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sábado, noviembre 12, 2011

GRATIS: TRES CAPÍTULOS DE "EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO"


Portada de El más violento paraíso en vitrina pública.

Querides amigues, ustedes en la soleada Costa Rica mientras yo miro el sol tropical a través de mi monitor de compu. Ustedes ya disfrutando de la XII Feria Internacional del Libro y yo teniendo que conformarme con pedir algo por Amazon, donde casi no hay nada de literatura de Centroamérica. Pero bueno, así quiere las cosas Nuestro Señor Dionisos y así se quedan.

Y sin embargo, ¡ESTOY EN LA FERIA!

Estoy en al Feria porque mis libros están ahí. Los representan mis editores EDICIONES LANZALLAMAS y la EDITORIAL COSTA RICA. Y si usted desea comprar cualquiera de mis dos novelas, El más violento paraíso (EMVP) o Canciones a la muerte de los niños (CMN), no tiene más que asistir.

Algunos lectores dicen que El más violento paraíso es una novela que "arde en las manos". Un miembro de un colectivo religioso dice que eso es cierto porque él quemó varios ejemplares con sus propias manos.

Y bueno, esta ocasión me sirve para re-regalarles a ustedes tres capítulos de la novela. Digo re-regalarles porque ya lo hice. En este blog hay tres capítulos de El más violento paraíso y cinco fragmentos de Canciones a la muerte de los niños. Para la primera vaya a Textos de El más violento paraíso. Y para la segunda novela vayan a Textos de Canciones a la muerte de los niños. [Nota: Cuando entre a estos enlaces lo primero que se encontrará será esta misma entrada. Tiene que hacer scroll down para ver los textos de las novelas]. En la primera encontrará tres capítulos de EMVP que también se pueden leer como cuentos independientes. Para los fragmentos de CMN esto ya no es posible, pero aun así se pueden leer sin mayor tropiezo. (Estas etiquetas están ahí desde siempre, pero nadie las lee).  ;-( 

La XII Feria Internacional del Libro estará abierta al público en La Aduana desde el 11 de noviembre hasta el 20 de noviembre del 2011. El horario es de 9 am a 8 pm.

El más violento paraíso es un rompecabezas de 65 capítulos. Algunos la llaman "novela posmoderna".

jueves, septiembre 22, 2011

CANCIONES A LA MUERTE DE LOS NIÑOS: Fragmentos del sexto capítulo.


Los tercetos nunca fallan... por un tiempo.

Querides amigues, les incluyo más abajo un fragmento (pp. 327-334) de mi novela Canciones a la muerte de los niños.

La Editorial Costa Rica tendrá próximamente una Feria de Libros (¿dónde, cuándo?) y afirman que los libros se venderán a precio de costo. Si les gusta (o al menos no les horroriza) lo que este servidor escribe, ahí podrán conseguir Canciones a la muerte de los niños y La gruta y el arcoíris: antología de narrativa gay/lésbica costarricense.

Para compras de El más violento paraíso aquí. Y para el poemario Ángeles para suicidas, aquí.


--¿Cuál sos vos?
--¡Cualquiera!

Shine On, You Crazy Diamnod!

(Capítulo sexto de Canciones a la muerte de los niños)
[Fragmento: pp. 323-334]


Después de la muerte de Gerber Rubén Fischer, Lucy se había sentido enferma una semana entera. No entendía cómo al­gunos seres solo podían sentir lástima dentro del horror más grande. No era hasta que la sangre se abría camino empujando contra la resistencia de la piel, y cuando los huesos, más hosti­les aún, sonreían su blancoamarillenta sonrisa a la luz del sol, que algunos por fin entendían que la cosa iba en serio.
En el fondo no estaba tan dolida por Gerber como sí por Kimberly Yajaira, una güila de papi y mami que ahora se queda­ba sin voz después de que el tata la dejara sin cerebro. La po­bre quedaba más incapacitada que la niña Pochita para ser al­guien en un mundo donde solo asomaban máscaras inexpresivas y vulgares, gente sin el menor sentimiento de nada y con la úni­ca intención vital de ir de compras a “Mayami”.
Le hizo una seña a Brallan, el cantinero del Sexy-Café-Camus, para que le trajera otro vodka, exactamente como a ella le gustaba: 3/4 partes de jugo natural de tomate, 1/4 parte de vodka Smirnoff (o Stolíchnaya cuando hay plata, como hoy) 1/2 tajada de jugo de limón, 2 cucharaditas de salsa Liza­no, 2 de salsa inglesa Worcestershire y 3 ó 4 gotas de tabas­co. Así, el Bloody Mary, o María la Sanguinaria, según los más puristas, quedaba de chupársela por todo lado. Curioso que una bebida tan sabrosa llevara el nombre de una reina que era anatema en la memoria de su pueblo: María Tudor, herma­na de Isabel I, y protagonista del más sanguinario intento de de­volver a Inglaterra al redil del Vaticano. Pero nada le funcionó. Tan pronto entregó el alma a su Cristo Católico, Isabel y los su­yos revirtieron el proceso de la contrarreforma inglesa y en me­dio de otro gran baño de sangre, los ingleses volvieron a encon­trar en la figura de su monarca al verdadero vicario de Cristo en la tierra. La pobre María, además de fea, murió con una gi­gantesca panza de catorce meses, pues lo que en principio se cre­yó era un retoño, resultó ser un tumor de proporciones real­mente “majestuosas”. Los “dolores de parto” empezaron desde el cuarto mes y la pobre reina ya no dejó de gritar horriblemen­te, hasta que toda la bomba real estalló y pringó las paredes de Hampton Court del color intenso por el que la deliciosa bebida es ahora conocida. Entonces, pensó Lucy con una sonrisa, sí había razón de llamarla Bloody Mary a solas y no Bloody Mary and Elizabeth o Bloody Tudor Queens. María Tudor tuvo la ven­taja al sangrar por dentro y por fuera, y al hacer que su país hi­ciera exactamente lo mismo, se ganó el derecho al apodo que, después de todo, no era en el fondo tan británico. Hay que re­cordar que el vodka es ruso y la salsa Lizano es, bueno, un pseudo-clón tico de la Worcestershire inglesa, por lo que el ar­gumento de nuevo se revierte, y parece que María es cada vez más dueña de su coctel, aun con toda la Siberia rusa bailándo­le adentro.
Brallan llegó con el otro (¿o la otra?) Bloody Mary y Lucy se puso entonces a lanzar líneas temáticas por todo lado. La pla­ta que le habían dado como míseras prestaciones del colegio, si acaso le servirían para un par de meses. Por eso había acepta­do la oferta de Sergio de irse a vivir con ellos, porque no solo agra­decía el gesto sino que sabía lo que se le venía. Los hijueputas del Monseñor Gluteens se habían encargado de malinformarla por todo lado para que no volviera a trabajar en docencia, pro­fesión que ella ejercía desde hacía cinco años sin conocer otra forma de ganarse la vida. Además, al igual que la reina María, es­taba cansada de luchar contra corriente y de sangrar hacia fue­ra. La madre ya estaba donde una tía porque los delirios y el fantasma de Luis Fernando, el esposo, poco a poco le habían picado el hueso de la razón hasta dejarlo hecho un queso suizo. Ni siquiera valía la pena contarle las cosas que le pasaban por­que la mamá siempre le recomendaba que le pidiera consejo al papá y así todo estaría bien. La tía no hacía más que menear la cabeza en triste resignación y traerle a la viuda de Brant una suéter para que al menos el cuerpo resistiera un poco más que el juicio. Lucy entonces volvía a su mini-chante o ahora al chan­te de Sergio y se dedicaba a repasar las opciones del futuro. ¿Meter a la madre a un asilo; dejarla con la tía olvidadiza; ma­tarla en un potrero; darle amor eterno y desinteresado? Todo le parecía igual. La madre ya no era la madre. Esa señora alegre y simpática se había ido con su marido hacía más de ocho años.
Brallan trajo el tercer trago y le sonrió a Lucy con inten­ción. El maecillo no estaba nada feo: unos 24 años, machito, cuerpo bronceado y ojos de perrito soñador. Pero ella no sopor­taba ni siquiera la idea de acostarse con él porque sería repetir la tragicomedia de Manfred desde el principio: da capo y con un sonoro fortissimo. Mejor dejar las cosas como estaban. Ella sabía que tenía la misma maldición de Alma Mahler: una espe­cie de insensibilidad y frigidez ante los maes brutos; y lo que era Brallan, solo le faltaba el babero para ser un perfecto C.I. 70. Además, las cosas cambiaban definitivamente para ella: Cachi y Sergio eran el eje de su mundo afectivo y no estaba dispues­ta a que eso cambiara. Aun con lo egoístas que eran a veces, en los momentos de más peligro el trío se compactaba en una sola unidad, en un pangolín enrollado, y nada lo podía herir. Ser­gio, Cachi y ella misma eran muy débiles por separado. Pero si se mantenían juntos, el mundo les pasaba por encima y ellos lo aceptaban como si nada. El guapo de Brallan le trajo entonces otra reina a medio estallar y Lucy se la bajó como el ogro de Pulgarcito a los niños. Se limpió el bigote rojo y se puso a verle la maleta al mesero. La verdad, para un acueste –para uno so­lo– no estaba tan mal. Pero lo importante era la lucha. Ella ya no lucharía por nada que no fueran Sergio o Cachi. Lo demás no era más que la mierda del mundo disfrazada de flores y perfu­mes. Esa crápula a la que tanto odio le tuvo Rimbaud y que siempre chapoteaba en medio de nuestro único plato de sopa. Pues entonces, había que sacarla y tomarse la sopa rápido, antes de que se enfriara y nos fuera a caer mal. Por eso, se pi­dió otra reina, pero ahora ya casi de catorce meses.
Lucy tuvo entonces algunos recuerdos fragmentados. Al­guien ayudándola a salir del Sexy-Café. El pene de Brallan en­tre sus labios. Un techo sucio y monótono y el crujir incesante de una vieja cama.
Cuando se levantó y se puso el bluyín, volvió a ver al mu­chacho desnudo en el catre. Era tan sorompo que todavía tenía el bóxer en los tobillos como unos grilletes de tela. A lo mejor ni habían cogido y el mae se había tropezado en algo, se había golpeado la cabeza contra un tubo del catre y luego caído en la posición en que estaba. La almohada mostraba un seco charco de sangre color sepia, por lo que aquello, fuera lo que fuera, ha­bía ocurrido hace muchas horas. Lucy no tenía ganas de averi­guar qué había sido. Quizá un golpe leve. Tal vez el mae estaba muerto. O quizás era sangre de ella misma; el tumor maligno que hacía tiempo cargaba dentro de sí. Ya no le importaba. Era posible que lo que decía Sergio fuera verdad, que entre ella y Ca­chi, Lucy era siempre la verdadera vampira.
Brallan se empezó a desperezar. El pobre meserillo se asus­tó tanto al ver la cama llena de sangre que pegó un grito seco y se puso de pie como un rayo, pero como todavía tenía el bóxer en los tobillos se tropezó y cayó al suelo.
Antes de que el tonto pudiera decirle algo, Lucy ya había ce­rrado la puerta y se iba rápido por el zaguán hediondo a desin­fectante.
*-*-*

Del fólder Dionisos Cretense:
Pero el dios mismo no es meramente tocado y apresa­do por el fantasmal espíritu del abismo. Él mismo es la monstruosa criatura que vive en las profundidades. Desde su máscara mira al hombre y lo disloca con la ambigüe­dad de la cercanía y de la distancia, de la vida y de la muer­te en una sola entidad. Su divina inteligencia mantiene las contradicciones juntas. Porque este es el espíritu de la excitación y del salvajismo; y toda cosa que esté viva, que se agite y que brille, resuelve el cisma entre sí y su opuesto y luego absorbe a este espíritu en su deseo. Así, todos los poderes terrenales se reúnen en el dios: el arrebato genera­dor, nutriente e intoxicante; la vida otorgando inagotabili­dad; y el dolor desgarrador, la palidez mortífera, la silen­ciosa noche del haber sido. Él es el éxtasis demente que preside cada concepción y parto y cuya ferocidad siempre está pronta a moverse hacia la destrucción y la muerte. Él es la vida que, cuando se rebasa, se vuelve loca y en su más profunda pasión queda íntimamente ligada a la muerte. (wo)
 *-*-*
(Música del horripilante Himno Nacional. La cara del Pre­sidente de la República con cara de pocos amigos. Atrás, un óleo de Braulio Carrillo también con cara de estar de malas pul­gas. A la derecha, el pabellón nacional. Pausa dramática):
Señores padres de familia: la sociedad costarricense es­tá pasando por una grave crisis como nunca antes había visto. En estos días, un desalmado a quien la ciudadanía ha da­do en llamar “el Vampiro de San Pedro” ha hecho de las suyas cometiendo horrendos crímenes. A la fecha, dicho psicópata ha asesinado a sangre fría a no menos de seis personas, cinco de ellas, ciudadanos de nuestra más ímproba y noble clase tra­bajadora. Costarricenses que, de haber tenido la oportunidad, hubiesen demostrado en todo momento la fibra moral y espiri­tual de que está hecho este pueblo. Pero no nos anclemos más en las aguas del dolor por la pérdida de estas cinco… eh… seis vidas que se han perdido trágicamente. Es hora de que los cos­tarricenses tomemos de nuevo las armas y luchemos contra es­tos filibusteros sicarios de las fuerzas más ocultas y antidemo­cráticas. A partir de hoy he ordenado al Ministerio de Seguridad, Policía, Gracia y Culto que tome todas las medidas necesarias para que dicho asesino sea descubierto y atrapado en bien de la seguridad de la ciudadanía de este gran país. No duden uste­des de que el presidente de Costa Rica, como mandatario de todos los costarricenses, está más que listo para defender los derechos y los intereses sagrados de este pueblo bendito por Dios. Aprovecho esta ocasión para hacer llegar mi más sentido pésame a la señora magistrada de la Corte Suprema de Justicia, Dra. Sugey Achúmann de Fischer, por la desaparición de su hi­jo, Gerber Rubén, en la flor de la juventud, lo mismo que a las otras cinco familias costarricenses que hoy se encuentran enlu­tadas por la cizaña ciega de este verdugo de inocentes que es el “Vampiro de San Pedro”. Ruego a Dios porque pronto tenga­mos en custodia a este enfermo, tan contrario a todos los bue­nos valores que nuestro valeroso pueblo siempre ha demostra­do. Honor a quien honor merece… buenas noches. ¡CLICK! Cachi apenas tuvo tiempo de apagar la tele con el control remoto. Ser­gio le metió el pene en la boca poniéndolo a mamar mientras Lucy lo acariciaba y también se llevaba a la boca el pene de Cachi to­davía flácido. Cuando Lucy volvió a encender la tele, dos horas más tarde, ya los tres se habían mandado más de cinco mil pe­sos de “cajeta” de la mejor. Tanto habían fumado que ni siquie­ra le dieron bola al montón de tocolas que quedaban en el ce­nicero. Sergio parecía un árabe o un indio americano con un paño arrollado en la cabeza a modo de sultán del harén. Lucy te­nía la payasa y Cachi la templona. Se tocaba constantemente como si la piel de todo el cuerpo le estuviera ardiendo. “¡Cójan­me!”, les gritaba a Lucy y Sergio como si estuviera poseído, “¡Ma­es, porfa, cójanme!”. Y se tiró en la cama en medio de Sergio y Lucy como si aquellos fueran un mar donde toda su sed queda­ría saciada. Sergio lo montó mientras Lucy se acomodó para que Cachi la mamara. El muchacho, en una fruición fuera de sí gritaba: “¡Qué rico!”. Y metía la cara en la vagina de Lucy para que todos los líquidos le quedaran impregnados en el rostro. Luego hacía un sonido como de mugido de placer y empujaba el cuerpo contra Sergio que se lo estaba cogiendo. “¡Más fuer­te, mae! ¡Cójame más fuerte!”. Y volvía a empujar las nalgas con­tra Sergio para que este le diera más fuerte. Lucy también es­taba extasiada mugiendo y gimiendo a grito abierto mientras Cachi le chupaba hasta el último líquido que le salía por la va­gina. De repente la muchacha detuvo a Cachi y le dijo: “¡No aguanto más, Cachi! ¡Cojeme!” y Cachi, con el pene ya erecto em­pezó a penetrar a Lucy mientras Sergio se lo seguía cogiendo a él. La música obligada era el Serial Killers Don’t Kill Their Girlfriends / Serial Killers Don’t Kill Their Boyfriends de Front Two Forty-Two, que hacía rato se repetía y repetía en el tocadiscos mientras el incienso de sándalo se mezclaba con los sonidos de la tele y los gemidos de los tres en una habitación lle­na de humo de cannabis y de olores carnales totalmente repul­sivos para la señora de la poesía filológica. Sergio recordó en ese momento unas líneas de James Baldwin, cuando su perso­naje Giovanni, homosexual y enamorado del protagonista, le decía a este: “…lo que pasa es que tú no eres como Giovan­ni. Giovanni no le tiene miedo al olor que produce el deseo. Pero tú sí le temes. Temes a la suciedad que produce el amor…”. Y Sergio arremetió con más fuerza mientras Lucy subía los pies en los hombros de Cachi y los tres parecían una amorfa araña de piel humana y olorosa. La música no dejó de sonar ni un instante pese a los esfuerzos de los tres por acallar­la con gritos y poemas y locuras de la payasa, la comilona, la chupona, y por sobre todo, la cogiona irrestricta.
  Cuando Sergio se levantó para apagar el tocadiscos ya es­taba amaneciendo y Cachi, como de costumbre, estaba hablan­do dormido mientras Lucy no conciliaba el sueño…


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Tomado de Canciones a la muerte de los niños, pp. 327-334, (San José, Editorial Costa Rica, 2008).

jueves, septiembre 24, 2009

POETIMÁN Y MEGAPOETA


EL DUODECÁLOGO DE POETIMÁN

1. Poetimán siempre llega tarde al trabajo. No por vago sino porque tiene una noción einsteiniana del tiempo.

2. Poetimán no paga los recibos de luz, agua y teléfono a tiempo. No por irresponsable, sino porque no puede ser molestado con las trifulcas menores de la vida.

3. Poetimán nunca se atrasa menos de dos horas a los eventos sociales de sus amigos. No por egoísta y desconsiderado, sino porque no encuentra las llaves de la casa o tiene una súbita depresión de hora y media.

4. Poetimán no se casa con su novia embarazada. No porque no la quiera o sea mal proveedor, sino porque la institución de la familia perturbaría su reputación de bohemio, transgresor y diletante.

5. Si Poetimán ejerce más de un oficio creativo (como pintura o música, además de poesía), dirá con frecuencia frases tales como “¡Qué difícil es ser tan sensible!” o “¡Cómo se sufre siendo un artista!”.

6. Poetimán no es un borracho incontrolable. Es un “bohemio de escuela existencial”.

7. Poetimán no es un machista sin el menor sentido de compromiso o vergüenza. Y por otro lado, tampoco es un rabanazo de clóset. Lo que pasa es que su exaltada sensibilidad sexual le permite ver al o la compañera ideal en cada lance de turno, esté o no esté presente su compañero o compañera fija.

8. En público, Poetimán siempre tendrá un semblante triste y abatido aunque solo sea porque tiene una uña encarnada.

9. Todo consejo que Poetimán le quiera dar a los escritores jóvenes es una verdad lapidaria e incontrovertible. Pero siempre la dará desde un vaso de cerveza, unas liniecitas o un buen puro.

10. Poetimán nunca es prejuiciado, insensible, inescrupuloso, ladrón, conservador o facho. Nada de esto puede ocurrir porque él es... ¡un poeta!

11. Poetimán es un artista incomprendido por las estructuras oficiales de la cultura nacional. Solo sus amigos cercanos tienen la suficiente inteligencia y neuronas como para comprender al gran genio.

12. Poetimán, siendo el paladín de los poetas nacionales, tiene muchos enemigos, pero el archi-contrario, el enemigo de enemigos es Megapoeta.



EL DUODECÁLOGO DE MEGAPOETA

1. Megapoeta nunca llega tarde al trabajo. Simplemente no llega. Su tiempo es demasiado valioso como para preocuparse de la manutención de la familia. Para eso está el Estado.

2. Megapoeta no paga los recibos de luz, agua y teléfono a tiempo. No por irresponsable, sino porque para eso está Megapoetisa, su mujer.

3. Megapoeta siempre llega a tiempo a los eventos sociales de sus amigos. No sería un buen amigo si los privara de su presencia más de lo que ellos puedan aguantar. (El problema con Megapoeta es sacarlo de la sala una vez que ya agarró el churuco).

4. Megapoeta solo escribe megapoesía. ¿Qué es megapoesía?: ¡Aquel inefable destinado a salvar a la humanidad... (al menos literariamente)!

5. Megapoeta no se deprime a no ser por razones de peso como solidarizarse con los desaparecidos camboyanos, inspirarse en el Dalai Lama o en la saga de la colonización de Rapa Nui. Dicho de otra manera: Megapoeta solo se deprime en sentido poético.

6. El mejor amigo de megapoeta no es su esposa ni son sus hijos, sino su ego. Puede conversar con él hora tras hora por medio de su computadora, amiga a la que considera un verdadero espejo.

7. Megapoeta es un genio incomprendido, tanto por las estructuras del Estado como por la chusma que rodea a Poetimán, versión autocompasiva y tercermundista de Megapoeta.

8. Megapoeta es amigo de gente importante y oportuna. No como Poetimán que llama amigo a cualquier borracho de cantina.

9. Megapoeta dice que no puede ver para abajo porque sería perder puntos con los de arriba. La razón verdadera es que Megapoeta cree en la imagen del multimillonario victoriano, por lo que su abultado vientre ya no le permite verse la pinga desde hace varios lustros. Además —agrega Megapoeta— la imagen escuálida y lastimera se la deja a Poetimán.

10. Megapoeta, al contrario de Poetimán, no tiene amigos. Cuando se está "tan arriba" como él, uno no se puede dar el lujo de tener amigos. Si acaso, familiares, acólitos o conocidos.

11. La Megapoesía está aquí para infectarlo todo. Es el fantasma que recorre Costa Rica y ya casi llega hasta París y Estocolmo. Y aunque su fórmula es única (como el pollo del Coronel) cualquiera puede agarrarse de ella, siempre y cuando respete sus leyes básicas: 1. Escribirás como Megapoeta, tu padre, y no tendrás otro padre porque Megapoeta es un padre celoso. 2. Escribirás "para embellecer el mundo con palabras" por lo que dejarás de lado temas tremendos o escatológicos. 3. No incluirás en tu poesía antivalores como drogas, sexo, prostitución, política, hechos recientes, denuncias, pobreza, pachucadas, mal lenguaje, suicidios, acosos de tipo sexual o dolor porque estos temas son abominables y aburridos ante los ojos de Megapoeta, tu Señor.

12. Por si lo anterior no quedó claro: ¡MEGAPOETA ES DIOS! ... ... ... (Y Poetimán... por supuesto.... el Ángel Caído).

Tomado de Canciones a la muerte de los niños, San José, Editorial Costa Rica, 2008.

miércoles, septiembre 16, 2009

APOTEOSIS DE LUCY


La iglesia estaba fría pero así lo querían los dos. Ya promediaban las tres de la mañana y no se escuchaba un alma en torno sino como en pequeñas ráfagas, en minúsculos susurros que es como llegan los sonidos cuando la ciudad duerme. Es quizá la voz de los espantos escondidos entre las viejas y aceitosas cortinas de los confesionarios o el murmullo de los taxistas somnolientos ya enrumbando perezosamente hacia sus casas. Lucy baja lentamente el reclinatorio de la banca y se sienta un poco ladeada para admirar el maravilloso sonido que produce la soledad acompañada de la luz refractada en los vitrales. Quiere encender unas candelas pero teme que eso llame la atención de algún insomne guarda nocturno. Ladea entonces la cabeza hacia la izquierda y le hace una señal a Manfred para que se acerque. El otro se ha quedado cerca de la estatua de San Martín de Porres admirando la artesanía de las piadosas tejedoras peruanas. La casulla negra parece refulgir en el suave lamento del silencio nocturno y el muchacho, totalmente seducido por los millones de tonos oscuros del santo iluminado, se quedaría ahí hasta el amanecer si no es porque su novia lo pistea nerviosamente hasta que algo en él viene al rescate y tiende de nuevo el puente de hamacas con la realidad. Camina entonces lentamente hasta las bancas como si hiciera trencito a lo Alan Strang y no deja de hacerlo hasta que las rodillas dan naturalmente con la fría madera de los reclinatorios. Mira hacia abajo y reconoce el oscuro bulto de Lucy desnuda y en gesto de elevar al cielo una plegaria. Es una copia fiel de la Santa Teresa de Pierre et Gilles en gesto de sostener la cruz de madera y unas rosas fucsia en el pecho. La obvia diferencia es la desnudez y la piel de gallina que ya trepa por los muslos de la muchacha. Manfred pierde en ese instante la coordinación y cae encima de la banca casi como un peso muerto. El pobre tonto por poco se rompe la cara en el viejo laqueado donde generaciones de culos piadosos han sudado el terror de los infiernos. Pero para cuando Manfred por fin yergue la cara, una neblina azul se ha levantado por la nave central del edificio y comienza a brillar de forma inusual. Lucy se aferra más a la cruz en tanto que el muchacho torpe, con la nariz golpeada por el tropiezo, divisa a su amiga justo en el momento en que la neblina llega hasta ella y esta va poniendo, poco a poco, una cara de éxtasis y los ojos en un total blanco azafrán. Manfred se levanta de su asiento temblando para ver mejor aquel milagro de su novia-de-repente-devenida-en-santa-de-todos-los-desamparados-del-amor-erótico-y-genital. Lucy continúa levitando y luego sube lentamente hasta el espinazo de la nave central ya cerca de los candelabros. Va tomando con toda natural tranquilidad la pose de Cristo crucificado versión Corpus Hypercubus de Dalí y de sus brazos ahora extendidos caen la cruz y las flores. El crucifijo se despedaza contra las frías losas en tanto que las rosas van descendiendo en cámara lenta hasta llover suavemente sobre el largo cabello rubio del muchacho. Es en ese preciso instante en que Manfred entiende la fuerza totalizadora de aquel gran milagro y cae por tierra postrado por su propio peso de pez pe(s)cador. Lucy abre un tanto los ojos y sonríe con dulzura teniendo en frente a alguna de las Supremas Deidades por lo que empieza a emitir extraños y cadenciosos sonidos. Si Manfred estuviera de verdad a la altura de las circunstancias, entendería que aquello son los versos más hermosos que se pueden recitar en asirio o babilonio antiguo. También hay frases en arameo del tercer siglo y una pizca aquí y allá de siriaco del primer milenio. Todas, en definitiva, lenguas semitas de la más pura estirpe para adorar al verdadero Dios Poseedor, al Baal Transmisor de la Única y Verdadera Gracia, la gracia de est... ... ... ... ... ...pero Manfred se pone a llorar como un niño mientras se desnuda también en medio de aquel milagro de milagros entre la neblina de las tres de la mañana. Lucy pega un grito horrendo en ese instante triunfal en que recibe de su Dios los estigmas de la pasión y de inmediato le empiezan a sangrar la frente, las manos, los pies y la vagina. Manfred se hinca debajo de la Diosa Sufriente y percibe cómo la cálida sangre le va cubriendo el pelo, los hombros y el miembro ahora inusual y fuertemente erecto... los dos lloran, cantan o gritan juntos hasta que Manfred en media danza sufi pega la cabeza contra un confesionario y cae inconsciente. Lucy queda así condenada a milenios de augusta soledad. Soledad en la que seguirá sangrando sobre el cuerpo de Manfred para mantenerlo vivo y caliente. Durante y después de ese baño sagrado, solo hay sombras en la memoria de ambos muchachos... ... ... ...

Cuando Lucy por fin despierta a la seis de la mañana, tiene frente a sí a un joven sacristán que le ofrece un vaso de agua. Está vestida, pero por más que busca en todas partes nunca vuelve a saber nada del crucifijo roto, las flores de San Martín de Porres o de su amigo Manfred... ...

Toamdo de Canciones a la muerte de los niños, San José, Editorial Costa Rica, 2008.

sábado, mayo 02, 2009

RÉQUIEM PARA UN JOVEN POETA


Sergio y yo salimos al lobby deprimidos y en busca de un cigarro. Yo todavía no entiendo como estos latinos, tan propensos a ser víctimas de sus propias emociones, se dejan convencer de asisitir a un acto tan particularmente emocional. Ha llorado (discretamente, claro) durante la mayor parte de la presentación. Y ahora se encuentra frente a mí callado, con ojos enrojecidos y fumando mientras busca las palabras que tal vez no quiere decir.

Yo ya se lo había avisado y una vez hasta habíamos escuchado el disco en casa y él había reaccionado algo negativamente a la música de B. A. Zimmermann; pero luego, tan cabeza dura como siempre: “que no y que no te preocupés que yo sé a lo que voy, que no es problema”, etc., etc., y terminó por seducirme con su encanto de adolescente zalamero y, pues bien, terminé trayéndolo.

Debo decir a su favor que la mayor parte de la gente que nos acompaña en el lobby se encuentra un poco igual que nosotros: ojos enrojecidos y casi nada de conversación, quizá comentarios de tono bajo, oscuros, casi lamentos cifrados. Yo mismo no he podido aguantar las ganas de estallar hacia el final de toda la gran monstruosidad: Una orquesta sinfónica, un órgano, dos actores-declamadores, dos cantantes solistas (un barítono y una soprano), tres coros completos, un conjunto de jazz y una cantidad impresionante de equipo electrónico para alimentar y dirigir cuatro grandes parlantes en el escenario, proscenio y foso del teatro. Los dos actores estaban distribuidos en la tercera y quinta filas en tanto que los tres coros se apiñaban en el fondo del escenario y en varios de los balcones. Resultado: Sergio y yo, sentados en la segunda fila, y me imagino que también el resto del teatro, recibimos una extraordinaria descarga y distribución de sonido apocalíptico. De los parlantes nos llegaban poemas de Mao Tse-Tung en alemán, arengas de Hitler, Dubček, Churchill, Juan XXIII y otros políticos y monstruos del siglo XX. También los actores (declamando) y los solistas (cantando) nos bañaban de vez en vez con partes del monólogo de Molly Bloom de Joyce, los Cantos de Pound, apologías a muertos ilustres y un extenso homenaje al suicidio en las voces de tres jóvenes poetas suicidas: Konrad Bayer, Vladimir Mayakovski y Serguei Yesenin. Todo esto se condimentaba con meditaciones filosóficas diversas, trozos de la liturgia católica (a cargo de los coros) y las citas, bastante frecuentes, de otros músicos como Beethoven, Wagner, el gran jazz negro y hasta Hey Jude de los Beatles. Lo que es escritura musical del autor, propiamente dicha, es relativamente poca para una obra de más de una hora de duración, y sirve más bien para armar y cohesionar el gigantesco collage y dirigir su pathos y ejecución; pero a nadie le importa: Zimmermann ha logrado en su réquiem una obra personalísima que resume el Zeitgeist aterrador del siglo XX.

Por momentos pensé que había sido un error traer a un chiquillo a una presentación como esta, no importa que se llamase Réquiem para un joven poeta, o quizás debido a eso es que me sentía incómodo. Era como invitar a un jovencito a su propio funeral. Por eso respiré más tranquilo cuando nos dieron el programa de mano y descubrí que toda la obra, su programa, esquema y ejecución venía claramente detallada y con todos los textos acompañados de traducción al inglés. De no ser así, la obra sería insufriblemente compleja y germánica para los que no hablamos ese idioma. Sergio me dijo después que ese era un problema particularmente “gringo” (sic), es decir, que no éramos tolerantes a nada que no fuera originalmente en inglés o siquiera traducido a nuestra lengua. Tal vez tenga razón. Lo cierto es que él, contrario a muchos jóvenes latinos en América, no se avergüenza, más bien está muy orgulloso de ser bilingüe y ya piensa en aprender un tercer idioma. Y eso es lo que lo animó un poco, al menos al principio: el hecho de correr la vista de un lado para otro y estar traduciendo al inglés lo que se decía o cantaba en alemán, ruso, griego, checo y otros varios idiomas.

Como fuera, mi amiguito se sumergió en la obra con la seriedad de un profesional hasta salir de ella raspado y con moretones. Aquí lo tengo frente a mí, fumando con los ojos enrojecidos y tratando de cifrar en palabras lo que el plato fuerte, la carta de despedida de un hombre que se iba a matar un año después, le está obsequiando a él como miembro de un Brave New World.

Y claro, yo tampoco he salido inerme de este encuentro. Tengo cicatrices recién abiertas a punta de gritos de masas. Esos coros intercalados con las grabaciones de “manifestaciones y protestas de diversas partes del mundo”, me han dejado sin armas para defenderme. Hoy no tengo brazos para abrazar a Sergio a pesar de que sé que él lo necesita tanto como yo. Sé que por orden mía nunca hacemos algo así en público, pero hoy, definitivamente, sería la excepción. Sería un momento de celebrar nuestra diferencia siendo indiferentes ante los demás... pero él no sale de su mutismo y no sé si mi intento de complacerlo, de despertar aún más su sensibilidad, está terminando, más bien por insensiblilizarlo.

La gente sigue saliendo al lobby. Máscaras de alegría en unos pocos, depresión sincera en los más. Agarro mi abrigo de invierno en señal de que ya es hora de irnos, pero Sergio, en un gesto algo inesperado, me toma suavemente de la mano.

—No, Roy. Todavía no.

Miro intensamente al chico pero me quita la vista y vuelve la cara hacia los gigantescos vitrales que adornan el lobby del Met. Yo trato de sacarlo de ese mutismo poniéndole una mano en el hombro pero él sigue sin inmutarse. No hay nada que hacer, pienso; mejor dejar que las aguas turbias sigan su curso y decido entonces que lo mejor ahora es meter la mano en el bolsillo para sacar otro cigarro; un segundo tabaco que no sé si quiero pero que me resulta preferible a tener que quedarme como un alelado viéndole la espalda a Sergio.

De repente, como si todo aquello saliera de la nada, como si viniéramos de ver una película de Dick Van Dyke cortejando a Doris Day, el muchacho se vuelve hacia mí y dice:

—Me gustaría hacer el amor.

Lo miro estupefacto.

—¿Ahora?

—¡Por supuesto, tonto! —me responde con una sonrisa tensa ―forzada:— ¡Ahora mismo!

Entonces me toma juguetonamente de la mano y nos escurrimos rápido por entre los rostros munchianos que poblaban el lobby. Yo estoy tan anonadado que simplemente me dejo llevar... ...

No habíamos terminado de entrar en la habitación de nuestro hotel cuando Sergio comenzó a quitarse las tenis mientras, a la vez, intentaba desvestirme con la urgencia de un loco.

—¿A qué viene toda esta prisa? —pregunté finalmente jadeando—. Tú tan motivado como si tuviéramos un mes de no vernos.

El muchacho me respondió dándome el mejor sexo que habíamos tenido en casi tres años de conocernos. Esa noche él inventó cosas de las que yo ni siquiera había oído hablar, que ni siquiera sabía que un hombre y un muchacho podían hacer juntos; hasta que finalmente, dos horas después, y ya muy exhaustos, Sergio se acurrucó junto a mí cuerpo para dormirse fingiendo que veía un poco de televisión.

No fue hasta ese momento en que pude reunir un poco mis ideas y pensar en lo extraño de todo el episodio. Más si uno tiene en mente que después de esa noche, mi amante de bolsillo, mi latinito de un país anónimo llamado Costa Rica, nunca más volvió a referirse a la música de Zimmermann. Cierto que la ponía y que hacíamos el amor al ritmo de sus arengas, de sus elegías y sus gritos de muerte... pero Sergio tan solo la usaba para hacer el amor. Nunca más volvió a hablar del Réquiem o del extravagante alemán que lo compuso.

Tomado de Canciones a la muerte de los niños, San José, ECR, 2008.
NOTAS:

Si su computadora acepta extensiones .rar puede descargar la obra completa en:

http://www.mediafire.com/file/nz0m0yxyfg5/Zimmermann,%20Requiem%20for%20a%20young%20poet.rar

Si desea leer una reseña de la obra (en inglés) y escuchar unos sosos mini fragmentos que no dan buena idea de lo grandioso de la obra:

http://blog.allmusic.com/2008/12/19/recalled-to-life-bernd-zimmermanns-requiem-for-a-young-poet/

Si desea leer la reseña (en inglés) de la primera representación en 1999 en los EE.UU.:

http://nymag.com/nymetro/arts/music/classical/reviews/266/

sábado, enero 10, 2009

CANCIONES A LA MUERTE DE LOS NIÑOS (dos fragmentos)


Foto de Will McBride
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Fragmento del capítulo I
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... un cielo azul en una tarde de vientos calmos viniendo del noreste. Una pluma de ave que cae desidiosa sobre el lente de la cámara mientras el agua fluye río abajo llevando consigo hermosas hojas de arce y roble por entre piedras cubiertas de musgo y helechos. El agua es una cosa calma y delicada que apenas hace un leve murmullo sobre las piedras de este bosque también azul. Ella cree que no puede existir algo que imite tan suavemente las teclas de un piano que sigue con la melodía de Chung Kuo, aquel Reino en el Centro del Universo, ese mismo Chung Kuo de Vángelis Papatanasios, el músico que piensa la música sin escribirla, solo sintiéndola sobre las teclas del sintetizador y demás instrumentos de magia que, como la alquimia o el olfato de los lobos en la nieve, es perfecta e ineluctable como las mismas hojas de arce en el agua. Algunas de ellas son sepia y otras rojo encendido en forma de linternas bajando por el pequeño arroyo en la montaña donde Lucy ahora tiene su reino y su microscópico domicilio. El mundo que la hace feliz cuando no hay otro mundo posible, aquél por donde camina abrazada con Cachi dejando que los pies se hundan en las aguas estancadas o en las boñigas llenas de hongos al filo de las cuatro de la tarde. Ese mundo que no solo recorre en sueños sino en ave, en trineo de siete renos o en burbuja de cristal, según sea el caso, para lograr maximizar la experiencia de tenerlo al lado, de sentir el sudor parecido a camisa de felpa mojada, a tabaco de cereza o marihuana, todo da igual cuando los minutos y los días son con él en los prados del bosque; un mundo que se apaga a las seis de la tarde para encenderse solamente en la chimenea o en los genitales, el mundo que vive de pequeños besos en la nuca y en los senos, sobre el borde de los vasos de vino o en la cama que siempre huele a naftalina o a él cuando está escribiendo, a sus sueños o lágrimas, no importa cuál sea el poema que esté trabajando, ella lo aguarda extendida sobre la alfombra de la sala, tomándose el vino que después le pasará por medio de los besos y los largos intercambios de alientos compungidos por la pasión de sentirse tan juntos y a la vez tan separados por pieles distintas, huesos que los separan no permitiéndoles entrar por completo el uno en el otro o abrirse para tragar de un solo sorbo violento toda la esencia que es el otro. Ella piensa a Cachi sobre la alfombra con su pipa de nogal pensando en la rima exacta para captar, si acaso se pudiera en palabras, el perfume del Chung Kuo, el aroma de una pieza hecha de musgo y estrellas, de poemas ancestrales sobre ríos y lunas ancestrales, los labios de Li Tai Po, ebrio hasta la locura de su China amada y vivida entre los bosques de eucalipto y las pagodas humeantes de incienso de rosa y color añil. Un mundo que a ella no le es extraño como tampoco lo fue vivir en la antigua Yedo en tiempos de los emperadores míticos, o los shogunes de la Señora Murasaki, copulando con ella en las noches de luna de Li Po cuando el anciano poeta se revolcaba en el agua siempre igual: lleno pero insistiendo en tragar más luz de luna de lo que su cuerpo le podía aguantar. Así los tres, como en el poema, se van borrachos por la espesura buscando cada vez más y más hasta que tal vez la luna misma es la primera en entender que no puede seguir buscando, que no puede ir en carrera por la noche tras su propia sombra... Hay quizá cansancio, un poco de desaliento, y todos se quedan dormidos a orillas del río, como en el poema, porque siempre es como en el poema. Lucy sabe que un sueño vale mil lunas y se disuelve lujuriosa en la nada, completamente segura de volver siempre al bordede algún sueño... ... ...

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Fragmento del cápítulo III
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Lucy está perpleja de ver el video seguir adelante con miles de imágenes sin interrupción. Es una especie de saturación impostergable, una tras otra, sin tregua. La vista y el oído se llenan de cosas que nunca terminan de irse y están siempre pasando casi todas a la vez. El diputado Abuelo Mañas diserta sobre la honradez en la función pública con unas tomas del secuestro de la Embajada de Nicaragua, y luego una doble exposición de esta con el gigantesco rollo del discurso de cuatro horas de León El Lobo afirmando ser inocente de violencia doméstica, fumar en lugares prohibidos y narcotráfico; otra doble exposición del discurso de Mañas y la huelga de hambre de Paraíso Paniagua, el Comandante Doble Equis, [con cara de patriarca fulminado] “porque no lo dejan ser presidente”; las ex-primeras damas Gubia Llorandolaví y Marchita Ven Banano hablando afablemente mientras [en doble exposición] aparece la otra ex-primera dama Dalilah Falón y los Refugios SUPONGA y un adolescente prostituto besando a un cliente en un carro, la cara del cliente está “borrada” pero la del prostituto sale con facilidad a primer plano y es Anthony, el que está junto a Lucy, y el pintilla se empieza a reír entre nervioso y orgulloso de salir en el video, pero Lucy sigue viendo y de nuevo las pirañas, luego la operación del cristalino de un ojo con tomas hiperreales que ponen frente al público el iris palpitante del paciente y Lucy baja la mirada hasta que aparece la Oda a la Alegría y los chiquitos rubios de Canal Teletusa cantan “ven tú hermano a cantar aunque no seas rubio”, etc., etc., hasta que los rollizos infantes se disuelven en los carnavales de Limón y una deliciosa negrita de unos 18 años mueve las ingentes tetas como endiablada mientras la gente suda y dice wuapin, man, y siguen bailando y unas chiquillas de la Meseta, [perdón: Depresión Tectónica Central (aclaración ¡INSISTENTE! hecha por algunas maestras de Moravia y San Gerardo de Dota)], ... entonces, unas chiquillas de La Depresión Tectónica Central se quitan el brassier y muestran los rosados [y rozados] pezones [y pesones] a la luz del Caribe de Limón, un grupo de chavalos, también de la DTC, se ponen como locos al ver aquella maravilla totalmente ensalivable y empiezan a dar aullidos de indio apache en pie de guerra hasta que cae la paca y los majes son garroteados por la poli mientras las chiquillas son toqueteadas y abusadas y ensalivadas y finalmente echadas en la perrera, pero no la misma en que han echado a los majecillos todos atarantados, y llevadas a la comisaría donde una nueva y nutrida ronda de salivazos y chupetazos si acaso las salvará de un encarcelamineto real pero tendrán que aguantarse los toqueteos y maseadas del comandante con olor a muela podrida y “rice and bean”, con sudor a ajo antivampírico mezclado con guerra bacteriológica axilar en los estadios más cruentos de las hostilidades, hasta que los tatas enojados lleguen provenientes de La Depresión Tectónica Central y fueteen a las carajillas a vistas y paciencia de los ensalivadores, perdón, de los policías, y los majecillos, que ya fueron moqueteados por la ley, vuelven a ser moqueteados por los tatas provenientes de la DTC ya susodicha y se enojan y se disculpan con los tombos y Lucy siente una mano en la pierna que no esperaba pero se queda callada porque, como siempre, la mata el deseo, pero sobre todo la curiosidad de saber qué hace que un playo sea playo y por qué un playo en especial no la puede coger como ella quiere y se queda quieta mientras Anthony sigue subiendo la mano por la pierna y ella en el acto se enamora de la cara de ángel del chiquillo pero cuidado porque el majecillo debe tener un sidazo que no es jugando porque, idiay, el mae putea y aunque está bonito y se parece a Cachi con unos cuatro años menos mejor no porque qué torta y Lucy se siente tan confusa que mejor vuelve la cara al video y aparece Patty-la-Belle cantando una de sus famosas canciones de cuando era más joven, o mejor dicho, de cuando era joven, y aparece un grupo de maes, todos guapos y veintones acostados en una mesa gigante donde les cae todo tipo de mugre y líquidos raros, una toma de una baranda que está sobre ellos muestra una serie de culos, pichas y coños meando, cagando, y masturbándose encima de los maes mientras ellos se deleitan en el baño de oro, el tratamiento de belleza con “barro” y la crema blanca llena de proteínas para el cutis; hay una toma de cerca y se ve a Patty cagando mientras un muchacho rubiecillo [¿Cachi?] la está masturbando. Lucy sale de Disneylandia ®, © y TM y se levanta para ver mejor. Anthony no se molesta y le sigue tocando el pecho que hace rato le venía tocando a la vez que metía la otra mano en el pubis. Pero Anthony —o Toni ya a estas alturas— no se conforma con la pasividad de Lucy y le toma la mano derecha hasta llevársela a su erección; Lucy se asusta, no por la erección, sino por lo débil de la misma, siente que va a tener otro rollo tipo soy-playo-y-necesito-mucho-brete-para-ponerme-bueno-con-una-cabra y se ahueva mientras el video, muy al estilo de Patty, hace un close-up de todos los tarros y Lucy confirma que Cachi participó en esta filmación de la Andy-Warhol-Pedro-Almodóvar-(antes-de-Carne-Trémula)-Alejandro-Jodorowsky de Costa Rica [definición de Giorgio Pajarotti], y no sabe si llorar o disfrutar de la desnudez de su amigo mientras este otro playo la quiere llevar a un orgasmo a punta de dedo [el majecillo no es nada “inexperto” con las manos], y Lucy se caga en los prejuicios y se baja el pantalón para abrir las piernas y que Anthony, perdón, Toni, le entre hasta los codos; piensa en Cachi y el día en que Sergio la invitó a ver cómo se cogía a Cachi primero con la picha, luego el puño y finalmente el antebrazo, y cómo Cachi, por no dilatar bien, había perdido tanates de sangre y ella se había vomitado y Sergio trayendo y trayendo primero papel higiénico pero luego toallas de papel de la cocina porque Cachi, pálido y sudoroso, no dejaba de sangrar y Lucy se había vuelto a vomitar, [se fueron casi dos rollos de toallas de papel], y luego ella la agarró contra Sergio porque era un sádico, y Cachi solo lo había hecho por complacerlo pero tenía mucho miedo y después le había entrado un fiebrón y Lucy quiso pegarle a Sergio pero él más bien la echó de la casa y ella (que todavía no tenía mini-chante) tuvo que dormir donde Patty y eso, de fijo, nunca se lo perdonaría a Sergio; lo quería mucho, tanates, pero había cosas que nunca le iba a perdonar; Toni se masturbaba mientras seguía con los dedos en la vagina de Lucy y ella se decidió y le agarró el palo al chiquillo para que se viniera más rápido. Cuando todo terminó, Lucy no pudo evitar volver a ver a la pantalla, ahora llena de la “apoteósica” bienvenida a la selección después del Mundial, mientras oía al locutor, Pillo Blando, decir 50 mil yeguadas a un ritmo de +/- tres yeguadas por segundo; se llevó entonces el semen que tenía en la mano a la boca y empezó como los murciélagos vampiro a lamer plácidamente... ...
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Tomado de Canciones a la muerte de los niños, ECR, 2008.