos eso pensé cuando me le quedé viendo. Y ahora pasaba lo mismo. No me hice las interrogantes racionales que uno se suele hacer en estos casos. Simplemente asumí que aquello era como tenía que ser y salí rápidamente de la tienda con la estatuilla bajo el brazo.

Fui del cuarto rumbo a la sala con la idea fija de desentrañar el misterio. Hurgué entre las maletas en busca de las fotos que había tomado en Madrás hasta que al poco rato, después de abrir todas las valijas y dejar la sala como una zona de desastre, encontré las fotografías envueltas en unos saris que me había traído como recuerdo. Las ojeé rápidamente y volví al salón de la estatuilla seguro de que encontraría diferencias. Así fue. La pierna izquierda estaba más alto de lo que parecía estar en las fotos. El Nataraya se apoyaba en su pie derecho mientras el izquierdo hacía un giro en tangente armonizando con los movimientos de los brazos. Pero ahora, ese pie izquierdo estaba más arriba, más hacia la cintura de lo que se veía en las fotos. Había además otra diferencia: una de las manos derechas tenía el dedo del corazón unido al pulgar y el índice, pero en las fotos este dedo aparecía completamente abierto. Estudié un poco más mis trabajos fotográficos sin darme cuenta de que en ese rato la lluvia había aumentado su intensidad. Cuando por fin me percaté del aguacero torrencial, encendí la radio casi como por acto reflejo. Si uno vive diez o más años en un lugar propenso a las inundaciones, como en mi caso, estos actos se vuelven mecánicos. Me sorprendí al comprobar que muchas de las estaciones en el dial no entraban. Supongo que estaban fuera de servicio por la gran cantidad de agua que caía del cielo. Realmente no estaba atemorizado, pero era aconsejable estar alerta.

La rayería volvió a entrar por la ventana como explosiones de fósforo que al instante parecían cristalizarlo todo. Tanto los muebles como la estatuilla y yo mismo tomábamos un aspecto fantasmal y hueco con la luz de los rayos. La habitación era cada vez más fría y azulosa a pesar de que yo había cerrado la ventana y me había servido un trago de ron. Un escalofrío me recorría de pies a cabeza como cuando entra una fuerte ráfaga de lluvia al cuarto donde dormimos. Pero aquello no era posible porque la ventana estaba cerrada y yo mismo me había preocupado de revisar cada una de las puertas. No podía haber chiflón y, sin embargo, había ráfagas de aire helado que circulaban por todo el cuarto.

Fue en ese instante que oí el leve y espectral tintineo de los cascabeles. La estatua tenía ajorcas en los tobillos, por lo que al menor movimiento sonarían como lluvia danzarina por toda la habitación. Tal vez debido a eso no los había escuchado antes. En un país tropical donde los techos están construidos de láminas de zinc, no se puede oír mucho de nada cuando llueve. Y si el aguacero es lo bastante fuerte, uno ni siquiera se puede entender con otro sin gritar; y éste era el caso ahora. El ruido de las gotas en el techo no me había permitido escuchar el minúsculo tintineo de los cascabeles del Señor de la Danza. Pero ahí estaban. Tan claros como el canto de un gallo. Volví la cabeza con lentitud hasta posar los ojos sobre el relicario... ¡Vacío! Giré violentamente hasta localizarlo; el señor Nataraya danzaba con morbosa lentitud en medio de la espaciosa habitación con una sinuosidad imposible para cualquier mortal. Sus hermosos ojos rasgados no eran sino dos rendijas de luz por donde se escapaba el fuego azuloso de la muerte. La lluvia entonces bajó un poco de intensidad y pude escuchar un ronquido sordo a la distancia. Mi primera impresión fue que eran truenos, pero pronto reconocí los tumultos y golpes ensordecedores de una cabeza de agua que se acercaba a toda velocidad. Me aferré de inmediato a una pared porque sabía que ya no me quedaba tiempo de hacer otra cosa. Sentí en ese instante un golpe seco que hizo cimbrar fuertemente toda la estructura, y luego, cimbrando de nuevo, vi como una de las paredes de madera, la que estaba frente a mí, era arrancada de cuajo por un torrente infernal. La casa de repente quedaba con una pared menos y entraba rugiendo la gigantesca tormenta. Los chorros de agua se llevaban todo lo que no era pesado o estaba de alguna manera anclado a la estructura. Así volaban libros, papeles, adornos, ropa, discos, y hasta las maletas, que pasaron frente a mis ojos rumbo al hueco incontrolable de la noche. Cayó en las cercanías un rayo que hizo estremecer de nuevo la estructura y me dio la oportunidad de ver un poco hacia afuera: solo árboles deshojados y a punto de ceder como cadáveres en la lluvia. La casa del vecino, originalmente cincuenta metros calle arriba, estaba ahora en mi propio patio, casi contigua a la mía. El agua seguía entrando a raudales mientras vi que algo raro se movía en la oscuridad de la sala y no eran precisamente el viento o el agua. Con la primera riada, los sillones quedaron amontonados en un rincón de la habitación, y era desde ahí de donde venía la bulla y el movimiento. Sobre los respaldares de los muebles mojados habían aparecido grotescos seres que se reían como hienas enloquecidas. Hundían sus garras en la tela de los sillones para poder sostenerse en medio de semejante tormenta. Otro rayo iluminó la sala y de inmediato reconocí en ellos a los vampiros y demonios que habitualmente acompañan al Señor de los Muertos en sus rondas de destrucción. El Señor Shiva, ahora con el tamaño de un ser humano normal, tocaba su tamboril con monótona lentitud, apenas subrayando sus pasos acompasados mientras que en los brazos inferiores sostenía una cierva muerta de miedo y acurrucada contra el pecho del dios. La piel de tigre en la espalda del bailarín parecía tener vida propia y se movía como un gran felino atrapado por las patas delanteras al cuello del Bhutapati. Su movimiento era una danza imprecisa entre la cópula de un león gigante y los estertores del mismo animal en acto de muerte.

Yo me pegué aterrado a una de las paredes con la esperanza de que no me vieran, pero pronto noté que la comitiva del dios empezó a moverse por la habitación buscando y rascando por las paredes. Las uñas de los vampiros arañaban y rasgaban la madera como si fuera arcilla en tanto que los demonios husmeaban entre los muebles de las distintas habitaciones. Traté de no respirar para que no me vieran pero a los pocos segundos estaba tragando grandes bocanadas de aire. El miedo que tenía más bien me obligaba a respirar con más fuerza. Uno de los vampiros escuchó mis estertores y me volvió a ver con sus ojos inyectados de sangre. Era una bestia horrenda, deforme, con los brazos más largos de lo normal y terriblemente velludos. Los colmillos de felino le rompían y producían llagas en los labios inferiores que ya se habían vuelto infectos y purulentos. El animal además era alto pero encorvado. Se me quedó mirando con una cierta e infame alegría hasta que yo no aguanté más y grité de terror. De inmediato el Señor Shiva volvió la mirada hacia nosotros y la fuerte luz de sus ojos cayó sobre la cara del vampiro. La bestia dio un gran alarido mostrando las infecciones en el labio inferior y se alejó de mí hacia otra parte del cuarto. Pensé entonces que el mismo Señor de la Danza me había salvado de su acólito, pero no sabía para qué. El dios proseguía su baile de muerte en medio de las ruinas de mi casa en tanto que otro de los vampiros, de repente embravecido, se lanzó contra el piso como si fuera un pozo. Rasgó y rompió violentamente la madera haciendo que las astillas salieran en todas direcciones. Cuando por fin había hecho un hueco desapareció por la abertura. El agua empezó a entrar por ahí casi de inmediato. Era una espesa sopa cafesuzca formada por el agua, el barro, desechos de todo tipo y hasta los restos de plantas y pequeños animales.

No bien había desaparecido cuando el grotesco animal regresó con dos grandes bultos entre las fauces. Traía un perro y lo que parecía ser un corderillo. Los dos ya venían muertos, posiblemente ahogados un poco antes en la cabeza de agua. Yo me pegué más a la pared intuyendo lo que iba a presenciar. No quería ver pero tal vez el mismo miedo me obligaba a hacerlo. El cordero, apenas un bebé, no parecía tener heridas, lo que reforzaba mi suposición de que no había muerto a manos del animal sino por el agua. El vampiro que lo trajo lo tomó con ambas garras y de un solo golpe hundió los colmillos en el cuello inerte. Al instante entraron dos de los demonios atraídos por el olor a sangre. El vampiro, receloso, les lanzó el perro que fue destripado ahí mismo manchándolo todo de sangre. Entendí entonces que el traer dos animales no había sido un acto de hermanable convite sino más bien una forma de procurarse tranquilidad a la hora de destripar uno de ellos. La bacanal de vísceras no parecía inmutar al Señor de la Danza quien se mantenía impasible bailando lentamente al son de las enormes ventiscas.

Yo no comprendía por qué el dios y sus demonios no me hacían parte de su festín ya que estaban tan ávidos de carne y de muerte. Pero, no. Todo apuntaba a que una razón extraña, secreta, me salvaba al menos temporalmente de su brazo destructor. Empecé a sentirme incómodo de una manera que para otros no tendría lógica. Comencé a sentir que no era convidado al rito de la danza y el dolor. Tal vez no era digno de ello, o no estaba preparado como el cordero cuyo esqueleto entremasticado ahora yacía casi a mis pies.

Los monstruos que me rodeaban seguían alimentándose de cuanto se cruzaba en su camino sin reparar en mí. La tormenta seguía también con su furia destructora desolando cada vez más la comarca. Ahora no era solo mi casa lo que parecía destruido sino todo cuanto alcanzaba a verse: la calle, los suburbios, quizá la población entera. Me costaba fijar la vista con semejante cortinaje de agua, pero de vez en cuando alcanzaba a ver cuerpos arrastrados por los aludes de barro que corrían ahora en lo que habían sido calles. Los demonios flotaban sobre cadáveres hinchados mientras los iban destripando como quien come embutidos sobre una góndola. El Señor de los Muertos, más enhiesto y hermoso que nunca, seguía en su danza haciendo que los cascabeles de sus ajorcas tintinearan al paso de ríos enteros de animales ahogados, de gente aferrada a algún tronco o de carros totalmente inundados con cuerpos blanquecinos adentro. Los aludes y riadas de barro le daban a todos los seres el color uniforme de la muerte, de tal manera que todo aquello a ratos parecía más bien un interminable desfile de estatuas de barro semidestruidas en el agua.

Ya no quedaba piedra sobre piedra y mi casa, o lo que había sido mi casa, no era más que un pequeño montículo que separaba la corriente en dos. En medio, el Señor Bhutapati, ya desnudo, como Señor de los Ascetas, sosteniendo en dos de sus brazos el arco y la flecha que lo designan Maestro Cazador y Señor del Rayo. El Señor Nataraya me volvió a ver directamente a los ojos y por fin comprendí.

Me abrí el pecho para que la flecha no encontrara la más leve oposición en su entrada ritual. Y fue ahí, en el mismo instante en que la flecha silbaba hacia mi pecho, cuando vi un rayo de sol asomarse por entre las nubes.

Tomado de El más violento paraíso, San José, Ediciones Perro Azul, 2001.

lunes, enero 19, 2009

Homenaje a "LA TEMPESTAD" de Shakespeare


EL VALLE DE LAS ABEJAS

(Capítulo XLVIII de El más violento paraíso)

Y como el falso entretejido de esta visión,
las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios,
los templos solemnes, el gran globo mismo,
y todo lo que él herede, se disolverá,
y, al igual que esta insustancial fiesta se ha desvanecido,
no dejará un solo rastro. Somos la sustancia
de la que están hechos los sueños; y nuestra pequeña vida
se circunscribe con un sueño...


-Shakespeare, «LA TEMPESTAD»-

(Ariel a Calibán.)
...no desees nada para no manchar
la perfección que hay en estos ojos
cuya entera devoción
yace a la merced de tus deseos;
no tientes a tu camarada convencido, ---pues solo
siendo como soy, te puedo
amar como tú eres ---...



-W.H. Auden-

(Uno de los espíritus del aire.)

Blancas suben de noche al templo las abejas como en busca del hedor de Ariel. El hedor de su carne negra, cuando bañado en excremento de oveja, se aparece a los asustados comensales en forma de arpía furiosa. Las alas de gigantes plumas negras y de la boca brotando, en forma de triste saliva, gelatinosas sanguijuelas que increpan a los antonios y alonsos de la mesa. Ariel desnudo embarrado en el estiércol de cabras y ovejas de lana y leche azul, como corresponde al pastorcillo y al rebaño de un noble mago. Como corresponde a la sustancia que crea la magia de los duendes, los fénix, los calibanes que en noches de luna corren salvajes tras su ama por entre las nubes y riachuelos del olvido.

Blancas suben entonces al templo las abejas en busca de la cara de Ariel. Aquel angelito de dientes oscuros como la misma tempestad que en pretender los ha venido creando, pues si una tempestad es una enorme montaña de viento, y Ariel, el pequeño anciano de catorce años, no es sino una criatura del aire, "an airy spirit", como decía de él su padre insular, entonces a la noche debe el niño-arpía su vuelo, su magia, su dulzura y la inmentible caricia que posaba sobre él el mago solitario. Pero también es la amorfa alegría de ser una diosa, una ninfa y este pájaro indeciso entre el hueco corazón de pesadilla, y los ecos de la misma, esparcidos por los acuosos salones del palacio sin fin.

Son estas pues las abejas de la soledad. Las que buscan el cuarto invisible donde el fantasma de niño tiene cubierta la espalda con el manto mágico de Próspero. Las abejas entonces revolotean con locura en espera del viento, de aquello que romperá el sortilegio, la barrera, y la piel sucia, toda embarrada de estiércol de carnero sagrado, se verá por entre las ilusiones y su blancura correrá detrás de los asutados comensales lanzándoles trozos de pescado ---aquél atrapado por el sombrío Calibán en los diques del bosque--- y frutas, tanto las rojas y jugosas, las que se despedazan sobre sus cuerpos dejando sombras de araña, como las verdes, las que rebotan y enmielan el camino cuando la tempestad de la arpía es solo el sueño de Dionisos engendrando en Sycorax a sus dos hijos gemelos: el feo que es hermoso por feo, y el hermoso que es feo comparado con su hermano, pues más que dos caras del mismo escudo, son las dos nalgas del humus que cae en esta isla del miedo, en este sagrado lugar donde la venganza es un lapicero azul en forma de pluma, un muchachito de oscura relación pederástica que va travestido de ninfa, un libro de cosas comunes que desafía el entendimiento, y un monstruo-pez capaz de respetar y amar con la lógica de un monstruo-pez, más allá de lo que otros pueden esperar de él, o quizá una niña de quince años, pelirroja y enamoradiza, que no se asusta ante centenares de espíritus en su casa disfrazados de humanos desnudos, pero tan pronto ve a un muchacho real, cae sobre ella la bomba de Hiroshima como lluvia de abejas blancas subiendo al templo de Ariel cubierto de excremento.

Y llega pues el tiempo de las preguntas dislocadas, el momento en que el mago ha de ser también el dramaturgo genial disculpándose ante el público asesino; pero sucede que la magia falla más allá de los deseos de los isabelinos, o bien, el calvo barbudo se burla de todos, y Próspero no es un actor sino Próspero, el pobre demiurgo sin poderes de ningún tipo, el duque destronado, el pederasta sin hija, el padre de Calibán que solo ama a una de sus nalgas y reclama para Setebos la paternidad de aquello que, a pesar de todo, y en un momento quizá de angustia, confiesa como suyo. Sale pues y le pide al público lo que el público no le puede dar, porque ya soltó a Ariel de sus amarras y el niño-viento ahora sí reconoce en Calibán a aquél que ha de llenar su vida.

Pero todo esto es, señores míos, el sueño del futuro. Por ahora el espíritu del aire sigue en la isla-prostíbulo aparejada para él, y aún duerme rodeado de las abejas de la añoranza que se disputan, unas más fieras que otras, el estiércol de su piel. Mañana se levantará de nuevo el telón, y Calibán volverá a recibir pellizcos de duendes y puercoespines y tendrá otra vez la oportunidad de luchar por lo que es suyo. Miranda conocerá al gallardo mundo nuevo que ella misma habrá construido al margen de todo lo que es real. Porque las mujeres de su edad no necesitan de túnicas y báculos para crear estas sustancias de sueño, estos campos remotos que bajan por el espinazo en noches de calor cuando Arielito, de nuevo despertado por las abejas, bajará al estanque de las ranas y los lirios a tomar agua. Calibán estará entonces en su caverna cercana planeando la nueva insurrección, pero al ver al niño excrementoso, se llenará una vez más de apetitos coprófagos y atacará, muy de acuerdo con el otro, la piel sucia que pide a gritos una lengua.

Miranda no saldrá esa noche de su cuarto pero sabrá lo que pasa por el sueño inquieto de su padre, siempre temeroso de las tempestades.

Pues ya no hacen falta los enemigos de Nápoles o Milán. Ya no hace falta un horrendo espectáculo de náufragos, y todos sabrán que el verdadero sueño es tanto la salvación como la eterna piedra de Sísifo.

Ariel no quiere dormir más,... y su sueño, ya tampoco termina.
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Tomado de El más violento paraíso, San José, Ediciones Perro Azul, 2001.
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Ilustración: Ariel and Caliban por Zirofax.
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Agregamos además un fragmento de la película Los libros de Próspero, de Peter Greenaway. El fragmento corresponde a la escena en que Próspero revisa y comenta varios de sus libros. Esta es una (sino la mejor) adaptación cinematográfica de La tempestad de Shakespeare.

viernes, noviembre 14, 2008

QUI SI DIPINGONO MERAVIGLIOSAMENTE I PUTTI



Ecco la befana!


El pincel baja tenuemente por el muslo como si lo estuviera acariciando en lugar de pintarlo. Cecco no se mueve de su asiento aunque hace buen rato que está incómodo: el frío de la noche lo va congelando y se siente a punto de caer sobre los utensilios esparcidos a sus pies. Michelle no dice nada. Solo se queda viendo la piel del muchacho y poco a poco la sigue acariciando sobre el lienzo tratado primorosamente con aceite de lino.

Afuera, la oscuridad serpentea enrollándose en los solitarios mármoles de Sant Angelo y el Panteón; mientras que adentro, los tersos pelillos de los muslos de Cecco vibran atentos a la menor corriente. Todo el muchacho está hecho una piel de gallina pero teme decírselo a su amo. Ahora que maese Caravaggio pinta con absoluto delirio no hay nada que lo detenga: ni los lobos que rondan con su hambre perpetua, ni los pequeños hijos de la polis que siguen escarbando en las callejuelas. Por eso hay varios de ellos durmiendo apiñados en un rincón; porque los golfillos de la ciudad saben que el maestro no los va a dejar a la intemperie en noches de frío. Uno se rasca un cachete en tanto que otro sueña con frutos alucinantes, pero ya todos han comido algo y duermen cerca del horno.

Sin embargo, la hora del santuario ha terminado. El maestro está pintando desde las ocho de la noche y nada lo detendrá hasta que vea el amanecer.

Cecco finge una y mil sonrisas para tratar de olvidar el armazón de plumas que tiene en la espalda desde hace rato. Cambia un poco el tono de la sonrisa para que los músculos de la boca no se le entumezcan en una mueca de frío, pero el maestro, atento al más mínimo detalle, lo nota.

―No, no, Cecco. Voglio lo stesso risolino.

El niño vuelve entonces al gesto anterior.

―Ecco! Non ti muovi!

Y sigue pintando con el mismo delirio de sus noches de embriaguez.

Ya quedaron atrás los años en que el mismo pintor, adolescente, dormía con monjes y comerciantes para luego comprar vino, brochas y pigmentos. Atrás las noches de frío en que él mismo posaba casi desnudo ante un espejo para lograr la presencia de un ángel, acaso un poco famélico, pero una criatura de Dios, al fin y al cabo. Atrás también los años de robos y asaltos a los viajeros para luego irse de juerga con Mario y Ranuccio, sus amigos de taberna y prostitución. Ya no era necesario robar, pues al amparo de ciertos cardenales aquí en Roma, su situación económica era bastante buena.

Ahora solo le quedaban las pasiones de Baco muy adentro en el alma, y Cecco era una de ellas. El chiquillo había tocado su puerta unos años atrás, vestido en andrajos y casi muerto del hambre. Su misma familia lo había enviado para que probara suerte con “il maestro”, pues otros igualmente lo habían hecho, y, en definitiva, no les fue mal. Ahora, los años mostraban su magia: esta noche Cecco era un hermoso “Amore Vincitore” blandiendo las flechas de su triunfo, su tirso, sobre los mortales de la tierra. Toda la Roma papal sabía aquello. No había secreto en que era un niño deslumbrante quien dormía en el lecho del Caravaggio. El chisme corría de salón en salón y de capilla en capilla, pero la ciudad entera estaba dispuesta a ignorar los perfumes de Sodoma, siempre y cuando el Caravaggio compartiera su “angelito” con los demás cardenales.

Y esto se hace ahora por medio de la pintura. El cardenal Del Monte espera impaciente a que su comisión esté concluida. Para tal efecto, ha hecho instalar un marco y una cortina verde especial en su galería privada. El “Amore Vincitore” estará la mayor parte del tiempo cubierto, pues se sabe que va a ser de tal majestuosidad su ejecución que deslucirá a las demás joyas del palacio.

Sin embargo, en este momento, el viento de la noche no se detiene en las calles y apaga, una a una, las efímeras fogatas de la guardia romana. El cardenal siente miedo y llama a su ayuda de cámara para que le vuelva a encender las velas.

Michelle de Caravaggio también se siente de pronto muy cansado. Se lleva la mano a los ojos y los cierra un instante. Lo único que se escucha en la madrugada es el aullido casi animal del viento y el suave respirar de los muchachos dormidos junto al horno. El maestro baja entonces su pincel y lo deja sobre la palestra. Cecco sigue sin mover el cuerpo pero inclina levemente la cabeza hacia un lado. Sabe que su amo viene hacia él para cambiarle la pose... y en la oscuridad, ... las aguas del Tíber, más negras aún que la misma noche, continúan serpenteando por la legendaria Ciudad de Dios.

El cardenal tendrá que arreglárselas con su exaltada impaciencia. Habrá de esperar a su ansiado angelito todavía una semana más.


(Tomado de "Ela más violento paraíso", Ediciones Perro Azul, San José, 2001. El título alude a la costumbre italinana en los ss. XVI y XVII de poner en las ventanas de las barberías el siguiente rótulo: "Qui si castrano meravigliosamente i putti", anunciando que el barbero también hacía de castrador de niños pobres para los coros vaticanos).