Guerreros azande según interpretación contemporánea de Ocean Morriset.
Los guerreros azande, descubiertos por Occidente hacia el 1600, tenían una cierta tradición pederástica. Algo parecido a la tradición paidéica de los samuráis japoneses, los guerreros azande adultos que no estuviesen casados podían "comprar" un muchacho (entre 12 y 18 años) que les hiciese las veces de esposa y escudero. (El precio consistía generalmente en unas buenas lanzas o arcos y flechas). El chico le hacía de sirviente buscándole al mayor la comida y también sirviéndole de pareja pasiva en el lecho. Pero había dos tabús que no se podían quebrantar: el joven no podía cocinar (¿trabajo "solo para mujeres"?) y las relaciones sexuales no podían involucrar sexo anal, por lo que el mayor debía descargar su pasión entre los muslos del chico.
Viejo grabado de guerreros azande (tomado de Wikipedia).
Estos guerreros vivieron entre el sur del Sudán y en la República Centroafricana, es decir, en el corazón del África subsaharí. La misma África que ahora clama (por medio de sus predicadores occidentalizados) que este continente nunca ha tenido una cultura que apadrine lo homosexual.
Otra muestra de Ocean Morriset de guerreros azande en convivencia homoerótica.
Hoy las religiones intolerantes de los EE.UU. sientan sus bases en África diciendo "¡África negra nunca ha sido gay!"... ... Sí, claro, y yo tampoco.
Zeus, padre de los dioses olímpicos, se enamoró de un jovencito llamado Ganimedes [1], príncipe de Troya, hijo del rey Tros y de la ninfa Calírroe. No pudiendo contener más su pasión, el Padre de los dioses se lanzó a la cacería y asumiendo la forma de una águila gigantesca secuestró al chico una mañana en que este se encontraba pastoreando en las colinas cercanas a su hogar. En virtud del alto rango del muchacho, Zeus se vio compelido a resarcir a Tros con una vid de oro (obra de Hefestos) y dos bellos corceles. Así nació lo que la historia occidental conoce como el caso más sonado de pederastia en la antigüedad. Sin embargo, esta versión, la más común hoy día, no era la que estaba en boga en el 400 a. C. Los griegos clásicos no cesaban de afirmar que la homosexualidad, viérasele como se le viera, era un producto original y exclusivamente cretense (a pesar de su éxito posterior como moda sexual en todo el mundo heleno). La leyenda que ellos narraban daba al Padre de los Dioses un papel más comedido, donde solo se limitaba a ordenar al rey Minos que tomara al adolescente como su amante. Así pues, Minos secuestra a Ganimedes, recompensa a Tros con obsequios y se lleva a su nuevo amiguito para Creta donde vive felizmente con él. El mito no cuenta cómo reaccionó Pasifae, esposa de Minos, ante todo esto, pero es más fácil imaginársela engañándolo con un toro a partir de las múltiples infidelidades del rey.
A pesar de ser Creta la cultura madre de los griegos de Perícles y Solón, la isla gozaba en su época de muy poco prestigio entre los helenos. Los cretenses eran tenidos por concupiscentes y borrachos, amantes del sexo con muchachitos y perezosos en el habla. Todo era probablemente cierto, pero hay que decir a su favor que estos términos también definían a buena parte de la población griega rural. En Arcadia, Tracia y Beocia la situación no era muy diferente. Por eso, cada vez que un ateniense se metía en líos por andar en romances con un chico, culpaba a los pobres cretenses, que es bueno decirlo, no tenían nada de culpa en el asunto. Para los hijos de Creta, las relaciones humanas eran más naturales y espontáneas que en la rígida y pomposa Atenas. Si un hombre se enamoraba de un muchacho de 12 o más años, los padres recibían de él una especie de “aviso de rapto”, y el día convenido se presentaba en la casa de sus suegros para ser cuestionado por estos. Si se le consideraba un pretendiente digno de su hijo, el hombre se llevaba al muchacho y desaparecía con él a vivir en el bosque durante dos meses completos. A la vuelta, el adolescente debía traer consigo una copa, una pieza de armadura y un buey [2], prueba de que la relación estaba consumada. Los atenienses, por su parte, veían esta costumbre como bárbara y primitiva porque para ellos el hombre debía seducir al chico por medio de la palabra [3], y luego, si el muchachito se dejaba seducir, debía ser como sacrificio en “agradecimiento” a las atenciones y enseñanzas del hombre, es decir, la paideia en todo su esplendor. El muchacho debía mantenerse de pie, no ver al hombre directamente a la cara y no permitir jamás el sexo anal. (Si lo hacía, corría el riesgo de perder su ciudadanía, es decir, su condición de “hombre” [4]). El pobre amante debía satisfacerse interfémora y no esperar del chico ningún otro tipo de retribución. Las leyes atenienses en este sentido eran tan rígidas que un historiador contemporáneo ha comparado a la Atenas clásica en su conducta sexual con la Inglaterra victoriana. Y lo que es peor, este código de conducta ciudadana para los hombres y muchachos refleja, con toda claridad la profunda misoginia de los atenienses. Para ellos el sexo anal era conducirse como una mujer, es decir, “como un ser inferior”; mientras que en el caso de los cretenses —hay que recordarlo— había todo un sustrato cultural prehelénico donde las relaciones humanas parecían haber sido mucho más igualitarias. Algunos antropólogos contemporáneos afirman, incluso, que la mujer cretense tuvo una posición de poder en su sociedad. Por esta razón los cretenses no veían con mala cara el sexo anal entre hombres, precisamente porque no había prejuicios en su cultura contra lo femenino en el eros, ni contra lo femenino en general.
Platón padecía de sentimientos de culpa por su homosexualidad. En el Fedro trata de justificar las relaciones con sus alumnos por medio del mito de Ganimedes, pero más adelante, en Las Leyes, fustiga la sodomía llamándola “un nefasto invento de los cretenses”. Esto no habría tenido mayor trascendencia de no ser porque la filosofía platónica, eventualmente, se diseminó por todo Occidente, dando cabida a la cultura patriarcal de censurar tanto al homosexual como a la mujer. Ya nadie recordaba, para inicios del cristianismo, el papel importante e igualitario que habían tenido siglos atrás tanto las mujeres como la gente gay en general con respecto al hombre heterosexual.
Esta historia no puede acabar sin antes mencionar otra isla mítica, en este caso Lesbos, patria de la poetisa Safo y hogar de una escuela para muchachas que, según la historia, tuvo mucho éxito en su tiempo. Lamentablemente la escuela decayó y desapareció tras la muerte de su fundadora. Lesbos es tenida en Occidente como el hogar del lesbianismo porque se dice que Safo era amante del amor entre mujeres y en su escuela las muchachas tenían espontáneamente relaciones con sus amigas cuando lo quisieran. Una suerte de paraíso que recordaba, aunque remotamente, el paraíso perdido de Creta.
Estas dos islas, cunas míticas de lo gay/lésbico, se encuentran en lo que Homero llamaba “el mar de aguas oscuras como el vino”, es decir, el Egeo, el mundo que ha creado muchas de las más brillantes ideas y muchos de los más monstruosos prejuicios. O para decirlo de una manera oximorónica: un mundo totalmente dionisiaco.
______________________ [1] Significa: “el que se regocija en la virilidad” (se entiende que de otros). Aunque Robert Graves vino a lanzar la manzana de la discordia al afirmar que se debe interpretar como “el que se regocija en su (propia) virilidad”, aludiendo a los desposorios de un hombre con una mujer.
[2]Obviamente el “affair” le salía caro al pobre enamorado.
[3]No podía ser de otra manera en una sociedad tan obsesionada con el logos.
[4]Vale recordar que para un ateniense antiguo la ciudadanía lo era todo. No ser ciudadano equivalía a la condición de paria social, es decir, casi un esclavo.
En 1971 un genio del cine se juntó con otros dos genios, uno músico y el otro escritor. El resultado de este “menage a trois” artístico fue una película considerada hoy un clásico. Nos referimos a “La muerte en Venecia”, del italiano Luchino Visconti, y cuyos compañeros de viaje en la empresa fueron ni más ni menos que el músico Gustav Mahler y el novelista Thomas Mann.
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Un encuentro de titanes tenía que conmover, y así fue según la prensa de la época. La película no solo fue taquillera sino que además resultaba ser una de las mejores obras de arte del cine europeo, todo en una época en que estaban haciendo su mejor trabajo Pasolini, Russell, Fellini, Truffaut, Bergman, Polanski, Wertmüller, etc., etc.
Y un encuentro así deja secuelas. (Nos referimos a las verdaderas secuelas en español, no al anglicismo de las continuaciones fílmicas).
El reparto de la cinta también fue de lujo: Dirk Bogarde en el papel estelar y la furiosamente célebre Silvana Mangano como la noble polaca. Pero quien realmente se lució en esa cinta a pesar de ser apenas su segunda ocasión en la pantalla grande fue el adolescente sueco Björn Andrésen, en el papel del inalcanzable Tadzio (también Tadzu, Taju o Tadrio, que el nombre da para más de un hipocorístico).
Björn Andrésen como Tadzu
Hablar de la novela de Mann, del personaje principal cincelado a imagen y semejanza de Gustav Mahler y de la 5ª sinfonía de este compositor, que también acompaña al filme, sería imposible en lo que la naturaleza de este espacio nos permite. Por tanto, nos concentramos en Tadzu y su historia. El chiquillo representa en la cinta la imagen de la belleza pura e inocente (¿?) y el compositor Gustav Aschenbach (el trasunto de Mahler) se enamora del chico de forma obsesiva. Esto da pie en la novela y en la película para meditaciones de tipo moral, espiritual, estético y vital. Bástenos agregar que Tadzu (o más bien Björn) se convierte de la noche a la mañana en un ídolo que incendia los deseo de chicas heterosexuales y hombres homosexuales de toda edad. Björn pasa a ser el modelo de belleza masculina adolescente (el efebo) por excelencia. La crítica, heterosexual o no, se deshace en elogios para el chico y su actuación al punto de que Lawrence J. Quirk, uno de los más connotados historiadores del cine, afirmó en 1974 que varias de las tomas del muchacho hechas por Visconti bien podrían colgarse en el Louvre o en el Vaticano.
Visconti trató de aclimatar al chico al mundo gay italiano de su época para que comprendiera un poco mejor las angustias y obsesiones de Ashenbach, pero parece que eso no le gustó mucho al adolescente. Años después se quejaba de que Visconti lo “exhibió” en un bar gay donde todos los viejos miraban al jovencito como un trozo de carne fresca.
Y como el chisme es la esclava dilecta del arte, pronto se dufundió el rumor de que Andrésen era gay. El chico lo negó a pesar de que la prensa rosa afirmaría unos años después que el sueco estaba en amores con el actor yanqui Sal Mineo. Y cuando Mineo fue brutalmente asesinado en su apartamento de Los Ángeles, algunos dijeron que Björn había estado con él. La policía, sin emabrgo, no llamó al actor sueco a declarar.
Después de acabada la filmación de “La muerte en Venecia” Björn Andrésen obtuvo una serie de contratos en el Japón para aparecer en comerciales televisivos. La historia del arte pictórico japonés señala que “Tadzu” fue quien inspiró a los dibujantes de manga a crear su ya clásico modelo de efebo.
Björn Andrésen en un afiche comercial de su juventud x
Después de sus triunfos en Oriente el actor volvió a Suecia y nunca repitió la hazaña de popularidad lograda con la película de Visconti. Se limitó a aceptar unos papeles cinematográficos locales y también hizo un poco de música. Su rostro, ya demacrado, comenzó a desaparecer del imaginario artístico hasta que una nueva polémica en el 2003 lo trajo de nuevo ante las luces.
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Björn Andrésen en la portada de "The Beautiful Boy"
La fotógrafa australiana Gernaine Greer creó un libro titulado “The Beautiful Boy”, una suerte de homenaje fotográfico a la belleza masculina adolescente. Para su portada escogió esta foto de Andrésen, y aunque todo se hizo a derecho (ella pidió permiso al fotógrafo que poseía los derechos sobre la imagen) Andrésen se quejó de que no había sido consultado al respecto, cosa no requerida legalmente pero según el ex-hermoso si de costumbre consuetudinaria entre los fotógrafos y sus modelos.
En general Andrésen se queja de que su belleza fue explotada sin tomar en cuenta ni su talento ni sus sentimientos al respecto. Y que se ha tejido en torno a él una imagen de gay como venganza por oponerse abiertamente a las relaciones entre un adolescente y uno adulto.
No sabemos si algo de esto es cierto, pero sí queda claro que la belleza física de Björn Andrésen durante su adolescencia hirió a más de uno como fuego de los dioses. De hecho, en algunos sitios de internet la imagen de Björn aparece bajo el nombre de “Ganimedes”.
Andrésen hace algú tiempo, ya entrado en los 52 años.
Incluimos aquí un una serie de escenas de la película con la banda sonora respectiva. La música en todas estas escenas es el "Adagietto" de la 5a sinfonía de Gustav Mahler. Esta música hace de leitmotiv a la obsesión del personaje mayor por el muchacho.
En restrospectiva, podemos decir que Björn Andrésen ha sido un poco a la cultura pederástica (no confundir con pedofílica) lo que Marylin Monroe fue a la cultura hetero "mainstream". Ambos personajes fueron actores que sedujeron mucho más a sus públicos con su notable belleza que con sus dotes histriónicos. Y ambos, también se quejaron de ser utilizados como objetos sexuales. Bueno, pues Marylin se mató y Andrésen se "corrugó", pero ambos, igualmente, viven en el corazón de sus admiradores.