
ADIOS (OTRA VEZ) A LA LITERATURA NACIONAL(ISTA)
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o lo que es lo mismo, nuestra literatura nacional ya se mueve “Off-shore”
Cuando a principios de 2009 el jurado de premios nacionales, Gabriel Baltodano, expuso ante la prensa los razonamientos por los que en el 2008 el Premio Nacional de Cuento había quedado desierto, no solo manifestó el razonamiento de ese jurado en particular, sino también el de todo un siglo de críticos y árbitros literarios costarricenses. A saber: que los textos no eran suficientemente contemporáneos y que no siempre versaban sobre Costa Rica. Lo primero podría referirse a contemporaneidad en estilo o tema, mientras que lo segundo es, en definitiva, el talón de Aquiles de nuestra literatura, o mejor dicho, de nuestra crítica.
Ya antes habíamos escuchado el argumento de la “costarriqueñidad” como un factor decisivo en la entrega de los Premios Nacionales. Para muestras, en los años noventa, cuando Tatiana Lobo obtuvo dicho galardón en la rama de novela, hubo quienes despotricaron contra los jurados por darle el premio “a una chilena” (no importándoles el hecho de que la novela estuviese ambientada en Costa Rica y en medio de sus gentes). Y de la misma manera unos diez años antes, cuando quien suscribe proponía darle a nuestro taller de poesía el nombre de Eunice Odio, hubo una voz disconforme que alegaba la “mexicanidad” de la poeta como impedimento para reconocerla como escritora costarricense. Así las cosas, no es difícil ver como el señor Baltodano y colegas de jurado vuelven a resbalarse en la vieja cáscara de banano llamada “literatura nacional” tal como la entendían Gagini y Magón, es decir, literatura de tema tico, hecha por ticos y en suelo tico.
Queda, sin embargo, pendiente para la historia de la literatura nacional una explicación convincente de las palabras del señor Baltodano, pues su comentario no fue más allá de lo ya apuntado, haciendo gala de la impunidad con que un dictamen “inapelable” les permite actuar.
Por otro lado, ¿serían esos motivos de Baltodano y compañía suficientes para declarar ese premio desierto? ¿Debe la literatura costarricense ser de costarricenses, hablando en castellano costarricense y en espacios físicos costarricenses? Si ese el caso, ya damos por zanjada la cuestión de por qué la literatura de Costa Rica es con frecuencia sosa y poco imaginativa; porque una literatura con tan estrechos parámetros de definición es como un perro con bozal: puede que haga mucha bulla, pero no muerde. Y eso le pasa a la literatura de Costa Rica en general: no muerde al lector.
En el prólogo a su nueva antología de cuento joven de Costa Rica [1], Guillermo Barquero y Juan Murillo anotan lo siguiente:
Las obras de los autores incluidos carecen de rasgos unificadores que permitan agrupar su conjunto formal o temáticamente, de modo que el calificativo “costarricense” que utilizamos en la portada termina siendo tan arbitrario como cualquier otro de los que nos valimos para escoger los textos aquí reunidos, siendo que costarricense es simplemente la nacionalidad de los autores y no una característica de los textos. (Barquero y Murillo, 2009).
Todo lo que escribe un tico es por definición literatura costarricense. Ahora, qué importancia puede tener eso, yo verdaderamente no lo sé. Limitarse a escribir sólo de Costa Rica es eso, una limitación. Si algo es evidente en la narrativa escrita por costarricenses en el siglo XXI es que Costa Rica es un de muchos lugares donde puede ocurrir la acción y que los personajes no son, usualmente, típicos ticos, como tampoco lo son, usualmente, estos autores. Ya no vivimos al amparo del estado paternalista sino en el descampado terrible del mercado global, querer escribir concherías es un anacronismo que se pasa como una indulgencia, pero no como la norma [2].
La idea de una esencia de lo costarricense, de particulares rasgos raciales, políticos y culturales empieza a erosionarse y a dispersarse. […] Todas estas nuevas y nuevos escritores pertenecen, por tanto, a esa nueva y heterodoxa generación, ajena a realismos mágicos y temáticas de cuño indigenista o social. Una generación que presenta su historia desde una perspectiva individual, dada más a la exploración de una sensibilidad personal que a la crítica social o al manifiesto político. […] En un mundo donde las fronteras aparecen y desaparecen, la nueva narrativa latinoamericana: urbana, hiperreal, muy a tono con la cultura popular norteamericana, y con las nuevas tecnologías, emerge en el paisaje literario del continente. (García Gil, 2007).
A principios del siglo XX, la identidad de los costarricenses estaba en plena formación. Hoy día, si bien el tema identatario sigue siendo apremiante entre nosotros, no constituye ya el centro de nuestro quehacer literario porque la búsqueda del “yo” (versus “nosotros”), la identidad más íntima, ha saltado a primer plano en un mundo de comunicación masiva donde la individualidad parece cada vez más exaltada de jure pero a la vez más ignorada de facto. Así, la literatura nacional se viste y trasviste a gusto y antojo en múltiples formas. Puede ser una epopeya fantástica al estilo de Rafael Ángel Herra; las vicisitudes de una costarricense en Europa o en Cuba (Anacristina Rossi, Catalina Murillo); el fin del mundo desde nuestro pequeño rincón (Guillermo Barquero); viajes de y hacia la Luna (Laura Quijano, Alexánder Obando); o simplemente otra dimensión, otro universo, otra realidad, como es tan frecuente en la poesía de Eunice Odio y la generación poética de los 50.
No hay duda de que la polémica de “la literatura nacional” ya está zanjada entre los escritores de este país. Y definitivamente no hay nada de malo con nuestra literatura nacional, pero debemos ser conscientes de que ahora abarca mucho más de lo que abarcaba en el pasado, muchísimo más de lo que la vieja crítica hosca y anacrónica quiere reconocer. Y es que no hay fronteras nacionales en el ciberespacio, como tampoco las hay en el hiperespacio de la literatura. Lo costarricense —parafraseando de nuevo a Juan Murillo— es simplemente todo aquello escrito por autores costarricenses, indistintamente del tema, personajes u otras consideraciones formales o biográficas.
Y bien, los escritores acusamos recibo y nos damos por enterados. ¿Pero y los nuevos y viejos jurados de premios nacionales? ¿Cuándo caerán en cuenta de esta nueva realidad? Es hora de enviarle otro e-mail al señor Baltodano. Ojalá tenga computadora. Y de ser así, ojalá que también esté conectada a la red.