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lunes, octubre 08, 2012

CONFESIONES DE UNA MÁSCARA LLAMADA ALEXÁNDER OBANDO



 Alexánder Obando (por Ev Cash, 2012)

17 AÑOS, CUATRO LIBROS Y UN GRAVE ERROR

En febrero de 1995 empecé a escribir un cuento llamado Sexo y hamburguesas, donde quedaba patente que los títulos no han sido nunca mi fuerte. Pero ese cuento fue el inicio de algo muy importante en mi vida.

Seis años más tarde, publiqué el cuento dentro de una obra mayor llamada El más violento paraíso. El cuento ya no se llamaba así, ni tampoco aparecía como cuento sino como el segundo capítulo de dicha novela. La novela luego pasó varios años más o menos ignorada hasta que en el 2009 Ediciones Lanzallamas sacó una segunda edición y todo el asunto tuvo, o más bien tiene, un final relativamente feliz.

La segunda novela fue empezada como un ejercicio para distanciar la mente de los horrores de Gilles de Rais, un lindo personaje a quien le gustaba masturbarse mientras metía la mano en la pancita de un niño vivo y poco a poco le iba jalando los intestinos hasta sacárselos. El orgasmo de Rais solía llegar con los últimos estertores y convulsiones del niño. Obviamente debe ser muy doloroso que te tiren las entrañas de un jalón mientras aun respirás, ¡eww!,… pero me había abocado a escribir este tipo de cosa con todo el realismo posible porque el elemento sadomasoquista entre Gilles de Rais y el niño víctima debía ser paralelizado entre el escritor y el lector, (sino, el elemento sadomasoquista del relato no tendría sentido).

Pues bien, tratando de liberarme de demonios literarios como ese, me entregué a una nueva experiencia literaria, y así empecé, en 1998, Canciones a la muerte de los niños. Este ha sido el trabajo literario más ingrato para mí, mucho más que El más violento paraíso. Y se debe al final. Fue muy difícil encontrar un cierre apropiado, pero después de nueve intentos, es decir, nueve finales diferentes, descubrí que esta obra terminaba de esa manera escalonada, y así, escogí los finales más representativos, los incluí como un todo y luego, después de eso, agregué aun otro final que nada tenía que ver con los anteriores.

 San Francisco en éxtasis, obra de Michelle da Caravaggio. En esta versión de Ev Cash (2012) San Francisco y el ángel de la guarda han mutado en Alexánder Obando y Leonardo Dicaprio, tal cual este último aparecía en la cinta "Eclipse Total" de 1996.


Dado que los dioses a veces son benévolos pude por fin terminar la novela y publicarla en 2008 con la Editorial Costa Rica. Un problema resuelto, pero quedaban tres más sin resolver.

En 2006, mientras me daba de trompadas con Canciones a la muerte de los niños, tenía otros tres trabajos pendientes: un poemario iniciado en 1989; una colección de cuentos que venía acumulando desde 1987 y una tercera novela, con muchos títulos pero que no iba para ninguna parte.

El poemario lo pude terminar de revisar y publicar, finalmente, en 2010 con Editores Arboleda. El texto, llamado Ángeles para suicidas, ganó el premio Aquileo J. Echeverría de Poesía de ese mismo año y por fin me pude sentar a descansar y ver a una criatura mía tomar su propio destino.

El cuentario va por una ruta semejante. Ahora se llama Teoría del caos y está en prensa con Ediciones Lanzallamas. Si los dioses me siguen siendo propicios, saldrá para estas próximas saturnales.

Queda entonces la novela de los mil nombres, aunque no es en realidad muy larga, ¿unas 160 páginas tal vez? La empecé a escribir en 2006 cuando mi madre enfermó de cáncer y yo estaba casi permanentemente incapacitado por un brutal problema de salud. Además de eso, tomaba como un beocio en dionisíacas por lo que mi salud en general no mejoraba.

La dichosa novela estaría dividida en tres partes; la primera dedicada al emperador Elagábalo (una obsesión desde que lo descubrí en 1998), el famosísimo Vlad Țepeș, Dralyea (obsesión de toda una vida) y la reina Juana la Loca (un delirio más reciente). Pues, bueno, estaban definidos los protagonistas, Elagábalo hizo algunas apariciones para prensa y publicidad y de repente toda la cosa ─aboslutamente todo─ se congeló. ¿Qué había pasado?...

Cosas muy difíciles de retomar para mí. En cosa de seis semanas mi madre enfermó, descubrimos que tenía cáncer y falleció. Seis semanas entre una salud aparentemente perfecta y una muerte en estado de coma inducido por los calmantes... Mi mundo, el de mi juventud eternamente irresponsable, se acabó a mis 48 años. Y de repente, muchas cosas que había considerado firmes en el tiempo e invaluables en importancia perdieron todo sentido para este huérfano casi cincuentañero;... en cuenta, mi literatura.

               Obando el dionisíaco. (otro trabajo de Ev Cash, 2012).

El 2007 es un año que no existió. Solo recuerdo latas de cerveza por toda la casa, viajes constantes a consulta médica y una magra pensión por incompetencia vital consumada. La única luz al final del túnel fue la visita de Juan Murillo en algún momento de ese año para proponerme la reedición de El más violento paraíso.

El 2008 comenzó igual y terminó peor. Me moría de hambre por problemas económicos, me asaltaron, me caí y rompí la cara y la escritura ya había dejado de existir. En algún momento del 2007 escribí el último cuento de valor y ya nada más. Ese año 2008, sin embargo, tuvo dos puntos importantes dentro de la fantasmagoría imparable de autoabandono e inercia: dejé de tomar porque el doctor me avisó que me calculaba unos dos o tres años más de vida (parece que en el fondo quería volver a escribir) y también abandoné una relación que ya entraba en los diez años. Mi novio era errático, impredecible y a veces hasta peligroso. Culpa mía. Siempre me han gustado lo chicos que caminan por el lado salvaje de la vida. Son un gran estímulo literario... Pero tuve que dejarlo... el riesgo ya era mucho.

Así entré en el 2009 sin “vicios” y sin pareja. Mi mejor amigo fue una pared en blanco y un televisor siempre apagado... y el hambre. Traté de sentarme a trabajar en literatura pero siempre era lento y doloroso. La situación económica seguía empeorando y me resultó más que evidente que debía vender la casa familiar. Ya solo  importaba comer y seguir adelante.

La venta de la casa fue lenta, pero avanzó. Me fui a vivir donde unos parientes mientras terminaba la transacción y empacaba para emigrar, una vez más a los Estados Unidos. Al llegar el 2010 publiqué el poemario Ángeles para suicidas mientras yo mismo hacía maletas para Los Ángeles, California.

 Los años en que yo no existí. (Fotografía de Guillermo Barquero, 2007 o 2008).

En junio de 2010 llegué a la otra casa familiar, la de mi hermano en La Mirada, a unos cuarenta kilómetros de la metrópolis posmoderna. Pensé entonces en la vibra y la historia de Los Ángeles. Después de todo, me dije, esta fue la ciudad estadounidense donde vivió o aún vive gente como Alma Mahler, Igor Stravinski, Jim Morrison, Werner Herzog, Thomas Mann o Harlan Ellison… y donde también vivieron y murieron otros grandes como Charles Bukowski, Janis Joplin, Heinrich Mann, Truman Capote, Ray Bradbury o Philip K. Dick. Pero eso no cambió en casi nada mi bloqueo literario, porque aunque el lugar tiene su gran magia y su potente vibra artística, mi bloqueo, como casi todo otro bloqueo de escritor, es un asunto interior, muy personal… triste e ineluctablemente biográfico. Así pues, seguí produciendo a nivel mínimo: más o menos un cuento por año que también agregué, cuando la calidad lo permitía, al futuro libro de cuentos que ahora trabaja Lanzallamas.

Y sin embargo, parece que las aguas de la obnubilación empiezan a ceder un poco. Los niveles van bajando y yo me doy cuenta que lo que me amarra al fondo de este mar oscuro no es la ausencia de mi madre y o el vacío de no tener ya a mi compañero. Tampoco es el alcohol, quien fue el más fiel de todos mis amigos y el más exigente de todos mis amantes. Ni son los psicotrópicos que consumo desde el mentado 1995 para no dejarme ir en las mareas de la noche. No, nada de eso. Lo que me retenía, y me retiene, soy yo mismo. Quise seguir escribiendo siendo el mismo Alexánder Obando de siempre; el niño mimado de mami que era primorosamente aislado de las durezas del mundo para que él pudiera bailarse un par de valsecitos con Gilles de Rais o Drácula, el Hijo del Dragón. Pero ese Obando ya murió. Y el nuevo quiere decir algo distinto. Por eso no puedo retomar la novela de los mil nombres, porque no soy quien la escribió y por eso (ya) no la entiendo ni tengo idea de qué pueda ser lo que quiere decir. Ciertamente la voy a rescatar a pedazos, pero contextualizada de manera muy diferente a lo que ahora parece ser.

Y aquí me encuentro, 7 de octubre de 2012, y con la cabeza bullendo de ideas. Una nueva novela, me digo, y me siento a tomar notas como loco. Ya llevo cerca de diez páginas de ideas y semi propuestas que eventualmente podrían explotar y convertirse en la tercera novela de mi ciclo dionisíaco. No lo sé… pero podría ser.

 Otra toma en los años finales en Tibás. (Foto de Jorge Vega, 2008 o 2009).

Nombre de trabajo (que no será el definitivo de la novela): Madre de corazón atómico. Estilo: ciencia ficción sucia. Materiales de trabajo: he determinado que hay unos 21 libros (más o menos) que debo leer para acompañar la “aventura” de escribir… (sí, sí… hoy estoy pasado de cursi) con datos, información y otros ejemplos literarios que me den orientación y sustento. Ya voy por la mitad de los primeros dos que leo de manera alternada. Muy interesantes. Tiempo de escritura calculada: dos o tres años. Corrección y mejoramiento: el resto de la vida.

Algo me dice que la vida en las afueras de Los Ángeles si podría estar rindiendo sus frutos. La vida suburbana de los mega centros comerciales, asépticos, monumentales, vacíos y extraños, junto a los autobuses que pasan una vez cada hora y parecen venir de ninguna parte y dirigirse a ninguna parte. Las conversaciones en las mesas adjuntas a la mía en la cafetería. En español mexicano y salvadoreño, en chino, japonés, coreano y ruso. Los muchachos y muchachas con todos los colores posibles de piel. Los menús que parecen sacados de una peli de Buñuel o de Cronenberg. La mega oferta en línea o las librerías más grandes que Pricemart o Wallmart Costa Rica. Los museos también ingentes donde podés ver altorrelieves asirios de hace tres mil años o pinturas japonesas del siglo XVII. Todo esto, conjugado con la demencia mercantil, la velocidad y la frivolidad, el tremendismo apocalíptico cristiano, el culto castrense al súper héroe y la manada de porno apenas insinuado en la publicidad, la tele, las películas, los vampiros y los zombies que hacen todos que el sur de California se me vuelva una nueva Metrópolis donde la diosa de hierro ya sustituyó a Venus y a Gaia. Un mundo que pide a gritos que se escriba sobre él.

Y eso es lo que los grandes de esta zona han hecho. La ciencia ficción es un caldo de cultivo natural en estas latitudes.

A ponerse los guantes de cirugía y a trabajar. A ver qué puede hacer un tico en medio de tanto fantasma viral.

Porque lo único que ya no voy a decir es: “no puedo”.


La Mirada, 7 de octubre de 2012.

domingo, enero 29, 2012

REALITY CHECK (o todo escritor debe acostumbrase a la coprofagia).

La fama es tan transitoria para un escritor de Cost Rica que los quince minutos de Andy Warhol ya son varias vidas para un tico. Hasta María José Castillo ha disfrutado de una fama diez o veinte veces más eterna que la de alguien que hace narrativa en nuestro país.

Uno abre una página de Facebook para hacerse de amigues y comunicarse con les que ya tiene. Yo abrí la mía en la primera semana de febrero del 2010 para poder comunicar ampliamente la presentación de la segunda edición de El más violento paraíso, por editorial Lanzallamas.

Pero haciendo cuentas, apenas unos días antes de que se cumplan los dos años, tal parece que esa no fue la mejor de las estrategias. Tengo muches enemigues allí afuera. Pero eso ya lo sabía desde antes. Lo que no sabía, y sigo sin saber, es qué cosa se dice exactamente de mí. Una amiga de FB me asegura que son "cosas muy malas" y "chismes horrendos" y que por ello mismo muches no leen mi literatura.

Dicen que soy un escritor "talentoso" pero a la vez una persona "horrible" y "calumniadora".

 Con mi hermano Carlos en Disneylandia, 2011.

Tal parece que mi reputación va a contrapelo de El más violento paraíso. Me explico: en la novela la mayoría de los eventos importantes son ficticios, mientras que muchos de los detalles menores son verdaderos, pero la mayoría de los lectores los han entendido al revés. Así, en mi vida mis grandes vicios son ciertos para muchos lectores y mis pequeños defectos son verdaderos. Pero la verdad resulta ser al contrario. Mis grandes vicios son en su mayoría ficticios y mis pequeños problemas son muy reales.
Lo de "calumniador" lo rechazo de plano. Ser calumniador implica de inmediato ser mentiroso. Y ese no soy yo. Cuando digo que Beto Cañas es lastre en la cultura literaria y política de Costa Rica no estoy mintiendo, pero para muchos esa es una conchada que NO se debe decir. Parece que les molesta mi tendencia a ignorar la corrección política.

 
Hay que ser el payaso de la fiesta para caerle bien a todos. Y si Porcionzón llegó antes que vos, estás cagado.

 Se me avisa también que si sigo en mi vida de "chismoso y calumniador" me dejarán de leer. Ese es un derecho pleno que cada une de ustedes tiene, aunque a mí me duela. Es, en definitiva, una elección que todo lector tiene. A veces la reputación o chismes acerca de un autor hace que muchos decidan leerlo o no leerlo. Eso es un clásico ejemplo de "juzgar a un libro por la cubierta".

¿Y qué se es lo que se dirá en concreto de mi persona? ¿Qué arreglo concursos? ¿Que amenazo a los juados (¿con la verdad)? ¿Que violo niños y tortugas ninya? ¿Que enveneno pozos y almas? ¿Que irrespeto las sacrosantas instituciones del patriarcado y de "el juez siempre tiene la razón y todo está divino en Costa Rica"?... ... Vaya usted a saber.

Lo cierto es que también me recomiendan que escriba más (eso está bien) y que cuide más mi salud (eso está muy bien). Pero también me piden que deje de hacer "cátedra".

Lo siento. No creo poder hacerlo. No está en mi naturaleza ver como poco a poco nos roban la casa y el país y quedarme callado. No puedo decir "está bien" cuando yo siento que la cosa "está mal". El premio Aquileo que Gabriel Baltodano, Marielos Castro y Claudio Monge le dieron en 2008 a Carlos Morales por su novela, La rebelión de las avispas, por ejemplo, sigue siento una bofetada en la cara a la literatura de este país y a todos sus escritores series y honestes.

Solo una aristócrata envenenadora como Lucrecia Borgia sobreviviría en el medio tico. A la Mona Lisa nos la cogeríamos entre todos.
Así que seguiré posteando y hablando, aunque quizás me preocupe cada vez menos por ese abstracto común que conocemos con el nombre de "futuro literario de Costa Rica", ya que aquí defender es insultar y expresar la propia verdad es calumniar. Quien sabe, puede que un día de tantos le siga el consejo a la amiga internauta y me desaparezca del todo.

A mal árbol se arrima quien quiera hacer arte bajo la sombra de Costa Rica.

viernes, junio 17, 2011

"POSERS" PARADISÍACOS (Chismes II)

Jack London nunca pelaba la mazorca ante las cámaras.

Todos tenemos secretos, manías y costumbres que no revelamos a los demás o que disimulamos de manera a veces ridícula. (Yo, por ejemplo, [y entre mis muchos defectos] soy un rifle chocho: disparo primero y luego pienso. He tratado de corregir esta maña de escribir primero con el hígado y el corazón y luego con el cerebro, pero no parece surtirme efecto. Esta falta de parsimonia y ecuanimidad solo me da buenos resultados cuando estoy dormido [o cuando estoy haciendo literatura]).

Pero no soy el único. Todos tratamos de encubrir nuestros pequeños defectos, sean físicos o no. He aquí unos ejemplos:

De sonrisa enigmática... a problema dental. Hay más de una Mona Lisa wannabe en nuestro mundo.

Jack London nunca mostraba los dientes ante la cámara porque le faltaban los dos delanteros superiores. Según cuenta la leyenda, se los apearon en una bronca de gamberros cuando tenía 16 años. ¿Por qué nunca se corrigió este defecto? Se oyen explicaciones.

Not so Frenchy.

Cuenta el muy cínico pero igualmente talentoso Cabrera Infante que Alejo Carpentier tenía el curioso hábito de exagerar su "afrancesamiento" (Vidas para leerlas, Alfaguara, 1998). Una tarde en que Carpentier dirigía a unos obreros en una restauración algo salió mal y a Carpentier se le salió el criollo-francés-suizo-ruso-chileno que tenía adentro. Sin embargo, no le salieron los "cajrajos" galos de rigor sino el "carajo" cubano pleno y castizo. Y sigue acotando nuestro infame Cabrera que el acento francés en Carpentier era muy "proper" y muy "demodé". Lo llevaba a todas partes, desde la biblioteca a la ducha y desde la cama a la sala de conferencias... EXCEPTO, si se salía de las casillas. Porque cuando se ponía como un mihura Carpentier hablaba, o más bien, gritaba como cualquier cubano encanfinado. Y eso ya es mucho decir.

Otro dato, el padre de Carpentier era de apellidos Álvarez Carpentier, francés, pero obviamente de origen latino. El hecho de que Carpentier no usara el primer apellido de su padre da cierto crédito a las puyas de Cabrera Infante...

¡Ah esos cubanos, siempre llenos de bellas contradicciones!

"El Gorioncito Negro" con alguno de sus varios maridos.

Edith Piaf fue conocida como el Gorrioncito de París y como el Gorrioncito Negro. Ninguno de los apodos es gratuito.

Gorrioncito porque era sumamente menudita, apenas 1.42 mts. de estatura, y porque hacía gorgoritos al cantar; una suerte de vibrato muy particular que la diferencia de otras cantantes famosas. Y lo de "París" es obvio: la cantante era parisina (o "parisiense", como insiste la RAE, aunque por dicha ya nadie le hace caso).

Lo de Gorrioncito Negro tiene también su razón. Edith nunca se apeaba el vestidito negro estilo Coco Chanel que siempre usaba. Una recomendación de su amigo y patrón Louis Leplée. Este "disfraz" profesional tenía tres razones de ser. Primero el vestidito negro de la Coco estaba de moda entre el medio artístico de París. Luego ayudaba a que el público se concentrara en la música y no en la imagen de Edith (exactamente lo contrario de hoy día). Y tercero y más importante, disimulaba la bajísima estatura de la Piaf. Y si creen que este factor no era importante, fíjense en la foto de más arriba. El maridillo de turno tenía una estatura media, mientras que Edith era media... bueno, ya me entienden.

Edith canta No me arrepiento de nada enfundada en su legendario vestidito negro.

Cuando los amigos de Ludwig van Beethoven llegaban a su casa el maestro podía escuchar en su mente el TÁ ta ta TAAAAÁ de su quinta sinfonía y esperar ser importunado durante varias horas.

El genio de Bonn tenía un sucio secreto que ningún cineasta se ha atrevido a revelar. (Aquí en versión Warhol).

Cada vez que los amigos y familiares cercanos de Ludwig lo visitaban, debían vérselas con dos ingentes monstruos. El primero era el carácter del maestro; agresivo, violento, indómito y flagrantemente grosero. No permitía que le quitaran nada de su lugar ni que le movieran un solo mueble, porque Beethoven, hay que decirlo, era un absoluto cerdo. Toda su casa era un campo de guerra entre quienes le querían limpiar el lugar y el maestro con melena y modales de león. Pero eso no era lo peor: lo peor, amigos era el maestro en sí. Su olor corporal era tan ofensivo que a veces había que hablarle con pañuelo en la cara para no ranchearle el piso ya de por sí hecho una porqueriza.

Y el asunto era sencillo: Ludwig no se cambiaba de ropa, como tampoco frecuentaba el baño, a no ser para hacer pupú. Los amigos llegaban con ropa nueva y lo obligaban a mudarse, pero con la sucia ya no había nada que hacer. Generalmente la quemaban en el patio de sus apartamentos (o "departamentos" como dicen ahora los ticos mexicanizados).

Afirman que con el tiempo fue más tolerante con la limpieza de sus habitaciones, pero con su ropa todo siguió igual hasta el final; chuica que se quitaba, chuica que había que quemar.

Pero bueno, genio es genio, y Beethoven en ese sentido es como la madre: hay que quererlo aunque sea envuelto en mierda.

viernes, agosto 14, 2009

EL CHISME: LA ENÉSIMA MUSA

"Yo no le disparé a mi esposa". William Burroughs


El chisme es sin duda la ambrosía de los dioses menores. Pero como los dioses menores son tantos, pues hay mucho buen chisme correteando por ahí. A continuación unos cuantos suculentos bocadillos de esta musa de vestido rojo y maquillajes de cortesana.

Cervantes no era manco:

En la célebre batalla de Lepanto (1571) las fuerzas marítimas de la cristiandad vencieron a los turcos por primera vez. Cervantes, entonces de 24 años, recibió en esta batalla dos arcabuzazos en el pecho, uno de los cuales le cercenó un nervio del brazo izquierdo. Este miembro entonces se le anquilosó de por vida. Sin embargo, el escritor conservó ambas extremidades superiores intactas. Digamos entonces que el brazo izquierdo le sirvió desde ese momento sólo como una bonita decoración.

Hemingway entre vaqueros, nadadores y toreros:

Uno de los motivos de mayor angustia personal para el escritor Ernest Hemingway era su inclinación sexual hacia los hombres. Inclinación que pretendió disfrazar hasta el extremo del ridículo.

Estando una vez en una de las muchas cantinas que frecuentaba, se sumió en un típico zafarrancho de parroquianos. Se empezó a dar de trompadas con otro borracho, lo más seguro que por motivo de un capricho o de alguna nadería. El otro, en un momento dado, logró asir al escritor por los abundantes pelos en el pecho de Ernest, solo para quedarse con un gran puño en la mano. Todos quedaron asombrados y casi en estado de terror. Pero pronto el miedo dio paso a la risa y a la burla al darse cuenta que los pelos en el pecho de Hemingway… ¡eran falsos! Con alguna artimaña el autor de Las nieves del Kilimanyaro se había pegado vellos falsos en la parte superior del torso…

Durante su estadía en España, muchos fueron los rumores sobre el escritor y un joven torero pelirrojo a quien él “admiraba” mucho. Siempre paseaban juntos y aprovechaban todo momento posible para estar solos. Claro, quienes más se quejaban de esta contubernio entre ambos caballeros eran las pobres amigas relegadas.

Y finalmente, en los años 50, un productor de Hollywood visitó a Hemingway en una de sus casas de campo para discutir los detalles de un contrato. Comentaba nuestro hombre unos años después que le sorprendió mucho encontrar a Hemingway desnudo en la piscina con otro gran “macho” del folklore yanqui: no era, ni más ni menos, que la estrella de cine John Wayne, gran amigo del escritor. Ambos nadaban en traje de Adán con un tercer miembro; alguien a quien el productor solo describió como un muchacho “bien parecido pero muy afeminado”. Muchos años después, se supo con bastante evidencia el asunto de la homosexualidad (o bisexualidad) de John Wayne. (Valga decir que poco a poco nos vamos enterando de la posible génesis de su caminadito de vaquero chimado).

Y para concluir, no ha faltado quienes hayan apendizado al suicidio de Ernest Hemingway motivos de depresión asociadas a su doble vida… ¡Vaya usted a saber!

Franz Kafka no escribió La metamorfosis:

Entre el 7 de noviembre y el 17 de diciembre de 1912 Franz Kafka escribió uno de sus relatos más famosos, sino el más famoso de todos sus escritos: Die Verwandlung; es decir, La transformación. Al respecto recordaba Borges en una entrevista de “El País” (España) publicada en 1983: “Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es La transformación, y nunca supe por qué a todos se les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate. Yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán”.

¿Qué pasó entonces?

El famoso cuento fue publicado en español en 1925, apenas un año después de la muerte de Kafka. Esta traducción, hecha para la Revista de Occidente de José Ortega y Gasset, apareció aún antes de cualquier otra traducción a otros idiomas como el francés, el italiano o el inglés; es decir, la primera traducción de la obra de Kafka se hizo al castellano en los números 24 y 25 de la Revista de Occidente. No se sabe nada del traductor (¿Ortega?), solo que aquí apareció el error de traducción que luego traspasó las fronteras a otras traducciones, tanto castellanas como de otros idiomas.

Y quienes hablan alemán lo han advertido —como Borges— con suficiente claridad: el término en el original es tan claro que no había posibilidad de error. ¡Ay, los editores!... Editore, traditore!

Beethoven componía sus obras maestras echado en el suelo:

De la misma manera en que un niño se echa sobre una alfombra a ver la tele, boca abajo y con los antebrazos sosteniéndole la cabeza, así Ludwig van Beethoven escribía sus obras inmortales. Y bueno, ¿por qué este extraño hábito para un alemán del siglo XIX, en un mundo tan lleno de pose y compostura? Pues porque le era necesario para poder componer su música.

El maestro hizo traer a unos carpinteros a su casa, los mandó cortarle las patas a su piano y colocarlo en el suelo, justo donde él deseaba trabajar. Así, cada vez que Beethoven tocaba una tecla, la vibración de la nota se esparcía por el suelo (de su segundo piso) y el maestro podía entonces “escucharla” con todo el cuerpo… Sí, claro, esa era la razón de componer en el piso. El arpa del piano pegado al suelo, le transmitía por vibración todo el jugo y colorido que Ludwig necesitaba para componer cosas como su maravillosa 9ª sinfonía… ¡Descanse en paz el genio de Bonn!

Burroughs no escribió usando drogas:

Aclaremos los puntos. No dijimos que no consumía drogas; dijimos que no escribía estando intoxicado. Pero que consumió, ¡CONSUMIÓ! Y lo hizo a tal extremo que muchos institutos médicos y la autoridades anti-drogas de los EE.UU. lo utilizaron durante buen tiempo como “informante” y referente, ya que Billy Burroughs sabía (como usuario) más de la heroína, los ácidos, los derivados del opio y los hongos que cualquier otra persona en el mundo. Estando en Tánger, hacia los años 50, estuvo en su cama paralizado por el consumo de heroína un año entero. Después de eso… ¡ahora sí: a escribir Naked Lunch!

Burroughs señaló que “el estado alterado del consumo de drogas no sirve para escribir buena prosa, elegante e imaginativa. Si acaso uno puede medio leer algo y ordenar apuntes e ideas, pero el trabajo creativo propiamente dicho, debe quedar en las manos de un cerebro totalmente coherente y despierto”. (Cito al novelista de memoria).

Podemos agregar incluso que las drogas te dan visiones del mundo que no son posibles dentro de la “normalidad”. Y ya pasado el efecto, cuando estás de nuevo en este planeta, podés recrear aquellas sensaciones e imágenes, pero solo con el concurso de tu cabeza bien despierta y vuelta a la realidad. De otra manera, te sale lo que a mí me salía en literatura cuando estaba muy ebrio… es decir, nada…

Rimbaud era antes prostituta:

Efectivamente, el apellido Rimbaud es un derivado de una antigua palabra francesa: ribaud. Esta palabrita (pariente del inglés ribald [procaz; salaz]) significaba prostituta en francés medio (siglos XIV al XVII). Y no hay que ir muy lejos: recordemos que Rimabud en francés contemporáneo se sigue pronunciando algo parecido a "rebó", es decir con el gargajo pre-vomitivo conque los franceses de extracción pedante (y algunos profesores de la UCR) pronuncian la "r" gala. No sabemos si Rimbaud estaba al tanto de esto, pero hizo bastante en su vida, desde presumir en público de bestialista (cosa que no le creemos) hasta escribir un poema de incesto homoerótico con su padre... ¡Más putico ya no se puede!

Colofón:

Si yo agregara aquí las fuentes de mi información corrompería la naturaleza de un buen chisme, porque un chisme… lo que se dice un buen chisme, debe tener siempre un suave hedor a calumnia, si no, no es chisme. Deviene más bien en dato biográfico. Por eso, si desean conocer las fuentes de esta infor… eh… de estos chismes, pues busquen y lean.