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lunes, noviembre 23, 2009

LA INQUISICIÓN VUELVE A MULTIPLICAR SUS CABEZAS


El siguiente mensaje me ha llegado de un amigo escritor y colega internauta. Lo cuelgo tal cual me lo enviaron por considerar que su contenido es de naturaleza muy seria. Los ticos tenemos la costumbre de creer que la democracia de nuestro país nos inocula contra el odio y el fanatismo, pero lamentablemente no es así.


¡Atiendan!

Una vez más, las más oscuras organizaciones fascistas de Costa Rica unen fuerzas para aplastar la dignidad de las personas diferentes.

El próximo sábado 28 de noviembre de 2009, la nefasta organización demagógicamente llamada Observatorio Ciudadano por la Vida y la Familia ha convocado a una kukluxklanesca marcha en contra de las personas homosexuales y otros grupos minoritarios.

¡ESTA VEZ NO LO PERMITAMOS!

No permitamos que este diabólico tribunal inquisitorio mancille la dignidad de uno sólo de nuestros hermanos.


No permitamos que, nuevamente, sus teas encendidas arrasen la Libertad, la Tolerancia y la Diferencia.


No permitamos que su atroz fanatismo corrompa a nuestra Democracia Centenaria.

No permitamos que nuestros niños presencien este acto fratricida, esta declaración de ODIO y ESTUPIDEZ.

Una vez, más, amigos, interpongamos el pecho contra las legiones malignas de la opresión y la esclavitud del alma.

¡UN NO ROTUNDO CONTRA EL FUNDAMENTALISMO ECLESIÁSTICO!

¡POR LA LIBERTAD, POR EL AMOR, POR LA TOLERANCIA, POR LA DIFERENCIA!

¡Vamos todos a la PLAZA DE LA DEMOCRACIA, vestidos de luto, el próximo SÁBADO 28 DE NOVIEMBRE!

¡Que nuestras gargantas fragüen el más imperecedero grito de libertad que haya oído jamás esta Patria!

¡VIVA LA SAGRADA LIBERTAD QUE NOS COBIJA A TODOS!

¡VIVA LA SAGRADA DEMOCRACIA QUE RESPETA LA MINORÍA!


¡VIVA LA SAGRADA TOLERANCIA QUE NOS HACE A TODOS HERMANOS!

¡VIVA LA SAGRADA DIFERENCIA QUE HACE AL MUNDO HERMOSO!


La convocatoria también viene acompañada de este enlace en La Extra donde es
lamentablemente notorio de qué lado se ubica la periodista: http://www.diarioextra.com/2009/noviembre/19/nacionales12.php

Conforme vayamos obteniendo más información a lo largo de la semana, iremos actualizando esta entrada.

Actualización 1, martes 24 de noviembre (madrugada):

Tal cual lo indica Juan Murillo, este grupo pretende incidir en las elecciones de 2010 promoviendo su agenda de odio contra las minorías que no comparten sus puntos de vista. Han abierto el siguiente blog: http://marchaporlavidaylafamilia.blogspot.com con el fin de hacer proselitismo y recoger 12 millones de colones para para la tarima desde la que trabajarán su mensaje de intolerancia.

Luis Antonio Bedoya nos confirma, por otro lado, que la reunión contra dicha manifestación de "ataudes blancos" será a las 9 a.m. en la Plaza de la Democracia.

Actualización 2, martes, 24 de noviembre (mañana):

FICCIONES DE PULPA nos brinda un enlace para la Marcha Contra el Fundamentalismo: http://www.facebook.com/event.php?eid=178328443639&ref=mf

Actualización 3, martes 24 de noviembre (5 p.m.):

Hermes Navarro, de La Prensa Libre, ha escrito este excelente artículo. ojalá lo puedan divulgar: http://www2.prensalibre.cr/pl/comentarios/14241-el-observador.html

Actualización 4, 24 de noviembre (9:30 p.m.):

Hay un grupo llamado HETEROSEXUALES POR LA IGUALDAD DE DERECHOS en la siguiente dirección: http://www.hidcr.com/material.htm

También se puede leer el comentario de una bloguera suspicaz y solidaria en: http://ladetestable.wordpress.com/2009/11/25/yo-no-aborto-a-mi-bebe-homosexual/#comment-105

Actualización 5, 25 de noviembre (5:15 p.m.):

Nuestro amigo Luis Chaves nos cuenta que Hermes Navarro (a quien mencionamos en la Actualización 3) es la misma persona que en 1995 fuera responsable de que se declarara la fertilización in vitro anticonstitucional en Costa Rica. (WTF?) Tal parece que el señor Navarro patea con las dos, políticamente hablando.

Actualización 6, 27 de noviembre (6:05 p.m.):

El artista Jorge Albán nos ha remitido un correo con la siguiente información:

¿Dónde estarás mañana Sábado 28 a las 9 de la mañana ?

Pues en la Plaza de la Democracia, con camiseta negra y defendiendo la vida verdadera: vida con diversidad sexual, genética, ideológica y cultural, en contra de la marcha fundamentalista convocada y financiada por los sectores más retrógrados de este país que quieren mantener a CR en la Edad Media:

http://www.nacion.com/ln_ee/2009/noviembre/27/pais2174832.html

¿Y por qué la hacen?:

http://www.nacion.com/ln_ee/2009/noviembre/25/opinion2171400.html

Suerte a todos los asistentes a la marcha anti-medioevo.

miércoles, noviembre 18, 2009

EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO 2.0

¡Que la fuerza de Sinus Iridum te acompañe!

Queridos amigos, colegas, socios, enemigos y afines, con un enorme placer presento a ustedes el prólogo a la nueva edición de El más violento paraíso que ha escrito nuestro amigo y editor Juan Murillo. La novela estará a la venta dentro de pocos días. Con gusto les avisaré oportunamente sobre cómo dónde y cuándo se puede adquirir, así como la venta que también se hará por internet para nuestros amigos y colegas del extranjero.

Está de más decir cómo me siento ante esta aventura renovada. Gracias a Guillermo Barquero y a Juan Murillo, mis editores, y gracias a todos los que han contribuido con esta pantagruélica edición.

Alexánder Obando.


Prólogo a la segunda edición

El más violento paraíso se ha convertido, desde su publicación en el 2001, en una novela de culto. Admirada hasta el fanatismo por algunos, alabada como la novela desde la que hay un antes y un después en la narrativa nacional, la novela de Obando se ha sabido granjear adeptos entre los grupos más diversos. No es inusual oír elogios de la misma en círculos académicos especializados en literatura centroamericana, entre otros escritores de ficción o entre los distintos cliques del underground costarricense. No hay duda que El más violento paraíso es una novela polarizante; no todos la llegan a comprender, pero quienes lo hacen la defienden después como uno de los mayores logros de la literatura de nuestro país.

La primera edición de El más violento paraíso se agotó en 2003, dos años después de aparecer. Desde entonces se ha convertido en un objeto de alta demanda que sólo esporádicamente aparece en el mercado negro y con igual rapidez desaparece de él. Las solicitudes de una reedición llegan desde lo interno del país, así como de lectores especializados, escritores y académicos extranjeros que solicitan se reedite para así poder acceder a este “clásico instantáneo” que ha transformado para siempre la cara de la literatura costarricense. Esta triste situación de descatalogación involuntaria no es extraña en nuestro país, donde es usual que las obras, una vez agotada una primera edición, desaparezcan permanentemente.

Ediciones Lanzallamas, en un intento por mantener en circulación obras importantes que están redefiniendo la narrativa costarricense, decidió publicar como ópera prima e inaugural de su Colección Dedalus de novela a El más violento paraíso. El presente prólogo a la segunda edición tiene la intención de abordar brevemente la historia del libro hasta esta segunda edición, la recepción que ha tenido en el medio y algunas breves notas sobre lo que el lector puede esperar encontrar durante su lectura.

***

El manuscrito de la novela El más violento paraíso, que en esa época se llamaba La Casa de Dionisos, lo leí por primera vez a mediados de 1997. Ya tenía gran parte de los textos que la constituyen actualmente y Alexánder Obando la estaba haciendo circular entre sus amigos para obtener sus opiniones, después de trabajar en ella desde principios de 1995. El año siguiente, luego de algunas modificaciones e inclusiones, Obando presentó la novela para su evaluación en Editorial Alambique y recibió por respuesta una carta donde se le solicitaba que cambiara el título “La Casa de Dionisos” que la novela conservó hasta ese momento, que eliminara los capítulos que citaban a Platón, los de “Arte espagírica” y “Mar de las lluvias” y se cambiara, disfrazara o eliminara cualquier mención a personas reales. Con posterioridad a esta carta y la idea de Obando de presentar la novela a concurso con intención de financiar la edición, la Editorial Alambique desistió de su publicación. Finalmente la novela logró publicarse en enero de 2001, con recursos propios, en Ediciones Perro Azul, una editorial independiente que ha editado mucha de la producción alternativa durante la primera década del siglo. Los comentarios de los compañeros escritores que conocían el trabajo pronto incitaron a otros a interesarse por esta novela tan fuera de tono con el establishment literario de Costa Rica. Con su progresiva lectura el impacto de lo que El más violento paraíso significaba para la literatura costarricense se fue haciendo evidente para todos y las reseñas y comentarios empezaron a aparecer en distintos medios, tradicionales o académicos. En diciembre del 2000 el periódico Tiempos del Mundo publicó reseñas de Carlos Porras, reseñista, y Mauricio Molina, poeta y profesor universitario. Molina además publicó la nota, titulada “También la noche”, en la revista Fronteras del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en la que haciendo referencia a lo fragmentario de la novela decía:
El más violento paraíso pretende hallar la organicidad de un mundo que no existe pero que se puede imaginar con un poco de esfuerzo. Emprende su camino desde los pedazos de una cultura. Pretende reconstruir el mundo a partir de la violencia, anuncia la nueva creación del mundo… (Molina, 2001.)
El 30 de diciembre del 2001, el suplemento cultural del diario La Nación publicó una nota en la que se incluía a El más violento paraíso como una de las tres novelas más relevantes del año. El mismo suplemento, en enero del 2002, tras el otorgamiento de los premios nacionales de literatura, en los que se premió Después de la luz roja de Mario Zaldívar, citó a Alfonso Chase, quien manifestaba que creía que la novela de Obando “merecía galardonarse porque plantea una nueva opción novelística para Costa Rica.” En esos días apareció otro reportaje de María Montero, poeta y periodista, en el suplemento “Viva” de La Nación en el cual Obando afirmaba que El más violento paraíso era una antinovela y que el medio literario costarricense usualmente rehuía de los “subgéneros” como la ciencia ficción, la pornografía, la sátira, la fantasía o el terror, que son algunos de los géneros que él había usado para construir su novela. Otra nota de principios de 2002 en Áncora citaba a Molina diciendo que esta era una “novela-mundo” y un “intento por escribir El Libro”.

A mediados de 2002 empezaron a aparecer los primeros artículos extensos que trataban de desentrañar la lectura de la gran novela de Obando. Rodrigo Soto, escritor, publicó un comentario en Áncora de La Nación afirmando que:
De lo que no queda duda, es de la voluntad expresa del autor de dialogar e inscribir su trabajo en una tradición que nada tiene que ver con la problemática de “lo nacional” y los restantes ejes por donde ha transitado mayoritariamente la literatura costarricense. (…) en la obra de ningún otro escritor costarricense se había expresado con tanto acierto algunos de los valores claves de la así llamada “sensibilidad posmoderna”: fragmentación, escepticismo, eclecticismo, hedonismo… (Soto, 2002.)
Uriel Quesada, escritor, publicó también un comentario en la revista literaria de la UCA en El Salvador en el que alinea a El más violento paraíso con la novela total o el deseo de crear mundos y además comentaba:
El más violento paraíso es una novela dionisiaca (…) hay un constante ir y venir entre muerte y resurrección (…) está regida por la circularidad. La historia constantemente se reescribe (…) La potencia de esta deidad es el deseo (…) El mundo regido por Dionisos no está sujeto a normas convencionales, es amoral. Quienes viven en él guardan el conocimiento del placer como un secreto, como la llave a otro estadio de la condición humana. (Quesada, 2002.)
Adriano Corrales, poeta, escritor y catedrático, por su parte, presentó una ponencia ante el congreso de escritores en Caracas, Venezuela en la que llamaba a El más violento paraíso “el mayor esfuerzo narrativo de la contemporaneidad costarricense” y un “hito en la historia de nuestra literatura”.

En un acercamiento más especializado y académico el escritor y profesor de literatura Alí Víquez Jiménez publicó ese año el estudio El más violento paraíso como una novela dionisiaca, en el cual se acercó por primera vez a las que parecen ser las fuentes originales de Obando. Víquez trata, como lo habían hecho algunos comentaristas previos, incluido el famoso prólogo a la primera edición de Esteban Ureña (1), poeta y filólogo, el problema de ubicar el libro de Obando dentro del género de la novela. La unidad temática, decide Víquez, es en la que radica el rasgo aglutinante de la obra, indicado en su forma más obvia por la repetición de los capítulos denominados “Iluminaciones” y que tratan de la parte mitológica de la obra, de la fundación de Bizancio y de lo dionisiaco. En cuanto a lo dionisiaco, Víquez cita a Kerenyi y a Otto, dos fuentes que indudablemente influenciaron a Obando mientras creaba El más violento paraíso. La tesis de Víquez es que una novela que pretenda ser dionisiaca y retratar el impulso vital global (zoé) debe necesariamente renunciar a seguir al individuo en una vida concreta e inclinarse por la multitud a través de diferentes épocas. El exceso, la vitalidad y la destrucción salvaje, todos rasgos de Dionisos, son rasgos también de El más violento paraíso.

Francisco Alejandro Méndez, crítico y escritor guatemalteco, aporta también un estudio publicado en la Universidad Rafael Landívar en el que intenta una ubicación dentro de los períodos literarios, definiéndola como una de las primeras novelas posmodernas latinoamericanas. Al respecto nos dice:
(...) este laberíntico texto, propone una lectura sesuda y exigente, pero a la vez incompleta, en la que el propio lector, atrapado en ese zapping, o cambio constante de canal con el control remoto, de esos vacíos o hechos no mencionados que propone la posmodernidad. (...) (Méndez, 2002.)
Finalmente, desde la academia también, surge la lectura de Albino Chacón, doctor y catedrático en literatura, quien dice:
La historias que componen el texto parecieran tejerse alrededor de la idea de que la violencia ha sido el motor de la historia.(…) Lo que esta última (El más violento paraíso) nos representa, más que simplemente narrarlo, es la condición laberíntica que siempre habría caracterizado (…) a la humanidad. (Chacón, 2003.)
En cuanto al género, Chacón afirma que El más violento paraíso es inclasificable y que la etiqueta de novela no le hace justicia y lo considera el texto que “más violentamente rompe con el código realista dominante en la literatura costarricense durante el siglo XX” y “un texto inaugural en la formación discursiva costarricense, al demandar otro tipo de escucha y constituirse (…) en el desafío más radical al modo en que han funcionado los modos consagrados de producción y recepción que está teniendo en Costa Rica la literatura que actualmente se está produciendo.”

Casi coincidiendo con la publicación de los comentarios más extensos de la novela, la primera edición se agotó. Las solicitudes de reimpresión o reedición no se hicieron esperar. A pesar del interés por el libro, Ediciones Perro Azul no llevó a cabo una segunda edición.

En épocas recientes tanto quien escribe estas líneas, como Guillermo Barquero, hemos publicado comentarios de la novela en Internet en un intento de recobrar la visibilidad que una obra de esta magnitud merece.

Barquero, haciendo de nuevo alusión a la ambición totalizadora de la novela, dice en su comentario del 2008:
En resumen, tiene de todo, abarca todo (historia, mito, proyección, abandono), se regodea en todos los excesos y, como tiene que ser, deja toda suerte de sensaciones en el lector. Eso solo lo hace un escritor que se proyecta en el texto, que se desparrama sobre éste. Tenía razón Clara Sánchez: El más violento paraíso es la fuerza de Alexánder Obando o, como a él le gustaría más, la sangre de Alexánder Obando. (Barquero, 2008.)
Mi propio comentario del 2007 se trata de un intento de separar y clasificar sus partes para poder desentrañar sus puntos de unión y su significado como novela. A mi modo de ver El más violento paraíso es una novela fragmentaria de carácter alto modernista. La sorpresa y debate que ha despertado en el medio se debe a lo inusual que es encontrar entre nosotros textos que no sean simplemente realistas. La novela de Obando, sin embargo, se articula y pivota como unidad tanto en lo formal con las “Iluminaciones”, y otros capítulos recurrentes, como ya apuntaba Víquez; como en lo temático con la recurrencia de la ciudad arquetípica que es la encarnación del laberinto y los mitos que pretenden reemplazar a las religiones abrahámicas actuales, basados en el culto a Dionisos y su reafirmación de la vida a través de los excesos del deseo que llevan al sexo, la violencia y la destrucción. Estos son los aspectos mitológicos que permiten reunificar la inmensa realidad fragmentada que se nos presenta inicialmente en la novela. Respecto de estos rasgos es imposible pasar por alto a T.S. Eliot, que en su reseña del Ulises de Joyce, dio la que hoy se considera la definición del método mítico que a su vez define la novela modernista: “Al usar el mito, manipulando un paralelo entre la contemporaneidad y la antigüedad, el Sr. Joyce esta usando un método que otros deberán usar después de él.(…) Es simplemente una manera de controlar, ordenar y dar forma y significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía de la historia contemporánea. (…) En vez del método narrativo, ahora podremos usar el método mítico.” (Eliot, 1923.) Sobre lo fragmentario y la apropiación como rasgos distintivos del alto modernismo, nos queda el famoso verso: “These fragments I have shored against my ruins”, que conjuga la aglomeración de fragmentos literarios de otros autores anteriores a él, aparentemente inconexos, al final del famoso poema de Eliot, The Wasteland, que tuvo gran influencia sobre Obando.

Por otra parte, hay que decir que la rehabilitación del sentido trágico de la vida a través de lo dionisiaco, que es el corazón secreto de El más violento paraíso, se le debe inicialmente a Nietzsche, que lo trató, a contracorriente de la idea predominante sobre los griegos en su época, en El nacimiento de la tragedia y en Más allá del bien y el mal. El intento de Obando de suplantar los valores del cristianismo con valores paganos o novedosos es a su vez un trasunto de la lucha de Nietzsche en su intento de lograr una “transvaloración de todos los valores”. En Nietzsche, como en Obando, el valor supremo es la vida renovada, que contrapuesta a un ficticio paraíso cristiano posterior a la vida, debe ser vivida hasta los extremos, sin temor, sin culpa y sin vergüenza. En Nietzsche también, se encuentra la idea inicial del eterno retorno, que es la reafirmación de la vida como un fenómeno más allá del individuo y que forma parte fundamental de la obra de Obando, en la que avatares de vidas pasadas unen los fragmentos para formar un solo tejido. La deuda de Obando con Nietzsche es grande, pero probablemente indirecta, resta por hacer una lectura a profundidad de esta novela desde las premisas nietzscheanas que han servido de fundamento a mucha de la gran literatura del siglo XX.

En cuanto al contenido de la novela la contratapa de la primera edición rezaba:
Para algunos lectores, esta novela vendría a ser equiparable a las obras de Burroughs en tanto muestra “una visión de cómo actuaría el género humano si estuviera totalmente divorciado de la eternidad”. Hablamos entonces de un mundo sin esperanza, ahí donde ya no se anuncia la muerte de Dios sino que se lleva a cabo su funeral de una vez por todas, como diría Jean Allouch. Una novela construida con los hechos y desechos industriales de cada día: el cine de ciencia ficción, el folletín ocultista, el relato “pornográfico”, la guía para turistas, el cuento de terror, la narración histórica, el grimorio y el mito antiguo, todos en la asfixiante dimensión de este paraíso. Lugar para ritualizar la violencia y el deseo o para leer (¿esta novela?) “como el quiromántico que confunde sus sueños en las manos ajenas o el astrólogo mareado por el vino tibio de los astros.”

Una novela “disfrazada” que es a la vez novela-otra-novela, trasunto de frame novel primitiva y un modelo para armar (o desarmar) después del griterío adventístico postmoderno.

En definitiva, un laberinto de múltiples pasillos en busca de un minotauro-lector.
Ya ahí se tocaban muchos de los temas que el lector encontrará en la intoxicante lectura que le espera: mitología, sexo de toda índole, violencia, drogas, magia negra, ciencia ficción, historia, fantasía, terror, sátira, alucinaciones y visiones místicas. La lista se expande y se confunde consigo misma tomando como escenarios a Bizancio antigua; la moderna Estambul; San José, Costa Rica; las bases lunares de Sinus Roris y Sinus Iridum; Babilonia; La Atlántida y espacios posapocalípticos sin definir. No se equivocan los comentaristas al calificarla de novela-mundo o frame novel; El más violento paraíso, en efecto, pretende abarcarlo todo en un inmenso abrazo transformador para presentarlo de nuevo revalorizado en el nuevo marco de los valores dionisiacos.

Más allá de esta línea se encuentra la novela más impactante de la literatura costarricense; el lector entra a ella bajo su propio riesgo.


JUAN MURILLO
Tres Ríos, 1 de septiembre de 2009



[1] El prólogo de Esteban Ureña, “Una novela intrascendente (O: number nine....)”, se incluye en la presente edición en el mismo bloque en el que está la novela propiamente dicha, por considerarse ambas partes como dos piezas distintas de un mismo conjunto, uno nacido a partir del espíritu de la otra.

jueves, noviembre 12, 2009

UN DERECHO INALIENABLE

Puede que le parezca frío o le parezca cálido.
o


Puede que le parezca feo o le parezca dulce.



Puede que le parezca vulgar o le parezca sexy.



Puede que le parezca tierno o le parezca desagradable.



Puede, incluso, que le parezca rico cuando a usted le conviene...

(A todos nos pasa igual).



Pero lo que no puede negar es que es un derecho...



Y los derechos no se piden.

¡SE EXIGEN!



Sin embargo,
una vez más lo vamos a decir:



POR FAVOR

RESPETEMOS EL DERECHO

A LA

DIFERENCIA.


(Un mensaje de este blog a los ilustres señores Mireya González León, Guyón Massey, Carlos Morales, Óscar López, y todos los demás respetuosos homófobos de Costa Rica que "aman la diferencia", pero que a la vez la quieren ver muerta).

lunes, noviembre 02, 2009

OYE NENA QUE YO SOY LATINO, OH, YEAHHH!!


¿Cuánto sabe usted de nuestra cultura y de nuestro idioma? (Las respuestas al final).

1. ¿Cuánto es un billón?

2. ¿Qué posición ocupa el castellano en el mundo como lengua materna?

3. ¿Qué posición ocupa el castellano en el mundo como la lengua de la red?

4. ¿Qué fecha es la “noche de brujas”?

5. ¿Cuántas vidas tiene un gato?

6. ¿Es el castellano el idioma con más vocabulario en el mundo?

7. ¿Cuál es el idioma europeo más difícil de aprender?

8. En términos internacionales no políticos, ¿quién es la persona más famosa de Costa Rica?

9. ¿Cuál fue el primer país del continente americano en despenalizar la homosexualidad?

10. Vocabulario desplazado. ¿Cómo se decía en español costarricense de hace 20-30 años cada uno de los siguientes términos? (Un asterisco = influencia del inglés estadounidense; dos asteriscos = influencia de la publicidad local o del inglés; tres asteriscos = influencia del español argentino; cuatro asteriscos = influencia del español mexicano).

a. Baguette**
b. Pan francés*
c. Conjunto musical**
d. Soporte técnico*
e. Aplicar (para un trabajo)*
f. La monchis* (hambre causada por el consumo de cannabis).
g. Café irlandés*
h. Una joda***
i. estar al pendiente****
j. No le cambie (en la tele)****



RESPUESTAS:

1. En castellano y en inglés británico un billón es un millón de millones. En inglés de los EE.UU., un billón es solamente mil millones. Así pues, revise bien su cuenta bancaria si su plata se encuentra en un banco gringo.

2. Segunda, después del mandarín. Hay indicios recientes de que el hindi ha desbancado al español de su segundo puesto, pero estos datos aún no son oficiales.

3
. Tercera, después del inglés y del mandarín.

4
. 24 de junio, Noche de San Juan en nuestra cultura hispana. En la tradición occidental la Noche San Juan coincide, más o menos, con el solsticio de verano (21 de junio) época de una serie de ritos paganos y donde las fogatas “ayudan al sol a quemar más fuerte”. En estas celebraciones las brujas medievales eran conjuradas para anular sus maleficios, razón por la que también se le conoce como “Noche de las Brujas”. Los germanos, por otra parte, celebran esta noche el 30 de abril y la llaman Walpurgisnacht o hexennacht. Esta fecha germana coincide grosso modo con las antiguas festividades vikingas de la fertilidad. El afamado Halloween, tal cual se celebra hoy, es una festividad propia de los EE.UU., no de las culturas latinas o euro-germanas (con la excepción, claro, del Reino Unido). La Noche de San Juan se celebra especialmente en Argentina, España, Chile, Perú, Paraguay, Colombia y Portugal. Los ticos, ridículos como solemos ser, celebramos la “Noche de las brujas” con los gringos el 31 de octubre.

5
. En nuestra cultura, 7; y para los anglosajones son 9.

6
. No. Lo es el inglés con casi un millón de palabras. Nuestra lengua está en cuarto lugar después del inglés, el mandarín (en sus diversos dialectos) y el japonés.

7
. Según las estadísticas, el húngaro. Tanto el inglés como el español se consideran idiomas de fácil aprendizaje para los hablantes de lenguas indoeuropeas y semitas. A nivel internacional el chino sigue siendo el hueco negro donde se ahogan las esperanzas de más de un dizque sinoparlante.

8.
Chabela Vargas.

9. Costa Rica, 1870.

10.
a. Melcochón.
b. Pan español.
c. Combo.
d. Apoyo técnico.
e. Hacer o llenar (una) solicitud (de trabajo).
f. La comilona. (Las "monchis" viene directamente del inglés gringo "the munchies", es decir, las ganas de "picar" algo. (To munch = picar; merendar algo ligero).
g. Café con piquete. (En la península ibérica le dicen “carajillo").
h. Un chingue. ("Joda" viene del español argentino).
i. Estar pendientes de.
j. No cambie de canal.

martes, octubre 27, 2009

LA PRIMERA VEZ: Germán Hernández


Volvemos con otro escritor joven costarricense. Esta semana se trata de Germán Hernández, poeta, ensayista y narrador.


Germán Hernández. Costarricense-nicaragüense, nació en San José en 1974. Es economista y teólogo. Perteneció al Café Cultural Francisco Zúñiga Díaz donde trabajó al lado de don Chico Zúñiga, su indiscutible maestro. Hernández cultiva la narrativa y la poesía y ha colaborado en algunas publicaciones nacionales. La mayor parte de su obra aun se encuentra inédita.

La primera vez

A Lillo le gustaba sacársela delante de nosotros, la sostenía con fuerza y se le ponía dura mientras callábamos asombrados, luego nos íbamos a mejenguear sin darle importancia a las cosas que decía sobre las vecinas, del dulce aroma de la ropa sucia, de sus cuerpos y las rendijas en los baños, de la blancura virginal de nuestras hermanas y madres, todavía esas cosas no nos importaban, como sí importaban los torsos humeantes y los domingos frente al tele, las banderas y las consignas, los goles y las palizas a pesar de las gloriosas victorias cuando la borrachera de nuestros padres llegaba con la aurora antes de volver a la escuela, como sí importaban los gritos de mi madre llamándome para comer, para dormir, cuando estábamos sumidos entre aventuras y exploraciones en el potrero prohibido. Entonces Lillo se la guardaba y escupía en el suelo sonriéndome y corríamos todos hasta el lote baldío junto a la pulpería donde iban a comprar los mariguanos, antes de la cuesta frente al potrero, donde quedaban todavía algunas matas de café y matorrales donde dormía nuestro miedo, poníamos las canchas, buscábamos las piedras lamidas desde siempre que había cosechado la acequia y medíamos las porterías de 20 pasos marcábamos el centro y el punto de penal y luego me paraba frente a Lillo, piedra papel o tijera, uno dos tres y siempre me vencía… papel cubre piedra, piedra destroza tijera, tijera corta papel, y Lillo escogía de primero, pido a Jose, yo a Max, yo a Primi, yo a Manchita, yo a Alex, yo a Marelo… jugábamos hasta el que metiera 10, y cuando perdíamos o perdían ellos, venían los gritos y las discusiones y cambio de cancha y hasta el que metiera 20, aunque las mamas no entendían y a veces no terminábamos, sobre todo cuando llovía y era más delicioso jugar y más pesada la bola entre las pelotas de barro que se elevaban en cada tiro y en cada barrida.

Cuando la bola salía dando tumbos y cruzaba la calle hasta esconderse en el potrero prohibido, nos sobraban intenciones y silencios para correr tras ella, porque había muchas historias y muchas advertencias para no entrar en ese lugar que a pesar de todo explorábamos para apear nísperos y manzanas rosa, o pescar olominas en la pequeña acequia llena de mierda y subirnos a los palos y buscar en los huecos fétidos que se abrían al pie de sus raíces para encontrar tesoros, antiguas piezas de autos, motores herrumbrados y recuerdos, periódicos antiguos, collares y basura todavía intacta y todavía útil, como los adornos de un árbol de navidad, cables eléctricos y juguetes echados a perder a martillazos, pero no nos importaba, porque todas esas cosas las recogíamos y de regreso a nuestras casas se sumaban con todos nuestros tesoros, bajo las tablas del piso y las acomodaba junto a las otras, porque en eso se nos llevaba la vida y comparando nuestros tesoros y dudando de las historias de miedo, del Padre sin cabeza y la carreta sin bueyes, como si en estas calles y en estos tiempos, hubiera padres y hubiera carretas, cosas de los viejitos que apuntaban con sus dedos hacia nuestra falta de respeto, nuestros gritos de guerra, nuestras necesarias incursiones en aquel paraíso donde nunca encontramos las armas abandonadas de los sicarios, ni el cadáver desangrado del prófugo que escapó de la cárcel, ni los fajos de billetes que arrojaron los asaltabancos cuando huían de la policía, o la niña ahogada en la acequia, llena de golpes y con los ojos abiertos, porque dicen, que en la mirada perdida de los muertos queda el reflejo de los asesinos, pero nosotros nunca vimos esas cosas, ni a los mariguanos sombríos y sus aquelarres de hongos y boñiga fresca, ni a los sátiros que repartían dulces a cambio de caricias, nunca nos encontramos con los peligros que tantos jalones de orejas y fajeadas nos habían costado, porque tampoco habíamos tenido que buscar la bola entre sus senderos de noche, cuando solo brillan las brasas de los cigarros aturdidos y los aullidos de los perros, ni los cuerpos que huyen de la gente y se encuentran como en el cine llenos de ausencia y se besan y se quieren y le temen a la muerte, porque no dormirán bajo el viento ni sobre el pasto que cierra sus ojos y gime, que se destroza bajo sus cuerpos silenciosos. Por eso rompiendo nuestras promesas y cuesta abajo hasta el potrero prohibido, sobre nuestras huellas y los pasos de otros, sacábamos las piedras del corazón de la acequia para construir las canchas y jugar nuestros partidos.

Aquella vez íbamos perdiendo, a Max le habían dado una patada y se había puesto a llorar a un lado de la cancha y no había manera de convencerlo de regresar al partido, Lillo nos jodía diciendo que miedo, miedo y yo le decía que no se montara, que sacara un jugador, el asunto iba mal para nosotros y puse la bola al centro para jugar de pura chicha cuando escuchamos ese ruido paralizante que tuerce las cabezas y detiene el tiempo por un instante, luego ese golpe seco y adivinamos que otra vez, algún carro bajando la cuesta del potrero se había estrellado.

Corrimos para llegar de primeros, entre la cuneta, incrustado en un árbol de poró un automóvil se había ensartado, las llantas de atrás quedaron en el aire, y una comezón en el cuerpo nos decía que no era como los otros accidentes, éste era peor que todos los que solían ocurrir en la cuesta, porque nos encantaba verlos, todo se llenaba de vecinas regañándonos, de perros nerviosos y carajillos, de gente que no sabíamos de dónde habían salido y que poco a poco formaban un muro de asombro alrededor del carro y pronto llegaba algún policía de la caseta de la fuerza pública extendiendo los brazos, trazando límites imaginarios para que nadie se acercara hasta que llegara la ambulancia o la grúa.

Pero esta vez no salió nadie sacudiéndose la vergüenza del carro, algunas mamas a gritos desde la puerta de las casas llamaban a los jugadores, yo escuchaba mi nombre y luego la sirena de la ambulancia, yo me hacía el tonto y los señores de la cruz roja finalmente después de de abrir el vehículo sacaron por la ventana a una muchacha.

Estaba muerta pensamos, porque estaba blanca, blanquísima y sus manos tirantes se mecían de un lado a otro, los paramédicos gritaban cosas, hablaban por radio, había un gentío, hasta las mamas se habían venido a ver y la muchacha tenía una marca azul en la frente y sus párpados azules, ahí mismo un cruzrojista le abrió la blusa y se le salieron a la muchacha los senos, blanquísimos y sus pezones también eran azules y parecían agujas; mientras trataban de resucitarla yo oía mi nombre, un terror que subía por mi estómago y unas ganas de salir corriendo y de quedarme ahí hasta que cubrieran a la muchacha con una sábana blanca y de responder a los gritos de mi madre, brincar hasta la acera y meterme por los zaguanes y los trillos hasta entrar a la casa, pero todavía no habían cubierto el cuerpo de la muchacha ni sus senos que parecían de hielo y no podía ver a nadie más, ni podía escuchar mi nombre repetido una y otra vez y esparcido como piedras sobre los techos de las casas y enredado en los tendederos retorcidos, ni podía sentir todavía los fajazos prometidos y los gritos de mi madre, ni el llanto de mis hermanas, ni las ojerosas rendijas de las latas humeando su luz por la noche, porque justo ahora estaban llevándose a la muchacha dentro de la ambulancia y algo me hizo correr y algo hizo correr a todos detrás de la ambulancia cuesta arriba hasta que se fue perdiendo y solo su sirena se sentía transversal y molida entre otros gritos y los gritos de mi madre repitiendo mi nombre, entre nubes y aromas de cenas rancias, de frijoles viejos y recalentados, cuando los animalitos alados salpican las luces de las calles, cuando da miedo entrar en la ducha fría y entre latas herrumbradas bañarse para ir a dormir.

Porque esa noche no pude dormir, veía a Lillo sacándose la verga, gritando miedo, miedo, y una y otra vez los senos de la muchacha muerta a la que luego cubrían y se llevaban en una bolsa negra y hacía frío, igual que la niña ahogada en la acequia y que nunca quiso aparecer porque le gustaba esconderse en el potrero prohibido y escondía cosas perdidas para que nosotros las encontráramos y que sabía nuestros nombres y los silbaba entre las copas de los árboles como aquella noche en que el viento con odio sacudía las antenas de televisión y estremecía las latas de cinc con ganas de arrancarlas y una voz que decía mi nombre, mientras mis manos trataban de agarrarse de las cobijas, de la almohada y un hormigueo ardía en mis muslos, porque no podía dejar de recordar las tetas frías de la muchacha, porque no eran como las de mi madre, ni las tetitas de mis hermanas, porque igual como había acabado aquella tarde con un celaje sucio, mi mama me había regañado en el comedor de la casa, pero en ese momento la luz de la calle temblorosa me devolvía entre sombras los senos de la muchacha y sus pezones azules, cerraba los ojos y quedaban ahí como las manchas de un sol que encandila, mientras me acurrucaba y escondía mis manos entre mis piernas y la veía a ella otra vez, ahogada en el río negro donde pescábamos olominas, flotando muerta mientras sostenía mi pene y me temblaba el vientre y traslúcidos sus senos blancos, otra vez, sus pezones azules, otra vez y una voz que repetía mi nombre otra vez, oculta entre las brasas siniestras de los mariguanos, resbalosa como el hielo entre mis manos rociadas de tres gotas de semen, por primera vez, mientras escuchaba mi nombre brotando por primera vez, de los labios azules de la muchacha muerta, otra vez.

jueves, octubre 22, 2009

LAS HORAS MUERTAS: Esteban Ureña

Bugudoviya12 by Shapovalov


Continuando con la intención de hacer un repaso de la narrativa costarricense más nueva, les presentamos ahora a Esteban Ureña. Viejo amigo y co-escritor nuestro. "Co-escritor" es para quien lleva este blog aquel tipo de colega y amigo con quien y al lado de quien siempre ha escrito. Otros co-escritores nuestros serían Mauricio Molina, Giorgos Katsavavakis, y más recientemente, Juan Murillo. Queda esto dicho en virtud de hacer patente nuestro homenaje a la institución del taller y a la idea del intercambio y coloquio amical en el proceso creativo.

Va pues este homenaje a todos los amigos del que fue "Taller Literario Eunice Odio".

Esteban Ureña (Foto de Diego Mora)

Esteban Ureña (San José, 1971). Publicó Bestiario de amor (poesía, Editorial Costa Rica, 2004). Ex miembro del taller literario Eunice Odio (1989-1993) y de Octubre Alfil 4 (1994-1995). Editor de libros de texto y corrector de estilo free lance. Realizó una carrera en filología y lingüística y una maestría en literatura (ambas en la Universidad de Costa Rica). Actualmente se forma en psicoanálisis en Argentina y es miembro de Apertura Sociedad Psicoanalítica de Buenos Aires.

Las horas muertas

Ese día, papá tenía la máscara. Lo recuerdo bien. Él con la máscara, andaba por la casa, para mí las horas muertas. Ese tiempo se parecía a este; por eso me acuerdo. Alberto quiso que nos viniéramos a pasar aquí las vacaciones, y ahora tengo esa sensación de que detrás de alguno de los árboles del patio, de un mango de tronco grueso, andará papá escondido con la máscara puesta. Entonces me quedo inmóvil, en alguna de estas sillas del verano; la cabeza quietita, sin torcerla; o si estoy en la cocina busco algún trasto que lavar sin alzar mucho la mirada por la ventana, porque desde ahí se ven los árboles del jardín.

Así son las horas muertas: se instalan de un momento a otro y luego ya no se sabe cuándo van a terminar. Alberto tiene una amante. No estoy diciendo que tuvo un affaire o algo así, me refiero a una fija, una que regresa, una que ocupa sus minutos y tal vez su corazón (aunque eso es más difícil), alguien que usa para llamarlo, para mirarlo, para inflarlo y ponerlo con la cabeza lustrosa, como me gusta.

Esas cosas se saben; así me enteré. No puedo explicarlo. Nada más las horas muertas, después de mucho tiempo, cuando creía que ya no iba a haber más yigüirros volando dentro de la casa, no más plumas tostadas en mi sabor de boca; mi sabor de boca de todos los días, esa cosa pastosa que te espera siempre en la saliva sin que te des cuenta (algo astringente, fierro, mancha, esas cosas), que te delata más que el iris o la palma.

Y ahora estamos en esta casa, en este pueblo extraviado en el camino del mar a la montaña, lo que se llama en ninguna parte,
Alberto-solícito-servicial-atento,
Alberto-compañero-psicólogo-mujer,
Alberto-triste-tierno-desamparado, pero la verdad es Alberto y yo con un cinturón de asteroides en medio de los dos, que nos despedazan la carne si intentamos cruzarlo.

Cierto, hubo avisos. Él me contó cuando tuvo un affaire, ese sí, algo de una semana y listo. Un affaire y un cliché: una secretaria. Secretaria de otro, porque él no tiene. Me lo contó muy asustado, pero yo le veía el placer en la cara; creo que por esa mezcla extraña no me importó mucho, porque era algo nuevo en él, y para mí un descubrimiento. Hasta me gustó, me sentía más cerca del hombre al que amaba por compartir un pequeño secreto como ese, casi como una pequeña perversión (no el polvo, sino el relato). Creo que nunca entendió mis razones.

Pero después, con el paso de algunos días, me encontré algo inesperado también en mí. El tiempo empezó a transcurrir distinto. Ahora todos los minutos empezaban a acomodarse como en una misma pila de ladrillos, como cuando los ponen a secar al sol, uno a uno, una pila dividiendo ese affaire y el siguiente, el evento y su repetición. Solo se trataba de esperar a que la pila creciera lo suficiente, a que la brecha se llenara, para comenzar con la próxima.

Antes de eso, el tiempo había sido más lineal. Teníamos ladrillos pero se desparramaban de manera más libre ―sin saber muy bien qué estábamos formando, es cierto― y también más hermosa, imaginate un jardín inglés de piedras de barro. En cambio las pilas ordenadas, ordenando mi tiempo de esa forma inédita, empezaban a formar otra cosa, un edificio temible, de líneas rectas, de proyecciones regulares, con la dureza de un banco o de un búnker.

Al principio, traté de ignorar las señales. Me dije, fue solo una vez; parecía algo importante; esa mezcla de placer y miedo. Nunca pensé, por ejemplo, si era algo importante para mí. Y cuando lo hice, ya era demasiado tarde. No sé cuántas veces más pasó, a decir verdad. Dejamos de hablar poco a poco, como un fresco renacentista que se deteriora durante centurias, pero da la impresión de haber amanecido ilegible de un día para otro, el rostro hermoso de una mujer envejecida.

Un día me di cuenta de que no ya no era una aventura, empecé a ver cierta expresión repetida en su rostro, una entonación que delataba la persistencia de algo. O más bien de alguien. No me preocupó tanto quién; fue la persistencia.

No sé si pasó entonces o venía pasando desde antes, pero eran las horas muertas. No sé tampoco por qué lo relaciono con papá, cuando se ponía la máscara, especialmente ese día. O es el tiempo mismo el único lugar donde hay una relación. Las pilas de tiempo. Los ladrillos imitándose unos a otros.

En esta quinta todo está inmóvil. En el mar, las olas dan por lo menos la sensación del movimiento, aunque sea en ciclos casi iguales unos a los otros, y sobre todo, el horizonte de agua es la idea misma de lo sin límites... El apeiron de Anaximandro subiendo en una ola y revolcándose con el otro apeiron helado de Newton dos mil años después en un solo suspiro, las posibilidades todas revueltas en el agua salada mientras tu cuerpo sube y baja, sube y baja en el agua tibia.

En cambio, aquí, el sol es nada más la lámpara que un pintor mueve de lugar tres veces al día para iluminar desde otro ángulo un modelo idéntico a sí mismo, inmóvil. Así me siento en esta silla de plástico algo costroso, esas manchas van a continuar en mi piel casi igual de blanca, pero la silla no es biodegradable; y yo sí.

Alberto me saluda desde la ventana de la cocina, se ve feliz, para él estas supuestas vacaciones son una especie de reconciliación para ninguna pelea, el religamiento de votos nunca rotos, el aseguramiento de la calidad del amor ISO 9002 para el cual su empresa se ha sometido a los más rigurosos entrenamientos con capacitadores extranjeros durante semanas, durante las cuales apenas si lo he visto llegar un día de la semana antes de las diez.

Ahora viene con un par de tragos en la mano, el pintor pensó que esa mujer en la silla se veía muy sola y necesitaba a la par un niño a quien no escuchara ni deseara, o bien un trago en la mano. Se decidió por el trago. Y aquí viene Alberto. Diez años después todavía no he logrado decirle que odio el daiquirí casi tanto como amo el mojito. Esas frescas hojas verdes. Bien cargado.

En momentos así entiendo que una civilización quiera alimentar al sol de la sangre de sus enemigos para eliminarle esa sensación de monotonía. Es decir, cambiar por lo menos al pintor por un director de cine, así pasaría algo en mi vida, de preferencia bien guapo, siempre y cuando no sea de la Nueva Ola Francesa, porque si no es mejor ver la película entera en View Master.

Él pudo haber sido mi director de cine. Es guapo, o al menos yo desarrollé la capacidad de verlo guapísimo, en la certeza de cada comentario, en la fluidez de cada movimiento, en la sensualidad de cada caricia, como si en cada trozo de piel reposara toda mi capacidad de sentir. A veces, objetivamente reconozco un lente de aumento con su nombre, y lo uso para todo. Pero así siento yo, así me gusta sentir, y sería demasiado alto el precio de cambiar amor por anestesia.

El lente cae también sobre las tristezas, claro está. Sobre mi estómago, así esté lleno de mariposas o sea un frasco de gotas amargas. Recuerdo la gata de mi tía Eduviges, la panza de la gata ese día. Estaba muerta, pero la panza todavía se movía con pasadas lentas de vez en cuando, me sorprendió, recordé los insectos en el laboratorio del colegio cuando los hacíamos saltar con corrientes eléctricas. Entonces me di cuenta de la razón de los movimientos: estaba recién muerta, pero también embarazada, y los gatitos se movían por debajo de la pelambre. Así siento mi panza en esos momentos: muerta, pero preñada de otra cosa; con esperanza, pero sin ningún futuro.

El pintor añade un todoterreno trepando por la ladera (le pareció más cool que un yip subiendo el cerro). Ahí se queda gran rato, le da tiempo de trazar bien sobre el lienzo las bolitas del humo gris del diesel, la sensación de lejanía, la imposibilidad de auxiliarlo si algo le pasara aunque seríamos testigos de todo.

Es mi cuñado: familia completa, hijos y todo, una señora y un señor con permanente disfraz de papás: la felicidad misma reseca en la civilización. La constelación se completa con su llegada. Pero el pintor no sabe cómo me siento; solo me mira quieta en mi silla, levantándome para saludar, sin posibilidad o más bien sin ganas de contar las intenciones reales de Alberto, ni siquiera de discutirlo con él por la noche para brindar un espectáculo entonces sí completamente familiar, con gritos apagados de discusión en el fondo de la casa mientras los papás con su disfraz de papás tratan de dormir a los niños, con su disfraz de niños, para protegerlos. Pero ni siquiera eso pasa. No tengo nada que discutir con él.

Alberto viene de nuevo hacia la piscina, ahora trae no dos, sino cuatro tragos y dos cocas, yo le sonrío por primera vez y estoy feliz, él lo nota y sonríe como si el Niño le hubiera traído un regalo una vez más. De repente yo sonrío. Sí, sonrío, agradada, como si me hubieran contado un chiste que sin embargo ya no recuerdo. Nadie sabe por qué y en realidad ellos no lo notan. El pintor registra mi sonrisa y no la entiende. Yo pienso en ese momento que ya tomé mi decisión. No sé por qué; no sé cuál decisión.

Ahora entiendo la intención del pintor: quiere la inmovilidad de su modelo, pero también la sufre. Es él quien no tiene esperanza y la alimenta con tubos de acrílico. No sé cómo pero tomé mi decisión: la vida no tiene que ser así por fuerza.

Quizás por eso he vuelto a pensar en ese día, he podido recrear lo ocurrido ese día, papá con la máscara. Me perseguía por toda la casa, nunca antes lo había hecho. Sentía pánico, como si por primera vez deseara que papá nunca se quitara la máscara, como si por primera vez no supiera qué había debajo. Me escondí debajo de una pila de afuera, que casi nunca se usaba, entre un montón de herramientas herrumbradas. Sentía los trozos de metal desprendiéndose debajo y junto a mí, por todas partes, manchándome el vestido y rasguñándome porque yo me había metido ahí a la fuerza, desplazando un machete viejo, una jaula de gallos abandonada, un rollo de alambre.

Yo me sentía con el alambre herrumbrado metido en el pecho, y si me movía podía herirme las paredes desde adentro. Por eso trataba de estarme quieta, de resistir el dolor, de no pensar en las manchas de cobre en el vestido.

Así estuve mucho rato. No sé cuánto la verdad. Tal vez horas, tal vez unos pocos minutos, ya no lo puedo decir. Hasta que él me encontró, yo estaba a punto de desmayarme. No quería que se quitara la máscara, no me podía mover pero él me sacó de mi agujero.

Me parece que yo tenía razón en decir que ese día se había comportado distinto de siempre que venía con la máscara puesta. Había algo raro, de hecho al quitársela no estaba segura de si era él, veía borroso con los ojos lacrimosos y llenos de sudor. La memoria es un mal nombre para todo esto. El alambre contra el pecho, los gallos de la jaula, es todo lo que tengo, son como esos ocres durmiendo en el fondo de la caverna de Blombos, que ahora salen y nos llaman, y a veces pienso que ese rostro no era de papá, sino de tío Elías. Que era él quien ese día andaba con la máscara, o quizás, no lo sé, que fue él quien después dejó mi cuerpo desmadejado entre las sábanas, tibio, con los ojos abiertos, como un gatito recién atropellado.

sábado, octubre 17, 2009

DESELECCIÓN ANTINATURAL: Guillermo Barquero



Este blog ha sido asaz consentidor con el género poético. Pues ya le llegó el turno a la narrativa, el género madre o padre donde caben todos los demás géneros.

Empecemos con Guillermo Barquero.

Guillermo Barquero nace en 1979 en San José, Costa Rica. Ha publicado La Corona de espinas (cuento, 2005); compiló, junto a Juan Murillo, el volumen Historias de nunca acabar: Nuevo cuento costarricense, en preparación por la Editorial Costa Rica. Relatos suyos han aparecido en la revistas Voces (España) y Letralia (Venezuela) y en la antología Presagios de muerte y esperanza —Taller literario La Parrilla, Belén— (2009). Ha colaborado asiduamente con artículos de temas literarios para el periódico Ojo. Mantiene una bitácora de reseñas literarias con el nombre de Sentencias Inútiles en la dirección www.sentenciasinutiles.blogspot.com


Deselección antinatural

Lo digo sin afán de provocar lástima: fui pintor; no digo que era pintor, sino que fui pintor. Finito, se acabó hace tiempo. Entre cada puñado de trazos, chupaba el pincel, sentía el sabor dulce del pigmento y el diluyente entraba en mi organismo muy lento, y caía en un estado de gracia o narcosis, hasta terminar el cuadro completamente drogado. Ahora, sin brazos ni piernas, la pintura se acabó. Sería demasiado complicado explicar cómo, sin brazos, sin piernas ni prótesis, sin ninguna extremidad, escribo estas líneas.

Aclaro, porque es obligatorio: no soy escritor. Alguna vez, cuando se me habían arrancado dos de los dedos de la mano derecha, escribía poesía, incluso anunciaba a los cuatro vientos que era poeta. Ahora sé que no lo fui, no lo era, no lo soy, no lo seré; para ser poeta, se necesita estar imbuido de la constante idea de una muerte prematura, hace falta querer que a uno le peguen un tiro entre las cejas o que lo envenenen con algún fertilizante vulgar, o estar invadido por un sentimiento heroico en el que se quiere salvar el mundo, para al final morir acribillado en una callejuela infecta.

Pero yo nunca tuve ese arresto absurdo de los poetas, simplemente escribía versos al comenzar a pudrírseme los dedos de las manos, poco a poco, como un racimo de bananos ennegrecidos, que de tanto en tanto se caen, sin poderse hacer nada.

En algún momento, cuando solo me quedaban un muñón del lado izquierdo y dos dedos de una mano, decidí reclutarme en la oficina de correos; fue algo natural: mi padre había sido cartero. Entregaba sobres por todos lados, hablaba con la gente, que me miraba sin mala intención los brazos truncos, pero a la vez se admiraban de mi habilidad, que hacía parecer que había nacido así, que mi madre había tomado talidomida para no vomitar y me había mutilado inintencionadamente, en una oscura carnicería dentro de su vientre puntiagudo. Cuando los dedos se me comenzaron a caer –no es tan horrible como pudiera pensarse, era como ir perdiendo insensiblemente el cabello, y despertarse un día medio calvo, un poco melancólico por los tiempos idos de la juventud-, me dejaron de interesar las cartas y los paquetes, es decir, el acto de entregarlos, así que comencé a dedicarme a llevar sobres venidos de todas parte del mundo y paquetes rectangulares a mi casa, que realmente era un sucio cuarto de seis por ocho metros.

En las noches, me colocaba el aditamento que pretendía ser un garfio, pero que no tenía forma definida, cuyo filo era capaz de atravesar la carne –no pocas veces me corté el pellejo y sangré al afilar el aparato-, y con él abría sobres de manila, de cartón o de papel bond. Leía cartas por las noches, y seleccionaba las que fuesen de amor, sobre todo las de amor, que me ponía a leer al caer las madrugadas, sin afanes sensibleros, sin remordimientos por amores idos (que nunca tuve, por cierto), sino por algo parecido al acto de escribir poesía, cosa que no quiero ni voy a explicar en detalle.

Llegaba por mi paquete en la mañana, a la oficina de correos, por supuesto que sin ningún aditamento más que lo que me iba quedando de abdomen y lo poco de tórax que restaba, recogía las grandes bolsas, pesadas y grises. Decía buenos días compañeros y fingía preocupación por el arduo día de trabajo que me esperaba; bueno, aunque debo decir, con algo de orgullo, que caminaba muchas calles y entregaba algunos sobres y a veces recibía el agradecimiento de la gente, pero luego llegaba hasta mi habitación y pasaba el resto del día revisando, abriendo, rompiendo, leyendo, sobresaltándome y releyendo, anotando y cabeceando, cansado y narcotizado por las malas noticias, los desengaños y las mentiras tan, pero tan amargas. Lo que más costaba abrir eran los paquetes rectangulares, de los que esperaba siempre libros. Hallaba muñecas, carritos de baterías, comidas (lo cual no me disgustaba), lamparitas plegables de mesa (muy útiles en las noches); los libros: manuales de Merck de patología, quijotes, piosbarojas, panfletos de asquerosa política de izquierda y derecha. Casi nada que sirviera. Me costaba leer, además; lo hacía en un atril que había logrado desembalar de uno de los paquetes, pero la posición inclinada era un incómodo remedo de alguien sentado a la ventana leyendo.

En esos tiempos, también recibía visitas de amigos que, o se comportaban con una amabilidad enternecedora, o de verdad reconocían lo heteróclito que iba quedando; pude tener relaciones sexuales, sin gemidos y apenas con alguna que otra sensación; se me había caído ya la maxila y no tenía nariz, pero aún así gemía a mi manera, por dentro, como el grito desesperado de un sordomudo a quien le apuntan con una pistola.

Luego, me echaron, como era de esperarse, aunque no fue uno de esos despidos turbadores y humillantes, sino un amasijo de expresiones compungidas, de felicitaciones veladas y despedidas tristes como si se tratara de un aeropuerto; hubo abrazos en donde primero se pudo, era difícil encontrar algo aún en pie. Después de todo, no podía seguir ni robando ni entregando paquetes ni sobres, pues para ese entonces solo tenía un pedazo de una pierna, y de los brazos no quedaba más que sus nombres y su recuerdo, como vaguísimas reminiscencias de un pasado ni feliz ni triste, un pasado a secas. No quise más trabajos y no por vergüenza, ni por ser una especie de proscrito de la Edad Media, sino porque el desplazamiento era dificultoso en extremo; lo que no estaba negro, estaba morado, lo que no estaba como congelado desde una era glacial era un amasijo informe que no podía ser reutilizado. La pensión por invalidez me alcanzaba, por pura suerte.

Leí frenéticamente, primero con un solo ojo, luego sin ninguno, de una forma fragmentaria, porque tampoco tenía dedos ni extremidades (eso era cosa de un pasado lejanísimo), pero podía sentir los impulsos de las páginas y reía sin boca con los diálogos y las locuras de los franceses del siglo XIX y Dostoievski, porque cualquier cosa después de ellos me parecía deleznable. No leía en lo absoluto poesía.

Y es evidente que los espejos no mienten y, aunque no pudiera verme, sabía que el reflejo era el de una cosa que alguna vez fue humana, y honestamente no sentía vergüenza cuando me ponía de pie (lo cual es un decir) y esperaba el oscuro reflejo de varios órganos interconectados como las tuberías de gas de una de las grandes capitales del continente, una red de funciones, de pensamientos y anhelos.

Comencé a yacer más a menudo entre las sábanas manchadas, sabiendo que no eran muchas las cosas que podía hacer, menos lo que podía comer o beber, y aún menos lo que era capaz de distinguir en el paisaje de sombras de las noches. Esto fue hace siglos, pero bien podría ser lo que pensé antes de comenzar a escribir estas palabras. Y comencé a sentir algo como la nostalgia al pensar en mi vida de pintor, y busqué el caballete, lleno de manchas, que había dejado en la esquina más abandonada de este cuarto; encontré con dificultad los tubos de pintura y me convencí, de pronto, después de pensar y pensar, formado solo por un pulmón, una tráquea, un hígado y un puñado de cabellos pegados a un cuadro de piel en franca decadencia, que había sido un buen pintor, un artista íntegro al menos. Sin verla, siento la fuerza de mi última pintura, que está clavada en la pared sobre el respaldar de esta cama; es hermosa, es un retrato hermoso. No puedo verla, pero el aroma del óleo seco es inconfundible, baja desde la tráquea hasta el pulmón, mezclado apenas con el olor del cigarro.

Ahora, no sé cómo escribo estas líneas (¿Finales? ¿Prefiguradoras de algo?), para qué lo hago; no lo explicaré, es muy complejo o quizás completamente inútil. No es necesario explicar cada cosa ni buscarse gratuitamente amarguras en algún sitio enterradas.

Hay que aprovechar el tiempo en algo, tengo buenas oportunidades como objeto de exhibición en una morgue o una universidad, objeto de culto: un hígado inmóvil, flotando en un frasco lleno de formalina, sin tener que dar explicaciones, sin tener que hacer el esfuerzo de moverme; aún sin cabeza es posible anhelar, aunque no lo crean.