Aquí trato, entonces, de obviar ese impasse de olvido y lo cuelgo como si se hubiera dicho ayer.
Gracias, Tavo.
La fama de Alexánder Obando como poeta es antigua y precede a la de novelista. Algunos poemas suyos desperdigados aquí y allá, y un legendario libro premiado y nunca publicado, Hotel de puertas amarillas, habían convertido esa fama en una especie de leyenda. Y luego el éxito de sus titánicas novelas terminó por opacar de algún modo la existencia de su faceta poética, hasta que el año pasado Arboleda Ediciones publicó Ángeles para suicidas.
En su prólogo al libro, Mauricio Molina considera “vergonzosa” la espera que han tenido que sufrir los poemas de Obando para ser editados. Pero yo no estoy tan seguro de que este atraso amerite lamentos. A fin de cuentas, el único que sufrió fue Obando, quien tuvo que esperar más años de la cuenta para “graduarse” como escritor con un libro publicado.
Pero eso son vanidades personales que en nada afectan al mundo. La larga destilación de estos poemas ha beneficiado a Obando como autor, a su libro como proyecto, y a nosotros como lectores.
No creo apresurarme al decir que el tono de
Ángeles para suicidas es elegíaco desde su título. Se trata de una crónica póstuma. Todo lo que toca el lápiz poético de Obando se convierte en pasado, en memoria. Obando escribe en y para el después con una brújula sentimental bien calibrada. Sus poemas son “un baile deshaciendo los pasos hechos; / una forma de viajar hacia atrás”, como dice en el poema “Contradanza”. Por eso, el accidente editorial de que estos poemas lleguen a nosotros con tanto atraso sólo los hace más urgentes, más sugestivos y más memorables.
Ángeles para suicidas es un libro religioso. Estoy consciente, por supuesto, de que esta afirmación parece una afrenta. Pero “religión” es pariente del latinajo
religare (volver a atar; ceñir más estrechamente), y si hay un método, un orden o un sentido en la escritura de Alexánder Obando, lo mismo en sus novelas que en su poesía, tiene que ser el de la conexión; o, aún mejor, la
vinculación. Las cosas, en el pensamiento religioso, tienen que ver unas con otras, se provocan y se afectan, se anuncian. A eso aludía Eliot cuando llamó “mítico” al método de escritura del
Ulises de Joyce. En Joyce se trata de sentidos paralelos entre el pasado y el presente. En
Ángeles para suicidas, se trata también de paralelos entre lenguas y voces, y sobre todo entre presencias y ausencias:
Y así las noches,
bajo las palmeras en el parque
de Heredia, nos hacían pensar
en Colombia y su gente,
en la ciudad de Cartagena
con sus trescientos años de fortificaciones.
Nos hubiera gustado caminar por sus calles
de balcones y plazas,
imaginando tal vez
como sería
la ciudad de Heredia
/ y sus noches
/ y palmeras.
En alguna página de
El más violento paraíso se lee: “Evans de repente sintió una extraña nostalgia. Se miró de pie junto a sus tablillas y se imaginó ser parte de una raza gris que de ver tanto, había perdido la capacidad de ver, de asombrarse ante lo religioso de la vida. Pero este fue un pensamiento en medio de la incipiente confusión.” Uno termina de leer los poemas de Á
ngeles para suicidas asumiendo como propias esas palabras.
La religión es la más antigua y persistente forma de p
ensamiento en medio de la incipiente confusión del mundo. Lo que ha hecho Alexánder Obando en
Ánge
les para suicidas es religar, volver a atar, las confusas nostalgias de muchos años, y les ha dado orden con la música de muchas épocas, la poesía de mucho siglos, la perspectiva de muchas edades, las sensaciones de muchos días. Da la impresión de que Obando escribió estos textos como una banda sonora de su vida; pero fue el Tiempo en que no los tuvimos el que los convirtió en poemas.
No tiene sentido preguntar si Alexánder Obando es un novelista que escribe poemas o un poeta que escribe novelas, porque al fin y al cabo siempre tendremos que lidiar solos con sus novelas tan evocadoras como poemas y con sus poemas tan narrativos como novelas. El poema “Cartagena con retrato”, del cual ya cité arriba los versos finales, es una novela en dos páginas, igual que aquel otro de Jaime Gil de Biedma, en quien mucho pensé al leer
Ángeles para suicidas, llamado “La novela de un joven pobre”.
El sentido de cualquier vinculación, de cualquier método mítico, es rebasar los límites de la forma, ir más allá de lo que se
es para intentar al menos vislumbrar lo que se
puede ser. Y esa aspiración, tan presente en
Ángeles para suicidas, es esencialmente religiosa. En términos más humanos, la vinculación a la que aspira Obando es su ética de la amistad. ¿A qué si no tantos poemas sobre amantes, sobre amigos, sobre personajes reales o inventados, sobre poetas y artistas siempre a flor de boca porque a veces son el único remedio para días solos? “Vivir solo”, por mucho uno de los poemas más conmovedores de toda la literatura de por aquí, es el que mejor expresa esta necesidad y anhelo de comunión (otra linda palabra manchada de religión):
Vivir solo es pues,
pasarse las noches
miserablemente agarrado a las barras
de este zepelín silencioso,
esperando distinguir algún conocido
entre esa masa que ya no se acuerda
de vos.
Los primeros poemas del libro son bastante descriptivos. No tanto narrativos, como lo son algunos que aparecen luego. Más bien, se trata de ejercicios imagenistas; momentos de los cuales sólo unas breves imágenes perduran. Es muy poco lo que sucede en estos poemas. Más bien, todo queda en imágenes-sensaciones: “un cielo tocable y manoseado”, “piernas, llenas de arena”, “La luz de las 5 y media / desvanece la calle”, “custodiado (…) / por las suaves caricias de los gatos”. Sin embargo, la sensación más abarcadora de los poemas iniciales de
Ángeles para suicidas es la transitoriedad. Todo se siente pasajero o detenido en un tiempo caduco. También en las secciones “Amantes famosos” y “Amantes famosas” hay una fuerte sensación a juventud que se agota, lo cual, insisto, le da al libro un profundo tono elegíaco.
Pero no es sino hasta que llegamos a los dos poemas de la sección “Las ciudades invisibles” que percibimos lamentaciones como las que, a pesar de lo elegíaco, están rampantemente ausentes en los poemas anteriores. Hasta ese punto, la nostalgia es una reacción posible ante el libro, pero puede más la calma que el tiempo le añade a lo escrito. Uno no puede leer estos poemas iniciales del tiempo perdido y la piel gastada sin admitir cierto placer por el hecho mismo de que estas cosas
hayan pasado, tanto en sentido cronológico como en sentido existencial. Hay adioses, sí; pero no lamentos. Hasta ese momento, los poemas de Alexánder Obando son elegías truncadas por el hecho feliz de que seguimos vivos.
Con todo, también hay en
Ángeles para suicidas una nocturnidad agobiante. No todo es
carpe diem. También hay que sobrevivir a las noches. Dice Obando que él está familiarizado con la noche, y poemas como “Los Ángeles” (“Así es como termina el mundo / no con un grito / sino un lamento.”) dan cuenta de ello. El cambio de tono se consolida con la sección “El mar llamado Solaris” (“La gente no se muere. El sol, lentamente, los va desmoronando.”). Para cuando llegamos a la sección “Alucinar en lenguas”, ya hemos pasado por tal despedazamiento verbal (el poema “Solaris”) que estamos listos, formalmente hablando, para lo que sea. Y lo que viene es más bien la restitución del tono entrañable de los poemas iniciales del libro, esta vez en español, inglés e italiano.
Dentro de esta estrategia de vinculación que he tratado de describir, los poemas en inglés de Obando son un momento de breve dispersión o de elevación desde el cual se contempla el camino andado. El más significativo de estos poemas, “Caliban’s Lot”, termina así: “The answer lies in a book of blank verse (…) / One that can only offer the clarity and vision / Of a severed head, / As it may construct the skies around its aging eyes.” (La respuesta está en un libro en verso blanco (…) / Que sólo ofrece la claridad y visión / De una cabeza cortada, / Que pudiera construir los cielos alrededor de sus ojos que envejecen.)
Creo que esta imagen de los ojos que envejecen mientras construyen el cielo a su alrededor es la imagen central de
Ángeles para suicidas. Páginas después de este poema aprendemos que morir es dejar de ver, al menos con los ojos con los que hemos vivido:
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Todo esto da la impresión de una orquestación muy calculada. De hecho,
Ángeles para suicidas termina con poemas musicales, incluso uno que es una letanía. Un responso, una kaddish por nosotros y nuestros delirios. Vinculación, orquestación o, como diría Italo Calvino,
multiplicidad. Lo cierto es que es una suerte que estos poemas hayan aparecido tan tarde. Es más, vale la pena leerlos una vez y guardarlos bien para más luego. Siempre se corre el riesgo, con estos poemas angélicos, de estar nosotros demasiado vivos para entender sus suicidios entrañables.
Heredia. Julio del 2010 a enero del 2011.
Foto del autor: Guillermo Barquero. Ediciones Lanzallamas.