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miércoles, octubre 01, 2008

FESTINA LENTE




(Tres notas reiterativas a propósito de El más violento paraíso y Canciones a la muerte de los niños) [i]


I. Presencia de Dionisos en las Canciones... o Un beso is not a kiss!

Canciones a la muerte de los niños es la segunda novela de una trilogía que aún no tiene nombre [ii]. De alguna manera, esta segunda novela es el centro del conjunto, el corazón de la noche dionisiaca y, por tanto, la parte más oscura de la trilogía planeada. El primer tomo, titulado El más violento paraíso y el tercero, hasta hoy, apenas esbozado) son o serán más luminosos y más sueltos que el texto intermedio. La razón es obvia: el centro es donde está lo oculto, lo ominoso de todo sistema, sea este una ciudad, una galaxia o una trilogía de novelas. Canciones es pues el eje de donde se agarran las otras dos como brazos de una galaxia espiral para girar en la noche de nuestro mapa literario [iii].

El plan de esta novela es más sencillo que el de EMVP [iv]. Primero porque es más breve ( unas 400 páginas) y luego porque siendo un núcleo, es más compacto. En Canciones, además, hay una tríada de personajes, Cachi, Lucy y Sergio, que son los protagonistas de principio a fin, y ellos mismos se convierten en el fin último de cada uno de los casi 300 episodios; es decir, como en los textos más convencionales, la novela se da principalmente a través de ellos. Pero hasta ahí llega el empleo de recursos propios de una veta más tradicional. CMN es a ratos tan policrónica como EMVP pero quizá un poco menos ubicua que ésta. Los personajes con frecuencia se mueven en tiempos y espacios que tienen que ser definidos por un lector activo y no por el narrador. Y no puede ser de otra manera. En el dionisismo y su cohorte de drogas, el tiempo y el espacio, más que una línea, son un caleidoscopio en perpetuo girar (de nuevo la imagen de la galaxia).

También por eso hay contradicciones aparentes que se dan con mucha regularidad en el texto, porque si el tiempo/espacio es un elemento más y no el regente central de los hechos, entonces los hechos mismos son relativos. ¿De qué manera? Pues en el mismo sentido que señalamos arriba: cada hecho es falso o verdadero, relevante o no relevante, según la óptica que quiera tener el lector, valga decir, la persona que observa a través del caleidoscopio. Pero no propongo que el lector siga una serie de pistas para que llegue finalmente a un desenlace propuesto por el autor. Eso sería establecer una intención descaradamente didáctica [v] o aleccionante de parte mía, cuando lo que busco es lo contrario: hacer del lector copartícipe del texto en el plano de la trama. Por eso me apresuro a explicar la razón fundamental del recurso, más bien orientado de nuevo hacia lo dionisíaco.

Apolo y Dionisos no son en sus orígenes deidades de opuestos racionales o apolíneos, como tan clásicamente lo describiera Nietzsche. Esta elaboración es posterior a la etapa más natural y creativa del dios; un mundo en que Dionisos (junto a su madre) era el centro y el fin del universo; dios de la caza y la siembra, la tempestad y la cosecha; guardián de la alegría, el horror y la muerte. Dicha etapa “libre y primitiva” va más o menos del tercer milenio a.C. hasta el siglo X a.C. Porque ya en la logocéntrica Atenas de Pericles (s. V a.C.) tenemos a un Dionisos domesticado, si bien todavía un poco borracho y travieso. Su nombre aún es capaz de generar respeto y culto, pero ya no asombro y veneración, manía (como llamaban los griegos a la locura), desplazamiento de la realidad aparente del mundo para así conseguir el fin último: la epifanía y la entrega completa al dios. Y si esta epifanía demandaba sangre y sacrificio, pues se le daba, dentro o fuera de la violencia que el rito prescribía. Sin embargo, entre las cotizadas bendiciones de Dionisos también estaban la cordura, la civilización, el conocimiento, las artes y la trascendencia; por lo que Baco era un dios “completo”, no el niño malcriado e indolente de la mitología griega posterior; y definitivamente tampoco el blandengue portador de un par de atributos menores (el vino y la fiesta) que el encopetado jet set olímpico ni siquiera se molestaba en disputar.

Pero esta completitud prehelénica —digamos, primigenia— lo hacía incorporar todos los opuestos y todas las contradicciones de la vida humana. Así, Dionisos, más que el dios del vino, de la muerte o del sexo desenfrenado, era en esencia la representación del oxímoron universal, la Zoé [vi] en su multiformidad abarcadora, aquello que los mediterráneos neolíticos habían logrado unificar en la imagen de la Gran Diosa Madre.

Esta Diosa Madre (identificada por los helenos como Ariadna, Semele, Urania o Rea, según el momento histórico) fue la deidad central de la Creta neolítica. Más adelante se le adjuntó el elemento germinal masculino (Zagreo), un joven cazador que le servía tanto de consorte como de hijo. La imagen iconográfica de esta deidad fue mutando desde la de un árbol de laurel, pasando por la de un macho cabrío, un sátiro barbudo y un toro sacrificial hasta llegar al efebo lánguido, temperamental y afeminado de los tiempos clásicos. Y no está de más agregar que su refinamiento le costó el poder, pues para cuando se pusieron de moda en el Imperio Romano las religiones semitas, Baco ya había dado toda la vuelta evolutiva y se presentaba ahora como el cuasi castrado consorte de la diosa Isis [vii], cuando no de Cibeles, Astarté o algún otro fósil de madre ancestral. Una imagen tan andrógina y refinada podía (al igual que Elagábalo) provocar mucha libido entre algunos romanos, pero nunca entre los más adustos cultivadores de la idolatría al poder masculino. (Para eso, claro, estaban Hércules, Júpiter, Vulcano y los gladiadores).

Pero en esta novela me interesa rescatar al Dionisos químicamente más puro; aquel que evolucionó en Creta [viii] desde el 3000 a.C., hasta poco antes de la Guerra de Troya. Este es el dios-oxímoron salvador y destructor de la humanidad, el consorte de la Diosa Madre y aquel que los cretenses representaron, desde casi el principio de su culto hasta su final, como un monstruo [ix] mitad hombre, mitad toro. Aquí es donde nos tropezamos cara a cara con el Minotauro y de paso con el eje de la novela. Me interesa este dios y no otro precisamente porque la idea del oxímoron lo hace más humanamente total (en el buen y mal sentido de la palabra). Por eso lo que ocurre en la novela tal vez ocurre, o quizá es un reflejo de Apolo (El que hiere desde lejos, originalmente un aspecto destructor de Dionisos, una parte de lo dionisíaco, y más adelante un hermano y antónimo). Y así, en Canciones a la muerte de los niños no se desea ni se pretende que elementos que se pueden percibir como sueños, miedos, delirios, transmigraciones, razonamientos, pesadillas, frenesíes, orgasmos, contactos, aprendizajes, experiencias o instintos estén precodificados y neutralizados como “de más importantes a menos importantes”, “de más reales a menos reales”, o incluso, “de más significativos a menos significativos”. Ese es un trabajo para el lector, si es que lo quiere hacer, porque en lo que a la novela concierene, esta categorización viene siendo un tanto secundaria a sus intereses y, en el fondo, también contradictoria con su naturaleza. Es decir, ¡los eventos están ahí y punto! Y es que hay que decirlo de una buena vez por todas: los símbolos, antinomios o solipsismos propios de Canciones a la muerte de los niños, al igual que en la novela anterior, no corresponden en primera instancia a una intención hermenéutico-exegética (algo que en principio nos condenaría a quedarnos en el paradigma tradicional de novela) sino a lo que hemos venido diciendo desde el principio: la trilogía está signada en el lenguaje de lo dionisiaco, es decir, lo onírico, lo intenso, lo estético, lo vibrante y lo abrasador. Estas novelas, entonces, antes que pretender expresar una idea nueva o trascendente, simplemete están hablando en otro idioma, un lenguaje muy lejano del realismo endémico de Costa Rica; una lengua que —a falta de una mejor metáfora— solo se puede decir que es casi el mismo idioma en que un poeta concibe y escribe su poesía [x].

Ahora bien, tampoco pretendo decir que no hay cosas o ideas nuevas, pero están íntimamente asociadas a la creación de un discurso novelístico distinto. El eje es pues un nuevo lenguaje novelístico que, inevitablemente, arrastrará un contenido distinto. Se debe quizás recordar una realidad semiótica muy frecuentemente obviada por los que escribimos: un idioma diferente inevitablemente arrastra una forma diferente de pensar, porque la lengua siempre es producto primario de la cultura y la ideología que la han generado. Así entonces, un cambio de signo siempre conlleva un cambio de significado. No es lo mismo decir diplomacia en español de Costa Rica que diplomacy en inglés australiano o diplomacia en español de Castilla. Algo así como aquel hombre travesti heterosexual (en uno de tantos trabajos rubricados por J. Schifter) que afirmaba permitirse usar ropa de mujer (es decir, cambiar de lenguaje corporal) porque “le daba permiso de pensar de manera distinta”. O como también señala el título de un poema chicano de los años 80: Un beso is not a kiss. Porque kiss no es beso ni beso es kiss; lo mismo que arte no es kunst ni kunst es arte. Y este lenguaje novelístico distinto ha creado, en mi caso, la novela dionisíaca.

Por eso el lector de Canciones solo debe tener una cosa en cuenta. Al igual que EMVP, esta es una novela dionisíaca, no solo porque el tema es dionisiaco sino porque además está escrita o estructurada en dionisiaco.

Y si bien ese es el eje de la trilogía que me ocupa, debo hacer una advertencia importante. Un análisis equivocado o superficial de lo que acabo de expresar bien podría suponer que mi propuesta es el caos literario, la no forma, la no estructura, en fin, la anti-novela [xi]; pero se debe tener en cuenta que una cosa es concepción, otra es método y otra más obra terminada. El arte, vale la pena recordarlo, es infundio, artificio, por lo que lo antes expresado vale para la novela como producto final y no remite necesariamente a mi método de escritura [xii]. Canciones a la muerte de los niños es más bien una obra pensada y estructurada de manera casi obsesiva (sino que lo digan los amigos que me han visto escribirla y reescribirla durante más de ocho años).

Por eso, a lo que aspira un escritor de novelas como las mías no es tanto a ser “entendido” sino a que el lector al final tal vez pueda decir, como el personaje shakespeariano:
And yet, there is method in his madness... es decir, el suyo es otro idioma.

Y este otro idioma es el que me da permiso de pensar distinto.

Febrero-marzo, 2004.


II. ¿Ausencia de causa o de efecto en las Canciones...?

Quizás lo más difícil para mí sea definir lo dionisíaco en los términos en que lo he venido a concebir. Porque muy distinto históricamente ha sido el dionisismo del filólogo e historiador Walter Otto, quien pensaba en un dionisismo vivo (como religión) donde el eje cúltico central era la epifanía del dios, en comparación al dionisismo vitalista y maniqueo de Nietzsche. Así se podría hablar del dionisismo en autoridades como Graves, Nilsson, Frazer o Kerenyi, para citar la primera mitad del s. XX.

El dionisismo inherente a El más violento paraíso y a Canciones a la muerte de los niños anda más cercano al mundo de lo estético asociado a una cierta dosis de existencialismo de trasnoche. No podemos dejar de confesarlo: el abatimiento vital o esplín ya casi no está de moda porque ha sido sustituido por el olvido, la ausencia de historia y la trivialización. Y ante un mundo que no hace más que zappear con el control remoto o desbaratar a golpes el play station, no queda más que la dignidad de las antiguas religiones. El desencanto no es nada nuevo, pero por ello no debe ser condenado al olvido. El dionisismo, entonces, sirve a nuestros propósitos de dos maneras: primero que todo acepta la muerte no solo como un hecho de la vida sino también como un hecho mágico de la vida. Los órficos y otras religiones mistéricas destronaron el averno preclásico y demócrata donde iban a parar todas las almas sin importar su conducta o visión de mundo, y en su lugar crearon una serie de “reencarnaciones” y “vidas eternas” donde podían seguir gozando, precisamente, de la vida. Pero este solo hecho los hubiera hermanado con las religiones semitas de la Biblia, el Corán y el Talmud. Tenía que haber algo más, y ese “más” está en aceptar, ¡y hacerse acreedor!, de la transmigración sin dejar del todo de ser un sibarita. Actitud de sobra cínica pero que sirve de respueta (cuando menos estética) a ese mundo de autómatas al filo de la silla por temor de que la estrella hollywoodense de moda se divorcie de nuevo. Un mundo así solo puede entendernos a través de métodos contundentes, y la religión de Dionisos es en todo sentido un trago radical: vitalista y sombría, procreadora y destructora; poseedora de un culto milenario muy reglamentado que, sin embargo, mata en sus ceremonias de forma aleatoria, es a fin de cuentas, una forma de vivr intensamente y de morir de igual manera. Quizás resulte —a título muy personal— la máquina del suicidio perfecto para un mundo que se quedó sin saber cómo trascender.

En este punto entran Cachi, Lucy y Sergio, pseudosuicidas por cualquier lado que se les mire. Ellos no sufren un gran vejamen particular ni son empujados por una policía secreta a matarse tomando agua infestada de cólera, pero tal vez sí salieron un tanto defectuosos de fábrica. Porque la tolerancia a la frivolidad, la mojigatería y lo baladí, es, a pesar de todo, una forma de supervivencia, casi que podríamos decir una parte constitutiva del sistema inmunológico. Y cuando se nace sin estas defensas el individuo se va deteriorando hasta que debe ingresar a un burbuja aislante para extender un poco más la esperanza de vida. Los amigos entran en esa burbuja auque ya están infectados, y a pesar de eso, el aislamiento les termina de aclarar la conciencia: saben que son víctimas aquiescentes, según decir de los vampirólogos, o phármakoi escogidos, según decían los antiguos discípulos de Baco. Por eso el juego de la víctima-victimaria y viceversa permea tanto las dos novelas: Dionisos es siempre un víctima que victimiza y un dios victimizado.

Pero como verdaderos dionisiacos saben que su destino puede ser mejor después de la transmigración, toda vez que no se dejen arrastrar por la infamia de lo superficial y lo sin sentido, valga decir, lo que no trasciende junto a la violencia sin causa; porque toda violencia que no genere trascendencia es impía a los ojos del Dios.

¿Y qué es trascendencia? Quizás el oficio de darle sentido a la vida. No tiene que ser coherente con el “logos” o con las creencias al uso; basta con rubricarla de tal manera que tenga un lugar fijo en el caos que viene con la muerte. ¿Contradictorio? Tal vez. Ese es el oxímoron dionisiaco del que he venido hablando. Este dios no concilia ni contrapone opuestos, no los hermana ni los mezcla, simplemente los funde en una nueva realidad que solo es asimilable a quienes practican su culto.

La vida de Cachi, Lucy y Sergio toma un rumbo extraño que parece bifurcarse al final de sus vidas. Ellos siempre buscaron fundirse entre sí y ser una especie de flor de diamantes en medio del vacío. Si lo logran o no, es algo que yo mismo no sé.
Aquí, en buna hora, entra el lector como coautor final de la novela y cumple la manía barthesiana de eliminar al autor.

Julio de 2004.


III. Algunas claves personales para leer Canciones a la muerte de los niños

i. El lenguaje.

Cuando vivía en EE.UU. (de los 5 a los 15 años) el único contacto con el español de Costa Rica era a través de mi familia inmediata: mi madre, mi hermano, mi hermana, una tía y un padrino. De ahí fuera todo era inglés o a veces un mal español con acento mexicano, nicaragüense o incluso ecuatoriano. Debido a eso, llegué a identificar el vernáculo nacional de Costa Rica con la lengua íntima en que pensaban y hablaban los míos. Creí que lo que ellos expresaban era el tico estándar, y algunas experiencias embarazosas a mi regreso a Costa Rica me demostraron que solo lo era en parte. Sobra decir que mis familiares, siendo de la clase media comerciante, tenían un vocabulario “muy florido”, para usar un término de Paquita la del Barrio, por lo que desde pequeño conozco el lenguaje fuerte, aunque lleno de chispas y metáforas debido a las lecturas y el ingenio poético de mi tía. Ese lenguaje estaba prohibido para los niños de la casa, pero claro, lo conocíamos de sobra. Tanto, que lo usábamos entre nosotros en un menjunje de inglañol cuando los adultos no estaban presentes. Esta forma de hablar llegó a ser una especie de idiolecto familiar, un “idioma” que ayudaba a codificar lo dicho para no ser comprendidos por otros latinos y reforzar un sentido de identidad. Por tanto, creó complicidad y mayor cercanía entre nosotros.

Al llegar a la vida adulta, me doy cuenta que los circunloquios y eufemismos de las “gentes correctas” cumplen el mismo rol: evitan que otros entiendan, o incluso, evitan que quien habla se vea involucrado en los hechos. No me pueden involucrar en la maldad de los demás si no hablo de su maldad con términos llanos que dejen al descubierto mi conocimiento de la cosa. Por eso uso “deposición” y “excremento” y no “caca” o “mierda”, etc. Y esta complicidad en el lenguaje es fundamental para crear un lazo de grupo. De ahí que Cachi y Lucy asuman el lenguaje más o menos paradójico de Sergio: un mezcla de lengua culta con la más clara salacidad [xiii]. Esto los acerca entre sí, y los aleja tanto del vulgo basto como de la clase culta mojigata.

La lengua vernácula en Canciones... es entonces el habla nacional de un país conformado por tres ciudadanos que además son “familia” al ser amantes entre sí. Y como esa novela es el mundo de estos individuos, el narrador mismo, sea omnisciente o testigo, hace como los romanos por estar entre romanos; porque si él o el autor subvirtiera el mundo de estos personajes hablando en “correcto”, destruiría el propósito de presentar el mundo de los tres desde su óptica ideológica, produciendo además un distanciamiento contrario a los postulados del dionisismo de “fundirse en los demás y con los demás”.

ii. Las influencias y la vanguardia.

Las cinco influencias fundamentales que contribuyeron en la gestación y desarrollo de Canciones... son: a.) la sátira romana, epitomizada por El Satiricón de Petronio; b.) la novela bizantina, representada aquí por la Historia de Apolonio o Gargantúa y Pantagruel; c.) las novelas de William Burroughs; d.) el anti-utopismo inglés y e.) el neobarroco cubano, particularmente en la novelística de Reinaldo Arenas y Severo Sarduy.

Para hablar de Petronio y la narrativa satírica romana cito, en primera instancia, un fragmento de Víctor Julio Peralta en su prólogo a El Satiricón (Editorial Costa Rica, 1977) en el que hace una sinopsis del origen del género satírico:

Para algunos autores El Satiricón (...) fue compuesto probalemente en el año 60 d. de J.C. y pertenece al género menipeo. En otros términos, se trata de una sátira menipea, la cual no es ciertamente de origen latino, sino griego. En efecto, el nombre se deriva del filósofo griego Menipo de Gádara que vivió hacia el año 250 a. d. J.C. Según Diógenes Laercio era oriundo de Fenicia y esclavo. Como muchos de la escuela de Antístenes y Diógenes (escuela Cínica), practicó la mendicidad con lo cual reunió una cantidad de dinero que le permitió redimirse y aun comprar el título de ciudadano de Tebas. Menipo, pues, inventó el género en el cual alternan la prosa y los versos, que solían ser parodias. Con esta modalidad el filósofo de Gádara ridiculizaba a sus colegas adversarios. Varrón (116-27 a. d. J.C.), aclimata este género en el latín. En su estilo no solo se intercambiaban la prosa y el verso a la manera de Menipo, sino además el griego y latín. Es presumible que por esta mezcla de elementos se le aplicó a estas composiciones el nombre de Sátira, posiblemente derivado de Satura: un plato en el cual se sevían diversos manjares en las fiestas de Ceres [xiv].

Esta explicación del origen de la sátira encierra una serie de signos paralelos a Canciones... A saber: 1.) la mezcla de poesía y narrativa; 2.) la concurrencia en el texto de más de un idioma; y 3.) la fuerte dósis satírica y paródica. Y aunque leí El Satiricón por primera vez en los años 80, no estoy del todo seguro si asumí algunos de estos elementos conscientemente a la hora de escribir mis novelas. Mi mejor conjetura es que no fue así; pero la relectura de Petronio en dos o tres ocasiones más me dejaron muy en claro la enorme deuda que siempre tendré con este autor. Basta decir, finalmente, que las concurrencias temáticas del boato excesivo, el amor con adolescentes, el culto radicalizado y ridculizado, la búsqueda extrema del placer y el continuum aventuresco en la narración, son todos temas comunes a mis novelas y al clásico de Petronio.

La novela bizantina, en el contexto de mis influencias, no viene siendo más que una continuación lógica de la novela romana. Se dice que era usualmente protagonizada por una pareja de enamorados, que se separa y vuelve a reunir una y otra vez, después de viajes y eventos variados. En cierta manera, la Novela Bizantina es una especie de novela de aventuras, y fue muy popular hasta el siglo XVI. Otras definiciones de diccionario para este género novelesco es que estaban llenas de imaginación, intrigas y sentimientos; relatos de viaje cuyo modelo son la novela griega: “Libro de Apolonio”, “Persiles”, etc. [xv]. Y en la misma Canciones... incluí otra de estas definiciones al uso comparando de forma paródica el terceto amoroso de Cachi, Lucy y Sergio con los amantes típicos del género: un tipo de novela muy popular antes del siglo XVII, y cuyo asunto casi siempre era la desdicha de dos amantes y una desmesurada acumulación de aventuras, episodios, viajes y naufragios inverosímiles que estos debían sufrir para al fin estar juntos.

Con el advenimiento de la ilustración y luego el romanticismo, el paradigma de novela se volvió más aristotélico, es decir, se redujo la acción a casi un solo espacio y los metarrelatos o historias secundarias empezaron a caer en desuso favoreciendo una suerte de “unidad de acción”. También se reduce sustancialmente el número de personajes y se establece definitivamente la tiránica unidad de tiempo que gobernó la novela occidental hasta bien entrado el s. XX. Por todo esto, si yo mismo tuviera que plantear tal desrrollo en términos peyorativos, diría que la novela posbizantina [xvi] (por muy buena que fuera) “perdió las alas” y se convirtió en una especie de cuento muy largo. Cuento que, por cierto, muchas veces no satisface las necesides estéticas del arte literario ene este momento.

La “novela-mundo” [xvii], entonces, no es un invento reciente ni mucho menos un invento nacional. Es más antigua que la República de Costa Rica en una proporción de uno a veintidós y en el último siglo fuimos testigos de su renacimiento (si bien metamorfoseada) en medio de las vanguardias europeas. Obras como Tres tristes tigres, Cien años de soledad o El color del verano todas tienen una o varias características que las remite al texto bizantino, porque, en mi opinión, el mundo natural de la novela bizantina o incluso dionisíaca es lo amorfo, lo hipertrofiado y lo bastardo que incluye múltiples formas y se dirige simultáneamente hacia muchos lados. Para unidades aristotélicas o cirugías preciosistas están la novela-cuento y sus variantes.

La mención de El color del verano de Reinaldo Arenas o de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante no es gratuita en este contexto, porque otro factor capital en el desarrollo de mi novelística ha sido el neobarroco cubano.

Empecé a leer autores cubanos en los setenta (recién regresado a Costa Rica) pero no tuve noticia de los grandes novelistas hasta la muerte de Arenas en 1991 [xviii]. Entonces leo sucesivamente a Arenas, Sarduy, Cabrera, Lezama, Casey y Piñera, pero mi amor se focaliza eventualmente en los primeros dos, pese a mi gran respeto por el monstruo de Lezama Lima. Y no hay que hilar mucho para ver a las claras la íntima relación que existe entre estos dos autores y las dos influencias antes mencionadas. El carnaval bajtiniano, tan presente en Sarduy y en Arenas, no es más que la teorización sobre la bacanal, las saturnales, y en último caso, los ritos ancestrales tanto de los cultos mistéricos como de las religiones oficiales de Grecia y Roma. Y por si fuera poco, ambos autores no se pueden resistir a la parodia y la sátira del país en que viven, particularmente en contra del mundo patriarcal homofóbico y la dictadura de Fidel Castro en Cuba.

El color del verano, obra voluminosa de más de 450 páginas, también incluye poemas satíricos llenos de jitanjáforas, un obra de teatro bufa protagonizada por los escritores de Cuba, varios episodios de la vida sexual del narrador y sus amigos, y una serie de personajes que van desde la “loca” de carnaval hasta los artistas más atildados de La Habana. Muchos de ellos, además, son trasuntos o heterónimos del mismo Arenas.

Esta descripción de la obra de Arenas deja muy claro hasta qué punto estoy en deuda con su novelística, pero la lección más grande que aprendí del pobre marielito suicida fue asumir mi oficio con valentía y respeto por lo que soy, y este respeto es el que me concede la gracia de burlarme de todo, empezando por mí mismo.

Una forma de resumir la influencia de Arenas y los cubanos en mi obra sería decir que la novela dionisiaca, es la respuesta costarricense de Alexánder Obando al neobarroco cubano.

William Burroughs es un personaje sin duda mítico. Padre y eje intelectual de la generación beat en los Estados Unidos, es también el experimentador más radical en novelística que ha tenido su país. El sistema de cut ups [xix], poco apreciado por el establishment literario, le permitió sin embargo, salirse del cánon estadounidense de realismo en un momento en que ya amenazaba con acartonarse irremediablemente. Más adelante utilizó los folletines de aventuras para chicos y los relatos porno, aunados a su conocimiento y uso de las drogas, para crear una novelística muy intensa y variada. Obras como El lugar de los caminos muertos o Los muchachos salvajes son ejemplos de novelas de gran calidad que cambiaron mi forma de ver el género novelístico. Burroughs me aclara y reafirma el papel bastardo y múltiple de este género a la vez que me da una importante lección: no se trata solo de lo narrado sino de cómo se ha de narrar. Fascinante que un autor a veces tan escabroso derroche tanto ingenio y tanta poesía a la hora de decir las cosas. Esa habilidad multifacética de su pluma, la capacidad de delirar mientras se escribe, es quizás su mejor atributo, por lo que Norman Mailer, otro novelista compatriota del padre beat, creó ver en Burroughs al “único escrittor contemporáneo de los EE.UU. que posiblemente sea un genio”.

La vanguardia estadounidense no se ha preocupado en ir mucho más allá de lo hecho por Burroughs por temor de caer en mayores dificultades de comunicación con el público. Porque también es cierto que las leyes de mercado presionan muy fuertemente al escritor para hacerse lo más claro posible. Muchos de ellos, lamentablemente, han radicalizado esta posición en aras de hacerse de más público y han terminado por crear novelas para dummies, una especie de resurgimiento del folletín sentimental de años anteriores disfrazado de obra intelectual sólida, afectivmente muy humana y estéticamente congruente.

Así pues, el novelista llega a la misma encrucijada a la que llegaron la música y la plástica en su momento: hay que decidirse por seguir haciendo arte o complacer la voracidad del mercado. Los puntos intermedios son deseables, pero no siempre funcionan bien.

Un lugar de privilegio en mis influencias ocupa el anti-utopismo novelístico inglés. Esta tendencia, muy fuerte en la primera mitad del siglo XX, se divulgó mucho en los Estados Unidos por medio de los folletines de ciencia ficción, el cine y las versiones para lectores jóvenes. Así pues, muchas de estas obras maestras las vi en el cine o las leí en versiones para niños antes de ocuparme de ellas en su forma original. Lugar de prominencia han llegado a tener en mi repertorio de novelas anti-utópicas obras maestras como Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, La naranja mecánica de Anthony Burgess, La máquina del tiempo de H. G. Wells o Las crónicas marcianas de Ray Bradbury. Esta última ni es novela ni es inglesa, pero se inserta muy bien en el grupo dadas dos de sus características fundamentales: pertenece al género de ciencia ficción y es anti-utópica. De hecho, la estructura de El más violento paraíso está inspirada en la noción de concebir Las crónicas marcianas, no como un cuentario de textos entrelazados, sino como una auténtica novela posmoderna.

Mención aparte merece el cine de los últimos 75 aňos, pero ya sería jugar con la paciencia del lector.

iii. Lo dionisiaco y la realidad.

En la cultura dionisiaca la alteración de la percepción por cualquier medio posible, ya sean las drogas, la meditación, las artes, la hipersensibilidad, la manía, etc., tiene la función casi sagrada de lograr atisbar un poco el mecanismo del universo, pero no para entenderlo, sino para ser una parte más íntegra de él. Este afán indudablemente hermana el dionisismo con la cultura new age de las segunda mitad del siglo XX, razón por la cual se le ha dado tanta relevancia a los estudios de esta antigua religión que más bien viene siendo un arquetipo de lo más perisitentes en la cultura humana.

Así pues, las palabras afines con el dionisismo son muchas: alucinación, procacidad, alteración, rebeldía, satanismo, mántica, alcoholismo, drogas, ubicuidad, violencia, transformación, sacrificio, astrología, sexo, tantrismo, parafilias, fiesta, brujería, carnaval, vampiros, delirio, baile, rito, comida, fasto, derroche, abundancia, intensidad, multiplicidad, locura, pérdida o fusión del yo, arte, licantropía, impulso, goce, deleite, misterio, muerte, meditación, homicidio, trascendencia, suicidio, atavismos, magia, prodigalidad, exceso, plagas, vitalidad, voluptuosidad, sicalipsis, irreverencia, juegos, música, etc., etc., etc.

Nótese que muchas de estas palabras, como violencia o exceso, no van con la agenda ideológica del new age, por lo que podemos decir que el dionisismo es en ese sentido más vasto que la propuesta de la llamada Era de Acuario. Y el dioniosismo, además, renuncia a una visión unitaria del mundo. Lo hace precismante porque la multiplicidad, para serlo, debe renunciar a una idea prefijada de unidad y totalidad [xx].

El poeta francés Paul Valery alguna vez enojó a sus críticos con la siguiente afirmación: La poesía es la más exacta de las ciencias. Y lo que a primeras vistas parece un disparate resulta ser, más bien, un balance bien medido de la situación que nos ocupa.

El realismo en arte siempre ha sido practicado con la creencia o ilusión de que es preciso y de que ofrece una suerte de método científico para determinar la realidad externa. Nunca se ha percatado de sus limitados métodos de percepción y del prejuicio de suponerse totalizador, gracias a los dogmas que arrastra de las ciencias “exactas”. La frase de Valery apunta entonces a la multiplicidad, o quizás aun a ciertos aspectos de la fenomenología, diciéndodonos que un poema nos puede permitir accesar aristas, tonos, sensorialidades y hechos del entorno que permanecen ocultos al método realista, víctima de su propia rigidez ideológica. La poesía favorece la sensación y la ambigüedad en tanto que el realismo, en su peor momento, solo acepta la narración y la descripción. En síntesis, el realismo ve el objeto como una fotografía, mientras las artes poéticas ven el objeto a través de un conjunto de espejos ubicados en ángulos y posiciones diversas que permiten su apreciación desde varios ángulos, un poco al estilo de la pintura cubista o incluso al entramado de un rompecabezas. Sea cual sea el resultado, la percepción es múltiple.

Por eso también he dicho que mis novelas pueden ser entendidas como novelas-poema. Lo dionisiaco favorece la percepcón ecléctica aún a costas de emborronar un poco los límites “clásicos” de la realidad, siendo todo esto en última instancia, una expansión de la misma.

Está de más decir que, en lo que a este autor se refiere, la cercanía al realismo tradicional y sentimentaloide [xxi] (salvo calificadas excepciones) puede equivaler a pobreza literaria, mientras que en la medida en que nuestras obras se acercan más a lo mágico y fantático en el lenguaje, ganan progresivamente en fuerza y calidad. Y esto no es idea mía ni tampoco reciente. El mismo Roman Jacobson ya hablaba hace medio siglo de la función poética del lenguaje literario, mientras hemos atisbado ideas similares en literatos y teóricos como Borges y Todorov.

Es evidente que la realidad contemporánea tiene mucho de común con la realidad ritual en el culto dionisíaco. (¿Otra paradoja?) Hay pérdida no solo de la memoria sino también del sentido histórico; y la nueva prodigalidad (por no decir saturación) de los mass media frgamentan esa realidad al punto de convertirla en mínimos retazos que debemos armar con ausencia de las piezas claves. Así pues, nunca antes como ahora había estado el ser humano tan “drogado” dentro de su propia realidad. Nunca antes había estado tan urgido de un sentido de vida, aunque ese sentido (de nuevo otra paradoja) lo lleve a la autoaniquilación.

iv. Sirio y el Minotauro.

Aquí en realidad hay poco que decir porque lo demás lo debe decir la novela misma. Queda claro, sin embargo, que Sirio y el Minotauro son los símbolos vehiculares de la novela. Transportan su contenido ideológico y lo conectan con Dionisos, padre tutelar de la trilogía.

Son, por supuesto, símbolos-oxímoros porque proponen el vacío como fin de todo acto humano, pero a la vez llevan a la intensidad y la violencia ritual como formas de conjurar y evadir ese vacío. Un vacío que —para completar la paradoja— resulta imposible de llenar.

En consecuencia, como si fuera una estrella de palabras, la novela dionisiaca queda también marcada por la circularidad. No hay principio, como tampoco hay fin.

Y lo mismo sucede con la bestia llamada Minotauro. No puede salir de su laberinto porque no cesa de buscar a los suyos entre tinieblas. El pobre ignora que su especie es diferente a la de los dragones o los vampiros.

No acaba de entender, pues, que él es el único de su estirpe.

Marzo de 2005.

Cuatro años después de lo escrito arriba, me vuelvo adicto a la Red y portales tan jugosos como Wikipedia. Ahora conozco, gracias a este portal y otros similares (además de la conversona con otros narradores) que existen términos importantes para criticar y despedazar el tipo de novela que escribo. Lamentablemente, la gran mayoría están en inglés. Pero si alguien busca en ese idioma o se las agencia para encontrar otros portales con esta información, les recomiendo las siguentes palabras o frases: POSTMODERN LITERATURE, MAXIMALISM, HYSTERICAL NOVEL. (Las tres en Wikipedia-inglés).

NOTAS
[i] Estas notas están tomadas de mi diario personal y otros textos sueltos que a veces escribo. Su propósito inicial era de servir de guías a mis amigos en su lectura, y de meditación post factum a quien escribe, por tanto no tenían la intención de ir dirigido a un auditorio fuera de mi círculo íntimo (salvo el último fragmento, que ha sido hecho a solicitud). Por eso se verá en ellos mucho de subjetivo y también mucha repetición. Solo son el intento de explicar mi trabajo en una segunda instancia, un ir más allá de la lectura de las novelas.
[ii] Pienso quizás en Mythistórima o en Las espigas de Amnisos.
[iii] En la lectura de la novela se entiende mejor por qué recurro tanto a asociar las novelas de la trilogía con una galaxia. Recuérdese, quizá, que uno de los primeros nombres que tuvo Canciones... fue La Vía Láctea.
[iv] Irónico, porque construir las Canciones... fue un proceso más complejo.
[v] En sentido hermenéutico, donde un autor da “pistas” y “atisbos” para que el lector vaya determinando qué es lo que este autor quiere decir.
[vi] Recuérdese que los griegos tenían dos palabras para vida. La primera, bios, remitía a la particularidad e individualidad. Una bios era la vida de un ser específico, limitado y mortal. Zoé, por otra parte, remitía a la vida en abstracto y sin límites ni opuestos. La esencia del universo que se manifiesta en todos los seres vivos y cuya vastedad incorpora, incluso, a la misma muerte.
[vii] Aunque muy importantes en su país de origen, los romanos no tomaron muy en serio a los dioses consortes originales de estas diosas, identificándolos, más bien, con deidades locales menores.
[viii] Hubo desarrollos similares en Frigia y Tracia. De hecho, Otto, Nilsson y otros mitógrafos creían que Dionisos era originario de uno de estos dos lugares. La tésis más reciente, sin embargo, señala a Dionisos (el dios, no el nombre, que es griego) como de origen libio-cretense.
[ix] Quizás sea útil recordar aquí algunos de los varios sentidos que esta palabra posee tanto en castellano como en latín: a) ser fantástico y aterrorizador, y b) prodigio o maravilla.
[x] Algunos dirán que mis novelas son muy “obscenas” o “crudas” como para estar escritas o pensadas en lenguaje poético. Esta reflexión es posible si solamente se piensa la poesía en los términos idílicos y trasnochados que ya son lugar común en nuestro medio. De otra manera se entiende que la poesía no solo es Albán o Juana de Ibarbourou. También puede ser Villon, Catulo, Ginsberg o Lautremont.
[xi] No en el sentido que lo usaría Nicanor Parra, sino como texto nihilista total, si es que podemos concebir algo así.
[xii] Nota aparte merecen algunas personas (entre ellas varios escritores) que insisten en que EMVP necesita o necesitaba de una pulida (es decir, “poda”) para poder “tensar la acción”. Con esto quieren decir: concentrarse en el tema central, no permitir desvaríos o divagaciones excesivas y quizás hasta mantener la fábula dentro de cierto cánon de unidimensionalidad temática. Eso era, si no otra cosa, reescribir la novela para que se pudiera leer en lenguaje realista nacional o convertirla, incluso, en una especie de cuento muy largo, como muchas de nuestras novelas locales, que además, ahora se ven degradadas por querer seguir la moda de las multinacionales de ser novelitas a prueba de tontos, es decir: novelas para dummies.
Vale la pena preguntarse, entonces, cómo harían estas personas para podar y “tensar la acción” en algunas novelas de autores como Guillermo Cabrera Infante, François Rabelais, José Lezama Lima, James Joyce o el mismo Miguel de Cervantes. Reconozcámoslo entonces: al igual que en el cine y otras artes, las novelas pueden analizarse en grupos: en este caso binomios. Las hay que son novelas de “acción” (es decir, centradas en el qué va a pasar y ojalá que pase rápido) y las hay de “atmósfera” (es decir, centradas en instantes que se congelan o se prolongan vertiginosamente, tiempos que se desbocan en cámara lenta o hechos que parecen no haber sucedido o haber sucedido repetidas veces). Creo firmemente que las mías pertenecen a este segundo grupo. Son novelas para el lector que quiere seguir leyendo, no para el que quiere terminar de leer.
[xiii] No es coincidencia inocente de parte mía reconstruir lo que las crónicas narran. Sergio hablaría más o menos de la misma manera en que hablaba Rimbaud, si es que le creemos a Verlaine. Y Eunice Odio fue calificada por uno de sus contemporáneos como “la boca más sucia” del San José de su época.
[xiv] Diosa equivalente, ya se sabe, a la griega Deméter, también centro de un culto mistérico muy asociado en tiempos más antiguos al Dionisos vegetativo y taurino.
[xv] En cierto sentido podemos afirmar que tanto Don Quijote como Gargantúa y Pantagruel son parte o al menos hijas de este estilo novelístico, pues estaba en boga cuando ambas obras fueron escritas y ambas, también, incluyen muchas de sus propuestas.
[xvi] Llamo a la novela postbizantina novela apolínea, en oposición a mis criaturas, a quines llamo novelas dionissiacas. Con ello contradigo la tésis oximorónica de lo dionisisaco, pero resulta cómodo a nivel nomenclatural.
[xvii] Frase citada en La Nación por el poeta Mauricio Molina al referirse a El más violento paraíso.
[xviii] Curiosamente, coincide con el año en que me siento a escribir mi primera novela de madurez, un trabajo lastimosamente fracasado.
[xix] Consiste en tomar una página cualquiera del texto, digamos la ochenta, partirla en dos horizontalmente, luego irse a otra página al azar, digamos la cien, y pegar sobre ella, ya sea guardando el margen de arriba o el de abajo, el trozo de la página ochenta. Esto nos crea una nueva página, en parte la ochenta y en parte la cien. El sistema es aleatorio y permite jugar mucho con los valores de tiempo y espacio en la obra. Fue muy utilizado por Burroughs a partir de los 60.
[xx] De aquí los metarrelatos en mis novelas que parecen no tener nada que ver con el conjunto. Pero su función en la trama es muy importante porque, entre otras cosas, asisten en la idea de multiplicidad y desdoblamiento contínuo de la “realidad”.
[xxi] La nueva literatura fácil ocupa ahora el lugar dejado por la literatura de folletín.

sábado, septiembre 27, 2008

EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO, en la mira de Juan Murillo

Tomado del BLOG 100 Palabras por minuto de Juan Murillo

Alexánder Obando, 510 paginas, Ediciones Perro Azul, 2001.

Alexánder Obando nació en San José, Costa Rica en 1958 y vivió en los Estados Unidos hasta cumplir los 15 años, cuando regreso a Costa Rica donde ha vivido desde entonces. El más violento paraíso es su primera novela, publicada en Costa Rica por Perro Azul en una edición limitada que ya se encuentra agotada.

El más violento paraíso es una de las novelas importantes de la producción literaria latinoamericano de principio de siglo. No es, ni será nunca, una novela del gran público masivo, su calidad literaria es algo que se discute entre trincheras de bandos radicalmente opuestos, un poco como se hiciera y se hace con el Ulyses de Joyce. Al respecto a dicho Adriano Corrales, escritor y crítico costarricense, en la revista Aportes:

Este texto es probablemente el mayor esfuerzo narrativo de la contemporaneidad costarricense para darnos una visión amplia de la fragmentación, la enajenación y la exclusión propias de nuestra época. Barroca en mucho, laberíntica siempre, excesiva a veces, esta novela puede parecernos inusitada en nuestro país, pero nos propone una lectura totalmente nueva tras la cual se agazapa un narrador bien dotado apostando a la sustancia dentro del griterío y el vacío postmodernos.


A mi modo de ver, ninguna novela costarricense rompe tan violentamente con las restricciones impuestas por las buenas costumbres y las expectativas literarias y aborda con naturalidad todo el espectro de una sexualidad sin tapujos que tiene en esta novela un carácter casi epistemológico. En el vasto universo de la novela el sexo es una forma de entender la realidad. El más violento paraíso no es sin embargo una novela simplemente acerca del sexo, aunque este se convierte en proteica herramienta que les permite a los personajes abordar sus circumstancias y relacionarse con los otros. No, El más violento paraíso es en realidad una novela histórica, de la historia secreta, que se proyecta hacia el pasado y el futuro, y que presenta el desarrollo y evolución de la ciudad arquetípica que es todas las ciudades, que aquí es Bizancio, pero que también es Atlántida y Constantinopla y Sinus Iridium y el San Pedro de Obando. En esta novela se yergue como una arquitectura fantasmal la ciudad mítica que da a manos llenas y luego cobra con la muerte todos los favores otorgados.

La muerte esta siempre presente en la novela como un destino inmediato del cual no se pueden evadir los personajes. En los vertiginosos tránsitos a través del tiempo de esta obra la transitoriedad de la vida humana se resalta sin sentimentalismo y se expone como único destino posible. Al cierre de la novela esta certeza se reafirma brutalmente pero no sin que antes haya un último desplante frente al a Parca, la hubris que nos hace verdaderamente humanos.
El sexo y la muerte, Eros y Tanathos, el paraíso y la violencia. Sobre ese doble eje transita esta novela que pareciera no tener articulación posible. El libro se compone de capítulos que saltan en el tiempo de manera caprichosa y entre los cuales no parecieran existir más que las coincidencias temáticas arriba apuntadas. Sin duda, esa es la crítica más frecuente hecha a esta novela de Obando. Resulta interesante, sin embargo, descubrir mientras uno profundiza en la lectura, más allá de la página 400, que las conexiones entre los personajes y las edades de esta ciudad mítica que llama Bizancio empiezan ha hacerse tenuemente visibles, como axones que unieran una red en la oscuridad. Es en esta articulación tenue, apenas visible, pero importantísima donde entendemos que esta novela es algo más que un ejercicio de bazar literario donde cada pieza esta sola y no tiene que ver con las otras. En sueños, alucinaciones, hologramas, en toda representación de la realidad empiezan a empujar los personajes coyunturales de secciones independientes y adentrándose en la psiquis y en la realidad de los otros. ¿Qué los une entonces? ¿Qué une a estos personajes que habitan tiempos tan distintos sino la gran ciudad que habitan, la única y última? Y es esta ciudad la representación de una ciudad o una alegoría de la civilización de quien la ciudad es el símbolo más conspicuo. En una lectura como esta, El más violento paraíso se vuelve un intento de reflexión totalizadora, una verdadera exégesis de la historia humana, o quizá aun más, una propuesta, a través del doble eje del sexo y la muerte de la existencia en el espacio urbano.

Otro de los temas principales de la novela se compagina con la generación del mito de la ciudad y tiene que ver con textos de sesgo religioso o más exactamente pagano. En diversos capítulos Los Alados se hacen presentes, como entidades disociadas de la tradición judeo-cristiana, casi como si Obando los estuviese proponiendo como parte de un nuevo panteón para el cual la novela aporta textos fundacionales. Así mismo, hay una extensa apropiación de deidades que se pueden considerar "externas" o "marginales" a la tradición clásica del abrahamismo occidental que incluye a las religiones judía, cristiana y musulmana. La exclusión del la religiosidad abrahamica ubican a esta novela en una especie de neopaganismo híbrido que toma lo que necesita y desecha los marcos de referencia de las grandes religiones para con esa cosecha construir su propia religión. Se da cierta prominencia a los deidades del panteón hindú como Ganesha, Vishnu y Shiva Nataraya y las deidades griegas que se entrecruzan con los mitos de las Iluminaciones; algunos mayores, como Dionisios, o menores, como la musa Terpiscore. Pero también se incluyen deidades de tradiciones como la del Necronomicón Lovecraftiano, incluyendo a Los Antiguos y los Primordiales, especie de Titanes del protocosmos (Cthulu, Nyarlothotep, Hastur, Shub-Niggurath, etc) que fundamentan la futura religión Uranita que domina el tiempo futuro de la novela y de la cual el Necronomicón pareciera estar propuesto como libro sagrado, equivalente del Corán o la Biblia. La religión como ritual cumple entonces una función hexegética que permite, al igual que el sexo, acercarse y comprender la realidad desde mitos que explican o revelan el destino del hombre en la ciudad mítica. Existe así mismo secciones que sacralizan arquetipos en parajes que se infiltran o penetran en diferentes capítulos, como el minotauro, el druida o el sabio en el sillón oscuro (Rimbaud? el autor?), y que forman parte del corazón de la novela, el punto donde todos los fragmentos se reúnen, los capítulos del Arte Espagírica. La Espagírica, disciplina de la Alquimia, consiste en la separación de las criaturas sutiles de cualquier mixto imperfecto, para luego depurarlo y reunir en el compuesto original los espíritus para lograr una mixtura de mayor potencia. Esta és, me parece, la metáfora central de lo que Obando se ha propuesto con su novela. Destilar el espíritu de la ciudad mítica para fundar luego una mayor y pura, liberada de sus impurezas o ataduras históricas.

Es interesante hacer notar que el titulo original de la obra antes de su publicación era La Casa de Dionisios y que este titulo indicaba claramente como se subsume la arquitectura total de la novela en la atmósfera enrarecida de un dios pagano que representa los placeres carnales y de cuyos ritos bacanálicos se habla mucho en la novela y de los cuales la novela misma parece una alegoría expansiva. En ese sentido, la novela propone una anti-moral opuesta a las normativas consensuales y religiosas de occidente. De este acto de demolición controlada nos dice el escritor Estaban Ureña en el prólogo:

En todo caso, el horizonte de esta liberación es Dios, definido como quien hace posible lo imposible. Y el papel de la humanidad es entonces penelópico, es tener Esperanza en Dios.(...) ¿Debemos, entonces, abandonar toda esperanza? ¿Queremos hacerlo?O a partir de El más violento paraíso: ¿Cómo sería un mundo sin la Esperanza, ese 'verde embeleso de la vida humana'?La Esperanza es la de resucitar para ver Su Rostro, de encontrar iluminadas por su Luz Plan 'las cavernas del sentido' (p. 9)

Es claro que en la nueva propuesta la recompensa no esta en el más allá de las grandes religiones occidentales; que quizá no haya recompensa sino solo disfrute contemporáneo de la existencia en la ciudad que recicla a sus actores en una historia sin fin, regida por el placer y signada por la muerte, en cuyo caso las normativas tradicionales serian más que prescindibles.

La estructura de El más violento paraíso es lo que llama la intención a primera vista y es usualmente uno de los obstáculos que han encontrado los lectores de esta novela. La novela esta dividida en tres partes: Viaje a Bizancio, Los sueños del ángel y Urano en el laberinto. Entre estas tres secciones están repartidos 64 capítulos que varían grandemente en estilo, tema y trama, y que parecieran, a primera vista, ser todos independientes.

Los capítulos de la novela, sin embargo, pueden ser agrupados por sus relaciones internas:

Existen en la novela catorce capítulos llamados Iluminaciones y que consisten en la narración del mito fundacional de la ciudad que ocupa el papel central de la novela y los mitos de la religión Uranita. Estos capítulos están escritos en el estilo de los mitos Platónicos o griegos en general y detallan la fundación de la ciudad y la naturaleza de Dionisio el dios rector de El más violento paraíso.

El presente esta representado alternativamente el forma realista o fantástica e incluye el presente y pasado inmediato y se describe en capítulos que se centran o en el niño que a través de la novela vemos recurrir como una victima de su familia o extraños o muchachos que viven el viaje de su despertar sexual como una apertura al mundo maligno donde solo los espera la muerte. Así mismo incluye secciones que versan sobre Krys, arquitecta de la encarnación del Bizancio futuro, Sinus Iridum. Y la mitificación del pasado inmediato del autor en una batalla épica que enfrenta a los escritores de su país, Costa Rica, vivos y muertos y en la que los personajes de su novela, como el minotauro, irrumpen abruptamente. La batalla termina con la destrucción de la vieja ciudad y la fundación de un nuevo orden en el espacio arrasado.

El pasado remoto que incluye capítulos dilucidantes de la historia de Bizancio en lo que esa se relaciona con el resto de la novela, así como secciones que tienen que ver con Gilles de Rais, mariscal de Francia y segundo de Juana de Arco, cuyos placeres sangrientos parecen formar parte del espíritu de la nueva ciudad y que se encuentran directamente insertos en los capítulos de Arte Espagírica en los cuales hacen contacto con los otros símbolos centrales de la novela.

El futuro agrupa los capítulos que tiene lugar en Sinus Roris (La Tierra) o Sinus Iridium (La Luna) y que son sin duda alguna las únicas secciónes que mantiene una constante narrativa formal y que a mi modo de ver representan la verdadera trama, en sentido tradicional, de la novela. Es en estas secciones que por fin comprendemos que es el esquifo (droga de uso común) y los senso-clubes (salones de realidad virtual que permiten experimentar vivencias ajenas). Queda claro en los capítulos que a pesar de que esta sección se enmarcan dentro de lo que tradicionalmente se clasifica como ciencia ficción, a Obando en realidad no le interesa la ciencia 'dura' y utiliza su futuro construido como un escenario para continuar la saga que ha venido nutriendo con todos los capítulos anteriores y enfocarse en las relaciones interpersonales en lo que estas afectan el desarrollo del mito central.

Los senso-clubes y el esquifo representan a nivel de contenido dentro del universo de la novela la fragmentación, la experiencia revelativa o visionaria y la epifanía. No son diferentes en esencia a lo que experimenta el lector cuando lee El más violento paraíso y entendemos que el autor se ha limitado a exponer la naturaleza fragmentaría y disipada de la comunicación, el entretenimiento y el arte que se vive hoy en día y que probablemente solo se incrementará mañana. Al respecto de la fragmentación de la novela, de la cual el capitulo del `zapping´ llamado Una Noche en el Senso-club representa el ejemplo más puro, el crítico y escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez, en su ensayo El más violento paraíso: Del hipertexto al Minotauro-Lector (de América Central en el ojo de sus propios críticos, Universdidad Rafael Landívar, 2005), nos dice:

(...)este laberíntico texto, propone una lectura sesuda y exigente, pero a la vez incompleta, en la que el propio lector, atrapado en ese zapping, o cambio constante de canal con el control remoto, de esos vacíos o hechos no mencionados que propone la posmodernidad. (p. 40)
(...)El interactor esta rodeado de mensajes, de pantallas. No tiene tiempo para detenerse. Solo corre a `cliquear´las zonas calientes, a usar el zapping, a poner play, stop, eject, casi como un acto litúrgico, es decir mecánico. (p.41)

Méndez es del criterio de que la novela de Obando se puede considerar una de las pocas novelas posmodernas que se han producido en Latinoamérica, aún y cuando matiza inteligentemente el uso del término dentro de la realidad Latinoamericana. Los elementos formales la fragmentación, la extensión, la aparente carencia de sentido total de la obra se ofrecen como un puente adecuado para sacar esta conclusión. Sin embargo, a nuestro criterio para ser una novela posmoderna, el texto debería proponer la fragmentación del sentido y la interpretación de la realidad, de modo que haya que admitir una pluralidad de interpretaciones opuestas o paralelas de la realidad, en contraposición con la tendecia moderna de hacer una lectura univoca de la realidad. A nuestro modo de ver Obando hace un esfuerzo por unificar los textos con una lectura única de esta nueva realidad basado en los criterios que hemos expuesto arriba, o sea, la fundación de la ciudad mítica como un nuevo espacio vital liberado de las viejas ataduras de la moral y la religión y regidas por el doble signo del sexo y la violencia baja un nuevo imaginario religioso pagano.

Méndez en sus conclusiones nos propone que:

En estos modelos de la crisis del signo no se puede profundizar, solo puede mirar una mínima parte del todo. Como afirma Jameson se trata de un nuevo tipo de insipidez.(p. 42)


En la novela de Obando, el lector se enfrenta precisamente a ese vaciamiento de sentido, lo que causa rechazo, por lo que muchos han tenido que abandonar la lectura.(p.45)

Nosotros en cambio proponemos que la razón por la cual algunos lectores abandonan la lectura y por la que Méndez propone que el texto se puede manejar solo fragmentariamente es porque Obando no ha querido explicitar el sentido de su novela uniformemente a través del texto. El lector, como bien dice Méndez, le debe a este texto una lectura exigente y sesuda, que muchas veces no puede, por inclinación, por falta de tiempo, por costumbre, dedicarle. En la lectura de alta velocidad que se acostumbre en esta epoca, es fácil pasar por alto las pistas que Obando nos ofrece, tenues como un camino de boronas en el bosque, para llegar a la propuesta final y totalizadora de El más violento paraíso. Por demás esta hacer notar la ironía de que la fragmentación de rango de atención del lector sea lo que hace parecer a la novela fragmentaría, dispersa y posmoderna.

Finalmente, en el análisis de lo que se puede entender por posmoderno Méndez nos dice:

Brunner ofrece varias posibilidades para entender lo posmoderno, al que califica como un estado de ánimo y que tiene que ver con la incertidumbre de lo que ocurre diariamente.(p. 39)

Este es, considero, la verdadera característica posmoderna del texto. Obando fragmenta su novela quizás no como un proyecto formal de estructura, sino porque así lo dicta su fuero interno en el momento creativo, catalizando la condición posmoderna que se vive a fin de siglo en el acto de escribir. Crear los fragmentos con los que se construirá una catedral y luego esbozar el plano en una servilleta y dejarlo junto a los materiales de construcción, eso es lo que ha hecho Obando con esta inolvidable novela. Esta el lector a la altura de construir esa catedral? Tiene el tiempo o la inclinación de hacerlo? Obando no lo sabe, pero en palabras del personaje que cierra la novela:

-'Si no llego hasta allá, espero tener relevo.' (p. 503)-------

viernes, septiembre 26, 2008

"EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO", en la mira de Guillermo Barquero


Reseña tomada del BLOG Sentencias Inútiles

por Guillermo Barquero

(Para una reseña comme il faut de esta novela, refiero al blog de Juan Murillo, 100 palabras por minuto. Acá intento solo una aproximación incauta)

Hace unos días, leí una entrevista hecha a Jordi Soler (escritor mexicano-español) y a Clara Sánchez (escritora mexicana); en dicha conversación cara a cara, se hablaba de los criterios de evaluación de las obras literarias, en la actualidad. Los novelistas parecieran estar volviendo, según las palabras de los entrevistados, después de la experimentación necesaria en la segunda mitad del siglo XX (nouveau roman como ejemplo de la ruptura con lo contado), a las historias bien estructuradas y al amor por las formas clásicas. Sin embargo, Soler hacía alusión a algo importantísimo, que Sánchez secundó con gusto: hay historias muy bien contadas, con acabados artesanales perfectos, carentes de “música”, que podríamos traducir como “sin alma”; Sánchez fue especialmente clara al respecto: “detrás de una obra tiene que haber siempre una personalidad fuerte, que es la que sustenta; una personalidad literaria, que es el escritor.

¿Para qué hago una introducción con esto que no suena a reseña de El más violento paraíso? No tengo más respuesta que esta: es necesario. Cuando una novela nos presenta una historia de una sola dimensión, clara, rastreable dentro del universo interno del libro (no importa que se hagan flashbacks y adelantos en el tiempo), se la puede reseñar contando o resumiendo esa historia, para luego intentar aproximarse a los métodos narrativos del autor. Con esta novela de Obando no se puede seguir ese cómodo método que tanto ayuda.

El más violento paraíso podría ser visto, como me comentó alguien, como un cuentario gigante (Sinus Roris, uno de los capítulos de la primera parte, está incluido en una antología de cuentos editada recientemente por Andrómeda), en el que, sin embargo, las pequeñas diversas tramas tienen hilos que las van uniendo conforme pasan las páginas. Bizancio, Constantinopla, Sinus Iridum, San Pedro (con su Calle de la Amargura, su biblioteca Carlos Monge, su antigua Librería Macondo) y otros sitios del pasado, presente y futuro, albergan a toda suerte de personajes reales e imaginarios, todos unidos por el autor, capítulo por capítulo, a través de un denominador común: la deformación moral (claro, en comparación con el poco fiable canon de las “buenas costumbres”). Esto de la deformación es un concepto muy general, que se puede hacer específica mencionando los actos que los personajes realizan: en Sinus Iridum, la base lunar futurista (cuando la vida en la Tierra se hizo insostenible), en la que se escapa de la realidad mediante el sexo, los senso-clubs y el esquifo, una droga alucinatoria y venerada; en Constantinopla (antigua Bizancio), cuando el sultán Mehmet II deja establecido el nacimiento del poderoso Imperio Otomano con una triple decapitación; en San Pedro, cerca de la Calle de la Amargura, cuando los poetas costarricenses (aparecen David Maradiaga, Eunice Odio y versiones de otros escritores, caricaturizados por Obando) se prestan a embarcarse en “La Mariquita” (que les permitirá la huida de esa parcela inhabitable del planeta), y entre ellos hay toda suerte de desavenencias, que terminan en piras, decapitaciones, sangre bebida, un minotauro caminando por las calles y asesinando a quien se le ponga de frente, libros rotos, violentos enfrentamientos entre los poetas jóvenes y las “vacas sagradas”; en la historia del Necronomicón, el libro sagrado de los Primordiales (seres desterrados del mundo), desde su escritura por Abdul Al-Jazred, hasta su pérdida por el mariscal Gilles de Rais (compañero de armas de Juana de Arco), que compensa convirtiéndose en un “ilustre” y sanguinario infanticida, que disfruta con sus amigos nobles de carnicerías y fiestas necrofílicas; en la vida de Dionisio y el origen del culto báquico-dionisíaco, desde el nacimiento del dios (Zeus y Semele sus padres) hasta su ascenso a los cielos, pasando por todos los elementos tan caros a las grandes mitologías: traición, asesinato, odio, rebeldía, desmembramientos, pedofagia y demás avatares en la vida del Dios del Vino.

El método para amalgamar (a medias, claro está) todos estos trozos de épocas históricas y proyectadas, es ir dando pequeñas dosis de cada una de estas realidades a lo largo de los 65 capítulos, divididos en tres partes. Un poco del mito dionisíaco, seguido de la pavorosa vida en Sinus Iridum, en la que se espera el inevitable choque de la Luna contra la Tierra; más adelante, los trabajos y los días de Gilles de Rais. Luego, un poco más de Dionisos y su resurrección, una pizca de vida futurista, un tanto del sanguinario mariscal francés. Y así por el estilo, en lo que, con el paso de las páginas, va configurando el universo interno de lo que se puede decir con una palabra: abyección.

Obando echa mano a todos los registros que le sirvan para armar esto que no es una historia ni un anecdotario común y corriente: descripciones clásicas, casi académicas de Bizancio-Constantinopla; los recovecos de la literatura de terror para la vida de Gilles de Rai; neologismos y nombres absurdos dentro del mundo lunar de Sinus Iridum, que a veces se convierte en un entramado insoportable de alucinaciones al mejor-peor estilo de Naked lunch, del sobrevalorado Borroughs; argot tico en su máxima expresión para la huida de ese muelle diabólico, atestado de poetas, que es San Pedro.

El más violento paraíso es todo menos una novela perfecta o notablemente bien escrita. Claro, es de destacar que a veces está deliberadamente mal escrita, o que luce torpezas que se nota son adrede, y a veces en ella Obando hace gala de un lenguaje y un cuidado que se agradece en su prosa. Tiende a abusar del lenguaje vernáculo en partes en las que no calza (pachucones en un Sinus Iridum cuyos personajes a leguas no son ticos), tiene grandes huecos narrativos, cuando Obando inserta fragmentos que solamente parecen tener el propósito de hacer el volumen más grueso o, por qué no, el de eternizar las pedantes palabras de Juan Goytisolo: Dar algo consabido y previsible es tratar al lector con desprecio. La literatura difícil es la muestra de respeto a un público inteligente.

En resumen, tiene de todo, abarca todo (historia, mito, proyección, abandono), se regodea en todos los excesos y, como tiene que ser, deja toda suerte de sensaciones en el lector. Eso solo lo hace un escritor que se proyecta en el texto, que se desparrama sobre éste. Tenía razón Clara Sánchez: El más violento paraíso es la fuerza de Alexánder Obando o, como a él le gustaría más, la sangre de Alexánder Obando.

Pero, si después de todo, alguien anda buscando un “resumen ejecutivo” del libro, quizá se lo pueda dar con la descripción de Dionisos, de una de las Iluminaciones, que bien puede servir para caracterizar a Obando, que es el trasunto de su obra: es el señor de las paradojas, de todas las locuras y violencias que acompañan la noche de los hombres.

sábado, septiembre 20, 2008

LA NO-IMPORTANCIA DE RIMBAUD. ¡Respuesta a vosotros, Oh incrédulos!


(Con respecto a las tres entradas anteriores y a varias de sus reacciones)

La poesía tal vez no haya que tomársela en serio, ni la guerra, ni el abuso, ni el homicidio, ni la alegría, ni nada.

Mi tésis es que la vida es creciente complejidad de sustancias a partir de la interacción fortuita de elementos primarios, nada más.

¿Y qué sentido tiene eso? Ninguno. Es puro Prinzip Caos. Movimiento circular de hojas. Huracanes creados por el choque de aire frío y aire caliente en el Atlántico oriental. Supernovas explotando por simple agotamiento estelar.

Nada importante.

Solo hechos fortuitos de una serie de elementos fortuitos y ya más o menos predecibles en cuanto a los resultados de sus combinaciones. La poesía no tiene importancia porque la vida no tiene importancia. El sentido de la vida no es más que un encuentro químico en el cerebro de un primate y no pasa a ser nada más que eso. Las tres cosas: sentido, primate y cerebro, no son más que relaciones químicas en acción… … Y, por cierto, la química tampoco ni es Dios ni es el sentido de la vida. Solo es un descubrimiento del primate mencionado, de cómo él y todo lo demás se alínea pero no para producir un sentido último, se alínea porque esa es su naturaleza, física y espontánea.

Y la jerarquía de esos alineamientos es también ilusa. Están al mismo nivel un átomo de hidrógeno que viaja de Sirio a la Tierra impulsado por el viento estelar, y toda la metafísica de todos los filósofos de este planeta. Repito: en el orden de importancia no existe el orden de importancia. Son solo alineamientos y reacciones químicas en el cerebro del primate.

Y como no hay sentido real ni propósito último, dirían los existencialistas, (otro grupo tan importante como el pedo de banano enchichado que se echa un bonobo). Entonces, juguemos a darle sentido a todo. Y el que no quiere que no le dé sentido, incluso, si lo desea se puede ir, como DFW o como Rimbaud, Total irse no es más que cambio de estado y forma de las estructuras químicas, que como ya dijimos, no significan nada en una escala jerárquica que no existe.

Y si jugamos (una reacción más), ¿a qué jugamos? Podemos jugar a que hay ética, horror, miedo, alegría, paroxismo o simplemente crear una escala musical para los sonidos ideológicos (otra forma de acomodamiento de elementos) que la química del cerebro del primate construye. Podemos jugar a que hay dioses para empezar a llenar la escala jerárquica que acabamos de inventar. Podemos jugar a que hay pedos y que hay bananos y que hay bonobos para hacer la escala más compleja (porque, al igual que los alemanes, una ilusión de ultramar, que a la vez es otra ilusión) nuestra escala, entre más compleja, será más divertida.

Y así, yo (que soy la suprema ilusión de esa escala) le puedo dar sentido a la vida, que como dijimos es una secuencia y grupo de reacciones químicas con orden pero sin sentido.

Yo juego entonces a que hay sentido. Y ese sentido lo gobernaré yo (como hago con cualquier otra reacción sin importancia y sin escalafón). Pero voy a jugar a que ES muy importante y que ES muy alta en la jerarquía-ilusión (que realmente no existe porque solo es un juego en el cerebro del primate que es un juego químico que a su vez… … etc., etc.

Decido entonces que ese sentido sea dionisíaco (otro sinsentido no importante que subo en mi camioncito mental de escalafones).

Luego decido que Rimbaud (otra ilusión más en el sin fin de ilusiones químicas) es un dionisiaco y que ese dionisiaco, por 14 o más razones (todas procesos químicos en el cerebro del primate-ilusión) es un genuino ancestro del movimiento PUNK, tanto en su poiesis como en su biografía. Recordemos que todo eso: "ancestro", "primate", "genuino", "movimiento", “punk”, “biografía”, etc., no son más que reacciones químicas y que hasta la palabra “química” es una reacción química.

Una vez hecho esto, comparo mi escalafón con otros cuerpos químicos con afanes escaloneadores (y escalofriantes) y decidimos por imposible concenso (imposible por ser solo una reacción química, pero válida como parte del juego) que el ya mencionado Rimbaud es un dios dentro de la religión llamada arte. Es decir, que es parte de la broma de darle sentido a lo que no son más que reacciones de partículas elementales dentro y fuera de las estructuras subatómicas.

En resumen: la única realidad son las partículas elementales y el vacío.

Lo demás es una ilusión llamada poesía.

Por eso, claro, … … ni Rimbaud ni la poesía tienen importancia.

Un quark o un neutrino siempre será más importante que un poema.

jueves, septiembre 18, 2008

RIMBAUD: desde el "Soneto al hueco del culo" hasta no pataer el basurero dos veces, en Modo de Cultura Punk


Primero, agradezco a mi amigo Juan Murillo quien puso en duda la validez del patronazgo (religioso, por supuesto) de Arthur Rimbaud. De no ser así, me hubiera quedado en el sillón viendo a María José desgalillarse en Buenos Aires.
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Empecemos por el comentario de Juan en mi entrada anterior.
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Juan Dixit:
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Todo mundo quiere a Rimbaud de patrono, pero dudo que Rimbaud hubiese aceptado esos patronazgos. Ya a los 19 la poesía le parecía una pose. Me parece que como Rimbaud hay toda una casta anónima en el mundo que son individuos cuya verdadera vocación es ser personajes de novela, que es a todas luces un destino mucho más glorioso que ser escritor o patrono de los punk.
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Definiciones, deficiencias, decoraciones
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En inglés, PUNK tiene (entre otras) las siguientes definiciones: 1. persona joven; 2. varón novato; 3. criminal, matón, sicario, forajido, delincuente; 4. joven rebelde o contracultural; 5. persona que escucha música punk; 6. persona que viste como lo hacen algunos subgrupos de la cultura punk; 7. alguien joven, violento y agresivo; 8. material para atizar fuego (madera, alcohol, mecha, carbón); 9. objeto que inicia una combustión (encendedor, fósforos etc.); 10. de calidad inferior; 11. comunicación en jerga, coloquial, pachuquismo; 12. música rock con letras “ofensivas”; 13. adolescente (usualmente varón); 14. en una relación homosexual de edades desiguales, la pareja más joven (conocido en CR como “el cabrillo”); y 14. en el inglés de Shakespeare: puta, prostituta, ramera. Finalmente, no se sabe nada de su etimología, aunque la definición 14 nos da una buena idea de por dónde pudieron venir los tiros.
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Definición alterna con posibilidades rimbaudianas 
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Definición dada por un punk en urbandictionary.com Llega un mae y le pregunta a otro: “¿Qué es punk?” El otro se vuelve, patea un basurero y lo vuelca. Luego dice, “Eso es punk”. El primero, para asegurarse de haber entendido bien, patea otro basurero y también lo vuelca; luego pregunta, “Entonces, ¿eso es punk?” Y el otro responde, “No... Eso ya es moda”.

Rimbaud dejó de escribir a los 19 porque si hubiera seguido escribiendo sin tener más que decir, solo habría sido moda. Y siendo Arthur quien era, se dio cuenta a tiempo de que ya había dicho lo que tenía que decir. En nuestro idioma se nos han muerto escritores de los dos tipos: los que todavía tenían mucho que decir a la hora de fallecer y los que ya no, pero siguieron cacareando hasta el último aliento. Pocos tan sabios como Juan Rulfo que escribió dos obras maestras y luego se pasó el resto de la vida mintiendo. Cuando le preguntaban por la continuación de su obra, a todo el mundo le salía con la misma cantaleta: “dentro de poco viene el tercer libro”, pero en verdad, su tintero ya estaba cerrado para siempre.
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Rimbaud fue un poeta que quiso acceder a lo arcano por medio de la poesía. Muchos lo han intentado, incluso un poeta local de dudosas intenciones. Pero se necesita a alguien menos intoxicado de egolatría para poder ir conociendo sus propias fronteras.
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Ahora bien, además de bueno, Rimbaud fue genial; y esa es la piedra resbaladiza donde muchos pierden el equilibrio y caen en el hueco negro (¿del culo?). Expliquémoslo por medio de otros dos grandes: Mozart y Beethoven. Mozart fue precoz, pero no revolucionario; en tanto que Beethoven fue revolucionario, pero no precoz. Mozart podía escribir una sinfonía en una servilleta mientras conversaba con alguien sobre una noche de juerga. Total: 41 sinfonías; 37 de ellas sin mayor importancia. El austríaco empezó a tocar magistralmente el piano tan pronto sus dedos alcanzaron la longitud mínima para poder hacerlo. Beethoven, por su lado, era la víctima constante del chilillo de su padre porque el güila abominaba la música. A los diez años practicaba ocho horas diarias el violín solo después de una buena tunda. Cuando Mozart murió, falleció el autor de piezas muy bellas, que, sin embargo, no cambiaron casi para nada el mundo de la música. Beethoven escribió 9 sinfonías; 7 de ellas obras maestras que cambiaron la forma de ver la música. Resumen: Mozart genio en la precocidad; Beethoven genio en el cambio… ¿Y Arthur Rimbaud?... ¡Ambas cosas!
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Lamentablemente, cuando Mozart ya estaba entrando en su etapa de genio en el cambio (el Réquiem, sus últimas óperas y sinfonías) es cuando un vecino cornudo decide envenenarlo por estarse echando a su esposa (la del vecino, se entiende). ¿Y Salieri?... Recordemos que Amadeus es una obra de ficción.
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Rimbaud decide entonces dejar de patear basureros porque ya lo hizo y no quiere seguir en esa moda. Ya fue políglota precoz, homosexualoide con tendencias sádicas, amante de prostitutas, borracho, “toxicómano”, chulo, poeta genial (y también precoz), pornógrafo literario, adolescente fugitivo, revolucionario de la comuna, víctima de violación múltiple, experto en escaparse del colegio y bestialista especializado en perras, según su propia (y poco creíble) confesión. Pasa entonces por otras etapas y delicias varias: caminante trotamundos, marinero, capataz algodonero en Alejandría, capataz de canteras en Chipre (siempre bueno con el látigo), representante comercial, explorador para la sociedad geográfica francesa, estudiante de matemáticas e ingeniería, heterosexualoide con tendencias burguesas, traficante de armas, posiblemente esclavista y finalmente sifilítico. La lista se detiene solo porque la vida de Rimbaud se detiene. Desde muy joven había contraído sífilis en el Yemen, y ahora, a sus 37 años, el tiempo se lo cobra por medio de un tumor en la rodilla.
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De cómo el mito Rimbaud asesina, con humor negro, a los escritores nacionales
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En 1940, el músico nacional Julio Fonseca recibe a un padre con su hijito de 10 años. El padre, con un extraordinario nerviosismo, le cuenta al “maestro” que su güila es bueno con el piano, y que tal vez tenga posibilidades. Don Julio toma al niño como alumno y su progreso es tan vertiginoso que una tarde de tantas grita en medio de una concurrencia “¡¡Este será el Mozart de Costa Rica!!” Pues bien, el chiquillo creció, se convirtió en un baladista popular de los años 60 y 70 y montó su propio conjunto. Dio un par de vueltillas por el extranjero pero solo los ticos le dieron pelota; hasta que finalmente, fue descendiendo y terminó tocando piano en los bares de la clase media. Nunca compuso nada original y sus arreglos fueron muy poco creativos. Este “Mozart de Costa Rica” murió hace pocos años.
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Los candidatos a ser el Rimbaud de Costa Rica oscilan entre 80 y 100, dependiendo de si tomamos en cuenta a los que ya tienen más de treinta añitos. Pero lo cierto es que caminan como Rimbaud, se (des)peinan como Rimbaud, fuman como Rimbaud, y hasta siendo heterosexuales, se cogen a algún carajillo mal parado para asemejarse aún más al ex de Verlaine. Dicho de otra manera, siguen la MODA Rimbaud.
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Pero, ¿qué putas es punk?
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¡¿Diay, no quería pollito?! ¡Ya le dimos más de catorce definiciones! Pero para no ser “rimbaudianos” cambiemos a módulo de tolerancia.
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La música punk es una variante rápida, fuerte y distorsionante del rock clásico. La distorsión (en sentido musical) es obviamente adrede y sus letras casi siempre son agresivas, “vulgares” y antiestablishment. Su intención básica es, como siempre en los grandes (y pequeños) rudos, subvertir y mandar a la mierda. En este sentido, el punk es una respuesta tipo enfermera asesina al derrame cerebral que empieza a sufrir el movimiento hippie de los 60. El mundo rock se estaba suavizando en exceso con las candelitas o encendedores en la mano, los solos interminables y, el peor de los insultos: algunos ya llamaban a suavecitos como Simon y Garfunkel música “rock”. El lema de “paz y amor” ya no estaba funcionando. Había que probar lo contrario. Los punks entonces visten de una manera “violenta” y se comportan como trogloditas, o mejor dicho, más cavernariamente que en el heavy metal. Pero claro, siempre está el peligro de patear el balde. digo, el basurero, dos veces. Entonces los punks se dividen en dos grupos: los posers que también se empiezan a podrir de muerte cerebral y LOS PUNKS QUE DEJAN DE SER PUNKS PARA PODER SEGUIR SIENDO PUNKS. ¿Cómo sucede eso? El movimiento musical punk se convierte en el ancestro de casi toda la música contemporánea que a su vez se originara en el rock el jazz o el blues. Y si no hay relación directa, por lo menos hay relaciones putativas. Sigue habiendo punk puro, pero también hay New Wave, Post-punk, punk alternativo, anarco-punk, punk arte, punk cristiano (¡por el amor de Dios!), hardcore, punk horror, emo, punk nazi (Sieg Heil!), punk gótico, punk Glam, etc.; como también se encuentran las variantes folkloristas como punk gaélico, chicano y celta. Tenemos incluso versiones retro como el punk jazz y el punk blues. Probablemente ya ande alguien por ahí pensando en un punk reguetón o un punk Himno Nacional.
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Los Locos Addams versión Punk
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Patti Smith es conocida como La madrina del punk debido a la influencia que su álbum Horses tuvo en el emergente movimiento punk.
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Iggy Pop, cantante rockero y actor. Es conocido como El padrino del punk debido a las innovaciones y elementos de su estilo, muy influyentes en el entonces nuevo estilo de gritar.
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William Burroughs es conocido como El abuelo del punk debido a que su literatura sentó las bases de mucho de lo que más adelante se entendería como subcultura punk. De hecho, ese estilo literario está hoy consignado como cyberpunk. Burroughs además trabajó con Kurt Cobain, Iggy Pop (quien dice agradecerle mucho a Burroughs. ¡Jmmmmmm!), Ministry y Frank Zappa, en la esquina metal, grunge, alternativo y punk; y Con Phillip Glass, John Cage y el mismo Zappa en la esquina de la música clásica experimental (¡Sí, queridos, la música clásica contemporánea existe, y es mi género predilecto!). Pero no más de digresión anfetaminizada. Volviendo a Burroughs, también se le acredita con haber aplicado el nombre heavy metal por primera vez al género de rock que hoy lo lleva. Claro que la expresión ya existía en la química y la metalurgia, pero Willy el travieso, a través de sus novelas lo incorpora de diversas maneras en la música y las drogas que menciona. Irónico que un playo sea acreditado con haberle puesto nombre a uno de los géneros del rock considerado como altamente homofóbico.
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Poppy Z. Brite, novelista contemporánea, es conocida como La heredera de William Burroughs. Las razones son su temática y su estilo narrativo de gran fuerza psicodélica. Sus temas predilectos: los playos jóvenes, el gore, la música punk, las drogas, el vampirismo y la muerte. Su estilo originalmente se llamó splatterpunk, por razones obvias. (Splatter = regar, chorrear, derramar, ensuciar, usualmente de manera violenta; una alusión a la sangre o cualquier otro líquido corpóreo). Últimamente, sin embargo, está tomando más fuerza la denominación body horror (horror corporal).
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Mea culpas tardías 
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El punk (para terminar esta punkomanía) se alimentó mucho del rock psicodélico y a su vez dejó una huella indeleble en la música industrial y gótica. Además, se separó del heavy metal en un detalle: la homofobia ya no era uno de sus componentes claves (excepto para los cristianos y los nazis, siempre tan de la manita) razón por la cual el “look rockero” se empezó a adroginizar aún más, aceptando de lleno a Burroughs y permitiendo el desarrollo visual de cosas como el gótico y el emo. Con respecto a la androginia, vale la pena mencionar a Enid Starkie, biógrafa de Arthur: Una de sus tragedias personales era querer parecer un matón, cuando a los 16 años tenía la apariencia física de una niña de 13.
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Cita final: Dice un gótico: El mae gótico que se sienta compelido a afirmar que es un gótico, no es un gótico.
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Álex dixit: El rimbaudiano que se sienta compelido a decir que es rimbaudiano, probablemente acabará sus días como personaje de novela, con el nada agradable nombre de Tacio Medina.
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Nota para Asterión. Indudablemente, Eclipse Total es una cinta genial, con o sin Leonardo DiCaprio. Yo, personalmente, voto por él, aunque nadie me crea que se debe a que creo que tiene talento histriónico.
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Otra nota: esta vez irónica: en lo personal, no me gusta gran cosa el rock punk; me gusta lo que representa. Mi nota es la música clásica contemporánea y en lo demás, lo los modos alternativos, psicodélicos, experimentales e industriales. Si hablamos en detalle, entonces son The Doors, Nine Inch Nails, Front 242, Pink Floyd, Led Zeppelin y otras cosillas por ahí.

miércoles, septiembre 17, 2008

Video experimental tributo a Arthur Rimbaud

Y siguiendo con nuestra semana de muestra de chucherías Rimbaud, he aquí un interesante video experimental.

Como acto de absurda distorsión psicológica, hemos adornamos la entrada con la foto de primera comunión del joven futuro dipsómano, traficante de armas, sodomita y enfermo de sífilis. (El Señor siempre pasa su factura. Amén).

Deseamos dedicar esta entrada al clero costarricense, en especial a cualquiera de ellos que se encuentre privado de libertad.

Post Blue - Arthur Rimbaud/Paul Verlaine (Total Eclipse)

Por si aun no han visto "Eclipse Total" (1995), la biografía cinematográfica de la violenta religión, digo, relación Rimbaud/Verlaine, una apóstol canadiense se ha tomado la paciencia y el buen gusto de hacer un trailer muy en "blue".

La dirección fue de Agnieszca Holland, directora polaca muy sui géneris. Sus protagonistas suelen ser varones adolescentes en situaciones límite; homicidio, pedofilia, prostitución, extermino racial, y en el caso de Rimbaud, bueno, según la muy interesante "madrina del PUNK", Patti Smith, el playillo francés fue el pionero de los adolescentes punk de los 1980.


Y como diría un naco de la telebasura mexicana: "Check it out!!!"

viernes, septiembre 12, 2008

Canciones elegíacas a los niños


Canciones a la muerte de los niños
Alexánder Obando
Editorial Costa Rica, 2008

Alfonso Chase, La Prensa Libre, 19 de junio de 2008



Alexánder Obando (1958) es un autor que edita su segunda novela, bajo el sello de la Editorial Costa Rica, en el umbral de sus cincuenta años. Con esto quiero decir que asume su madurez con esta obra, con un trabajo sostenido y publicación de sus trabajos en antologías y publicaciones dispersas, consolidado su nombre como narrador con su primera novela: “El más violento paraíso” (2001), de importante interés de lectura y aporte a nuevas propuestas narrativas.


Esta novela tiene un tono elegíaco, con lo que quiero decir que conserva instantes donde la poesía, la cotidiana y hecha por los protagonistas, absorbe la lectura no como motivo, sino como estilo de un mundo convertido en rompecabezas que vamos armando, o van construyendo los diversos protagonistas, como si asistiéramos a la lectura de un expediente, no tanto judicial, sino existencial, que refleja de manera muy definida lo que ocurre en la cotidianeidad, en donde los personajes, que tienen nombres y apellidos simbólicos, muchas veces, defienden su propia existencia, a menudo extravagante, lo que define un cierto destino carnavalesco que se muestra en las 400 páginas de la novela, todo mostrado de una manera que reúne fragmentos, para crear un universo narrativo en el cual muchos de los sucesos son concomitantes con conductas extrañas, aberrantes según los cánones tradicionales, pero que buscan darnos una mirada móvil sobre lo que ocurre en su yo interno, que modifica la realidad para adentrarnos en el universo de la ficción que nos interesa.


La fragmentación mental de los personajes incluidos nos permiten penetrar en la idea de que es un solo personaje, que tiene a los otros en la mente, pero que gracias a su introyección les da vida, en un asombroso montaje de clicks en el cual se nos muestran sus conductas sexuales, tan naturales que parecen propias de lo que hacen y viven todos, aunque se puede pensar que son parte de la ficción, en un mundo tan real que el novelista lo convierte en sustancia que obstruye todos los prejuicios sensoriales, al menos al referirse a ellos como urdiembre narrativa.


La enumeración cultural de los diferentes modos de expresión de la vida de cierto sector de jóvenes desde la música hasta los filmes de moda, nos permite, también, situarlos en un contexto definido, donde el caos se transforma en sarcasmo, la introspección en documento enumerativo, y los resultados en una especie de montaje, en el cual el pastiche y la parodia ocupan un lugar apreciable, al usar el lenguaje sin trabas de expresar lo que nadie dice o decir lo que nadie expresa.


Obando lee el mundo para darle forma a la novela, y lo hace con le plena libertad de escribir sobre lo que se le antoja, con la inteligencia de enhebrar los sucesos, en ese tono elegíaco que descubrí en la lectura, pero que para otros puede parecer siniestro, paródico o simplemente natural, para así acceder a las diferentes formas de un erotismo crepuscular o una forma de amor que se define en el cuerpo, y de alguna manera en el discurso de los personajes, que, lejanos ya de perfiles humanos, nos quedan definidos por las palabras, las reales, las escondidas, las destrozadas, en donde otros personajes de la literatura contribuyen a definir lo que piensan los jóvenes de una generación. Las fuentes de su pensamiento, como personajes y como estructura cultural del narrador, llegan de diferentes fuentes, especie de elaboración de créditos textuales, que denotan las fuentes de lectura, y aún de estructura de la obra, que pertenece a la novela río, que da forma a un tiempo y espacio que logra resolución cuando se nos permite entrar a la cueva ancestral, donde moran los elegidos de Dionisio cuyo destino final puede ser, sería, entrar al universo que se enuncia en los siete capítulos que le anteceden, en donde el gran culto a la diosa Madre se enseñorea sobre un personaje emblemático, condenado a quedar, para siempre, entre las páginas de esta obra, realizada por el autor entre 1998 y 2007, por lo cual denota un experimento de casi una década.


Hay que situar la novela en la madurez del autor, relacionarla con su primera obra y entender que se trata de una trilogía en la cual el humor tiene una importancia relevante y el mundo es puesto de cabeza para poder interpretarlo, como sucede en la realidad de esa década que de seguro define el narrador, no sólo por su manera de estructurarla, sino por la materia verbal que atestigua lo que sucede, por aquello que da forma a la infancia, en la cual los jóvenes, no sólo los niños, pueden quedarse como si fueran Peter Pan a los 17 años.

domingo, septiembre 07, 2008

¿Quién le teme a Alexánder Obando?


La literatura de Obando busca la demolición de la identidad convencional de la nación costarricense.


¿Quién le teme a Alexánder Obando?
Juan Murillo
22-2-2008

Vive en un sanatorio abandonado a la sombra del Volcán, en medio de un bosque de enjutos y altísimos eucaliptos donde por las noches se escuchan ahogados gritos. En su mesa tiene una calavera humana para sostener una vela hecha de grasa humana también para iluminar lo que escribe en sus pergaminos. Se sienta a escribir a medianoche con una copa que tiene mitad vino y mitad sangre que ordeña de un rebaño de esclavos sexuales núbiles que mantiene encadenados en el sótano del sanatorio, sometidos por medio de la adicción a drogas terribles. Sus ojos apenas se ven, hundidos como están en las cuencas oscuras, su voz es como el seductor rugido del león hambriento. Vaga por los pasillos solitarios, delirante, desnudo bajo una túnica roja, siguiendo con la mano las tenebrosas notas de una sinfonía fúnebre, un Hannibal Lecter criollo.

Así me comentaba una amiga hace poco que se imaginaba a Alexánder Obando luego de haber leído su primera novela El más violento paraíso. Por supuesto, nada podría estar más alejado de la verdad. Obando es un conversador inteligente y espontáneo, lleno de bonhomía. Vive en una casa como otras en los suburbios de San José. Barrigón y barbiblanco como un insólito cruce de Walt Whitman y Lezama Lima, no es para nada el demiurgo demoniaco que se imagina mi amiga. Pero lo que piensa del hombre se deriva de la novela, una novela impenetrable, imposible de resumir sin sentarse a pensarlo por lo menos dos horas. Cuando se les pregunta qué recuerdan a sus lectores, siempre hablan de cosas terribles, estampidas de osamentas, fetichistas de pies sucios, evisceraciones de niños. Las típicas emociones residuales son el miedo, la confusión, el asco, la fascinación, el morbo.

Para este año se espera la publicación, por parte de la Editorial Costa Rica, de Canciones a la muerte de los niños, la segunda parte de la trilogía que comenzó con El más violento paraíso. Una lectura del manuscrito final revela varias cosas interesantes en la evolución literaria de Obando.

La primera y más importante es que esta nueva entrega tiene una clara continuidad temporal y de personajes que constituyen una trama y por lo tanto se puede clasificar más claramente una novela, cosa que facilitará mucho la lectura de la obra. Obando mantiene la libertad de desarticular la continuidad temporal del relato pero la presencia de personajes bien definidos y concatenación de eventos permiten la fácil reconstrucción de lo que ocurre por parte del lector.

En Canciones a la muerte de los niños también recurren casi todos lo estilos utilizados por Obando en la primera novela, la sátira, el ensayo erudito, el zapping. Así mismo, se repiten los temas de la violencia y el sexo, pero ya sometidos a un tratamiento que los ordena dentro del universo temático de la novela que tiene como eje central el vampirismo, sea este literal o simbólico. Es en esta novela donde ya se revelan las verdaderas pistas que permitan un acercamiento a la interpretación de su obra. En un pasaje de abierta intertextualidad, uno de los personajes de Canciones expone los antecedentes y categorización de El más violento paraíso:


No tuvo problemas para confesar que la novela no le había disgustado, pero aun así no había entendido mucho. Se la devolvió a Sergio y este la volvió a poner en un pequeño rincón de su biblioteca, reservado para novelas ticas. Cachi no entendía por qué el autor se había ido por el título de El Más violento paraíso, si para él toda la novela, con su magia grotesca y su paisaje alucinado, era más bien un puro infierno sensorial para el lector. Sergio entonces le respondió que el paraíso no era el convencional sino una más simbólico. Cachi hizo ojos de bizco en seña de no (querer) entender, pero Sergio le dijo que mejor se leyera otra cosa para compararlos y le pasó dos nuevo libros al muchacho: Anábasis de Saint-John Perse y La tierra baldía de T.S. Eliot (...) Iban a comparar varios textos y hablar de la novela bizantina, un tipo de novela muy popular antes del siglo XVII y cuyo asunto casi siempre era la desdicha de dos amantes y una desmesurada acumulación de aventuras, episodios, viajes y naufragios inverosímiles que estos debían sufrir para al fin estar juntos (...) En ese periodo asumió también tres elementos nuevos y que en definitiva forjaron su carácter como tal: 1) lo didáctico o aleccionador, 2) lo denso y retorcido, y 3) lo violento e hiperbólico.(...) Debido a esto la novela bizantina tenía descendientes contemporáneas, aunque, por supuesto, profundamente influidos y amparados a las vanguardias del último siglo. Él ya tenía una nómina de estos padres y sus herederos, tanto bastardos como legítimos, se encontraban los trabajos locales El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios, Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro y El más violento paraíso, junto a los extranjeros Gargantúa y Pantagruel, Historia de Apolonio, Almuerzo desnudo, El color del verano, Las mil y una noches, El Satiricón, Altazor y De donde son los cantantes. Además, un grueso tomo con los guiones de varias películas, entre ellas: Los libros de Próspero, Roma, El muro, Fellini Satiricón, Los sueños de Kurosawa y El fantasma de la libertad. [p. 274 - 276, manuscrito inédito de Canciones a la muerte de los niños]


Es realmente muy inusual que un autor se adentre en el análisis formal de su propia obra, más allá de alguna pista en entrevistas sobre el modus operandi a la hora de construirla. Más aún que un autor incluya esto en otra obra de ficción. En el caso de Obando, sin embargo, han pasado 8 años desde la publicación de su primera novela y todos sus lectores la encuentran igualmente impenetrable, verdaderamente un desafío, de modo que no está mal que haya decidido tirar una línea de la cual se pueda guiar un lector para salir del laberinto obandiano.

La línea es el fragmento anterior, del cual se pueden decir varias cosas. Lo primero sería que a pesar del ofrecimiento de Obando de que El más violento paraíso es una novela bizantina, nosotros debemos disentir cortésmente con esa idea, pues si bien la novela es en verdad retorcida, densa, violenta y exagerada, no cumple el requisito principal de ser una historia de amor llena de obstáculos. Por otra parte entendemos que se emparenta con la obra de Arias y Cortés en lo lúdico y desordenado, y con Arias específicamente en lo satírico y popular, pero en realidad ambas obras apuntan a tres lugares distintos como destino final y la similitud termina siendo puramente formal. De entre las novelas extranjeras coincidimos con el parentesco evidente que tiene con Almuerzo Desnudo de Burroughs, de cuya comparación se podría elaborar un largo ensayo. Pero es en Gargantúa donde de pronto parece vislumbrarse la epifanía. Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, basada en la cual Mijail Bajtin escribió su famoso La Cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: el contexto de Francois Rabelais en el cual articula el concepto de realismo grotesco por primera vez. Bajtín propuso que el realismo grotesco bajaba al plano material y corpóreo lo abstracto, elevado, ideal o noble, usando la sátira, la exageración y la escatología para provocar la risa que desarticula la rigidez y univocidad de la interpretación de la realidad donde lo correcto y lo bueno es inamovible. Lo popular, como opuesto de lo noble o aristocrático, el amor sexual desbordado en todas sus manifestaciones, más que el amor platónico es en Obando una constante que acerca su obra directamente al realismo grotesco o lo grotesco realista que sería su pariente contemporáneo.

El habla popular como modo de narración omnisciente en esta segunda novela es un punto a destacarse como una transgresión contra los cánones literarios usuales. Ya que si bien es normal ver que se use el habla popular en diálogos de obras costarricenses, o que incluso se narre toda una pieza en primera persona en habla popular, lo que es insólito es como Obando mezcla el habla popular con la culta sin hacer distingos ni concesiones. Se entrevé el propósito de Obando de bajar a la literatura de su pedestal.

No es lo único que intenta en la segunda novela. Vemos como gran parte de la novela se desenvuelve en modo satírico, poniendo a personajes fácilmente reconocibles de la vida pública o académica del país en situaciones escatológicas o sexuales que aplican claramente los mecanismos del realismo grotesco para privarlas de su aura de privilegio.

Por otra parte, esta novela continua la propuesta neopagana que iniciara El más violento paraíso, centrándose en la estrella Sirio ahora como punto de interés y reinterpretando mitos cristianos a partir de la misma. En este caso, el tono erudito del ensayo astronómico es la herramienta que permite la sustitución de la religión oficial de Costa Rica.

Queda claro que las novelas de Obando buscan la demolición de la identidad de la nación costarricense. Aquí vale la pena recordar que la identidad nacional costarricense no es lo mismo que la identidad individual de los costarricenses. La identidad nacional de cualquier país se compone de rasgos que arbitrariamente se exaltan como deseables y cuyos contrarios se consideran execrables, o en caso de no ser buenos, se justifican y racionalizan. En ese sentido, la identidad nacional como concepto abstracto, se maneja como una herramienta de educación o represión según se necesite una o la otra, más que una mera constatación de una realidad fáctica. Es precisamente en ese sentido que Obando ataca lo que se considera la norma en Costa Rica, lo que es bueno, correcto, deseable para un costarricense, y lo hace con las herramientas del realismo grotesco como lo definió Bajtín.

Obando, más que Cortés, quien aplica métodos similares de deconstrucción identitaria en Cruz de Olvido, o las sátiras igualmente deconstructivas de Contreras en Única mirando al mar y Soto en Mundicia, abre yagas gigantes en una pulcra identidad del costarricense que se siente gente bien educada, correcta, democrática y tolerante. Los sentimientos que despiertan su novela no hacen más que demostrar hasta que grado nos molesta la desviación de la norma.

El punto más importante en este articulo es el hecho de que existe, evidentemente una lucha entre los escritores del país, no solo Obando, y ese modelo platónico del ser costarricense, que perciben como falso y que pretenden, en algunos casos enmendar, y en otros destruir.

Quizá lo que horroriza, avergüenza, disgusta y confunde de las novelas de Obando sea el hecho de lo profundamente arraigado que está el arquetipo de lo correcto, de lo costarricense, en los lectores de Costa Rica. Obando por otra parte, se ha dado a la tarea, sino de destruirlo, por lo menos de arrastrarlo por el lodo, para que lo demás, los que no calzan, los que están excluidos, entiendan y sepan que esa construcción es una imposición que se puede desafiar.

¿Quién le teme a Alexánder Obando?

Le teme el costarricense, que ve como se abren las puertas del cambio y entran los demás, los otros, a hacerle compañía.

22 de febrero de 2008 16:49

jueves, septiembre 04, 2008

El Taller Eunice Odio


Un Barco Ebrio en la literatura de Costa Rica

(Introducción a una lectura de los poetas Esteban Ureña y Mauricio Molina, 2005)
 

El Taller Eunice Odio se fundó en San José un mes de junio de 1985. Pirmero se llamó Taller de Poesía Activa, luego Taller de Poesía Activa Eunice Odio y finalmente Taller de Literatura Activa Eunice Odio. Cada vez que cambió el nombre se debió a un reacomodo del taller con respecto a su realidad inmediata.

Taller de Poesía Activa.
Este taller fue fundado por los poetas Danilo Pérez, José Luis Amador y José Gabriel Sánchez, entre otros poetas. Estas personas tenían una agenda de preocupación social muy clara a la hora de fundar su taller, de ahí el apelativo de poesía activa, es decir, poesía que va a las comunidades, poesía preocupada por su entorno social y poesía que refleja su entorno social. Pero a pesar de todo el entusiasmo que estos fundadores le entregaron a su taller, sus ocupaciones personales y su mismo trabajo social en otras áreas, pronto agotó sus energías y poco a poco le fueron entregando el taller a la segunda generación.

Taller de Poesía Activa Eunice Odio.
Quien les habla llegó al taller en el mes de diciembre de 1985. Una semana más tarde entró Mauricio Molina, de 18 años y recién salido del colegio. Pronto también ingresó Arturo Solís quien tendría un papel importante en el taller. Esta segunda generación tomó la bandera de la poetisa Eunice Odio, junto con la orientación pro-popular que ya tenía el taller y salió a las comunidades; la primera de ellas: un recital de poesía y música en la Casa de la Cultura de Desamparados, el 20 de marzo de 1986. Si las cuentas no me fallan, el taller hizo en sus años de labor unas 50 presentaciones, tanto en San José como en zonas rurales.

Taller de Literatura Activa Eunice Odio.
A inicios de la tercera etapa se nos unieron escritores como Esteban Ureña (en ese entonces de 17 años) Julio Acuña y Luis Fdo. Rodríguez. Este último era narrador, por lo que una vez más cambiamos el nombre de nuestro grupo literario. Así pues, y para ponerlo en palabras de Laureano Albán, el taller empezó a “cometer prosía”, es decir, una mezcla de prosa y poesía. En esta etapa final que fue la más larga de las tres, fue cuando el grupo tuvo más miembros e intereses más diversos. En principio, todo taller se rehusa a morir, por lo que perduramos en una suerte de statu quo desde 1990 hasta setiembre de 1993 cuando el taller murió definitivamente o mejor dicho, cuatro de los miembros de entonces cometimos el doloroso pero ya muy necesario parricidio.

Ustedes saben mejor que yo que todo taller literario es como una estación de bus —todos, o casi todos, estamos de paso. Hubo gente maravillosa y gente que realmente daba miedo. Porque no hay manera de negar que todo taller es también un manicomio de papel. Egos y poemas vienen y egos y poemas van. Conocimos, por ejemplo, a un joven poeta que se inventaba una nueva escuela literaria cada semana: el psicologismo literario, la cocina poemática, el interjectivismo poético, etc., etc. Estuvo de paso una dama que escribía buenos poemas y hasta tuvo un romance con uno de los miembros viejos, para luego enterarnos que era una plagiaria. También apareció de manera ocasional un señor mayor cuya poesía era inmcomprensible. Él justificaba este hecho diciendo que sus poemas estaban en sintonía con un lenguaje universal más difícil que cualquiera de la Tierra, es decir, el extraño señor (y esto lo confesó más de una vez) estaba escribiendo para los extraterrestres que con el tiempo nos conquistarían pacíficamente. Hubo además un miembro megalomaníaco que amenazaba con “hacer un mierdero” si entre los miembros había demasiada oposición a sus propuestas. Creo que en los pocos meses que esa persona estuvo entre nosotros, el taller estuvo genuinamente secuestrado. Por otro lado también hubo una estela de amigos que no siendo específicamente miembros del taller nos visitaban con cierta frecuencia. En este momento se me ocurren los nombres de David Maradiaga y Guillermo Fernández, por ejemplo.

Pero esto pasa o ha pasado en casi todo grupo literario. Lo que hizo al Eunice Odio un taller más o menos sui géneris fue más bien una carencia. El taller no tuvo gurú, como sí lo tuvo, por ejemplo, el Taller del Café Cultural; y no tuvo junta de notables ya publicados como si lo tuvo, por ejemplo, el Taller del Lunes. Esa carencia de un miembro prominente o de un grupo ya publicado nos ayudó a aprender una cosa fundamental: la poesía no existe; lo que existen son las poessías. Semana a semana recorríamos los anaqueles de las librerías de primera y segunda en un verdadero afán de buitrismo cultural. Así conocimos las poesías de Europa del este como la de Milosz, Seifert o Sorescu; o las anglosajonas como en los casos de O´Hara, Auden o Corso; literaturas, en fin, muy poco conocidas por estos lados en aquellos años. Una de las cosas que más ayudó en este proceso era que más o menos la mitad del los miembros del taller hablaban una o más lenguas extranjeras, permitiéndonos, por ejemplo, analizar la obra de Lawrence Ferlinghetti en su versión original, e intentar incluso, algunas discretas traducciones de autores varios. Debo enfatizar el hecho de los idiomas porque en esa misma época otro taller literario (y más o menos entre amigo y rival nuestro) trataba de desmotivar en sus miembros la lectura en otros idiomas. Su argumento base era el que español era suficiente y se bastaba a sí mismo para cualquier poema. Estoy seguro de que la persona que dijo eso no ha pasado por el tamiz de escuchar o leer poesía en otros idiomas. Para mí es como estar acostumbrado a escuchar música occidental y de repente ser expuesto a la música ritual de la India. La experiencia, creo yo, es casi religiosa.

Así pues, la ausencia de capitán hizo que el barco navegara ebrio a donde los marineros lo llevaran. Y este azaroso itinerario fue lo que nos dio un mapa amplio del mundo literario. (Como ustedes pueden ver, no siempre es bueno que el barco tenga capitán).

Hubo también mucho pleito: que si nuestro papel social se había perdido, que si estábamos cayendo lentamente en las garras de un solo miembro, que si mi ego era más grande que el del otro, que si era válido llegar al taller drogado o sobrio, que si aquel no había recibido suficiente crédito por su trabajo, etc., etc., etc. Y así hasta el infinito, porque si hay algo en que los talleres de literatura nunca van a cambiar es en que siempre son una ratonera, un pleito de gatos donde más de uno sale chimado y raspado, pero son esas mismas heridas lo que a veces puede uno lucir como galardones de oficio. Hubo instancias (por ejemplo) en que Mauricio y yo pasábamos una quincena enojados, pero tan pronto los intereses del taller se imponían nuestras rencillas personales quedaban olvidadas.

Resumo, entonces, diciendo que lo que más caracterizó al Eunice en sus años de vida fueron dos cosas: a) su carencia de cabecilla, por tanto su libertad para viajar y experimentar por todo país imagianrio que los miembros del taller quisieran; y b) la lealtad del grupo nuclear para con su taller, lo que permitió la continuidad de una obra literaria que se extendió ininterrumpidamente por casi ocho años.

En este momento, si ustedes me preguntan si vale la pena asistir a un taller, yo digo sin duda alguna que sí, pero que tengan cuidado: un taller vale tanto como sus miembros lo hagan valer.

Muchas gracias.

ALEXÁNDER OBANDO
21 de noviembre, 2005.

miércoles, septiembre 03, 2008

Comentario de autor sobre "El más violento Paraíso"




COMENTARIO DEL AUTOR SOBRE “EL MÁS VIOLENTO PARAÍSO” AL GRUPO DE DOÑA CARMEN NARANJO, AÑO 2000

(O DE COMO NO MENTIR A RIESGO DE INMODESTIA O, PEOR AÚN, DE INDIGESTIÓN)

El comentario que voy a hacer de mi propia novela está basado en los que en su momento me han brindado una serie de amables lectores que, llevados por la amistad, en el peor de los casos, o la curiosidad en el mejor de ellos, me han obsequiado sus reflexiones e ideas sobre el ingente texto que algún día se me ocurrió escribir. Agradezco su dedicación por dos razones. Primero, no todo el mundo tiene hoy día tiempo para leer cerca de 500 páginas, y en muchos de los casos con constricciones de tiempo muy notables. En segundo lugar agradezco el hecho de que la mayoría luego se sentara y escribiera un comentario nada escueto sobre la novela. Algunos de ellos, ---pienso en la poeta Alejandra Castro—, me mandó una gruesa carta de 12 páginas, por ejemplo. Así pues, si hay una cosa que ya queda clara con respecto a la novela es que es un texto que genera más texto, es decir, las ganas de comentar algo, ---para bien o para mal.

Comienzo entonces, a hacerles un tour de El Más Violento Paraíso pidiéndoles que tengan en cuenta lo ya dicho: 1. Los comentarios son la mezcla de lo que otros han dicho sobre la novela junto con mis propios comentarios e intenciones, y 2. el superlativo del título no pretende ser excesivo por decoración. La novela ES un plato fuerte y no se pretende disfrazar de otra cosa. El asunto a dirimir, según lo veo yo, no sería entonces si es o no es una novela fuerte, pues eso ya está claro, sino más bien si es o no es una novela buena, y por tanto digna de publicarse.

ESTRUCTURA Y ESTILO: DESTIERRO, LABERINTO Y ASILO

El Más Violento Paraíso es un texto de más o menos 500 páginas divididas en 65 capítulos. Éstos son de tamaño variable y no necesariamente obedecen a una estructura espacio-temporal indispensable. Dicho de otra manera: están agrupados según un orden específico, pero se pueden leer en cualquier orden que el lector quiera. Esto hace que los capítulos sean, hasta cierto punto, autónomos, por lo que no hay un hilo narrativo fluido y secuencial que le dé al lector asideros o esperanzas de encontrar “ya todo hecho”. El texto se convierte entonces en un verdadero infierno para el lector que no esté dispuesto a jugar, a esperar, y, sobre todo, a re-crear. Pero, si quien lee la novela sí acepta estas reglas, creo que le espera una experiencia literaria muy distinta.
Bueno, si el texto no tiene el discurrir del tiempo-espacio como ordenador natural, entonces, ¿qué lo ordena? Los elementos ordenadores son las atmósferas, los deja vu, los símbolos, las reencarnaciones o los avatares, (quien sabe), las vidas paralelas, las reflexiones en retrospectiva, los sueños, los miedos, los bajos instintos, los espacios compartidos, las claves históricas, la(s) religión(es), la poesía, la escultura y la forma en que el lector pondere estos elementos.

Una de las cosas que el lector debería saber de antemano es que EMVP no empieza a destilar la esencia de una cosa unitaria, completa sino hasta pasada la primera sección, cuando el lector empieza a ver que “el rompecabezas se le va armando”, (¡o que no se le va armando!). Por eso debe ser paciente al principio. Esta característica, además, es compartida con novelas como 62: Modelo para Armar y Rayuela, ambas de Julio Cortázar, The Wild Boys de William Burroughs, Baal Babilonia de Fernando Arrabal y quizá un poco también, aunque en mucho menor grado, con Paradiso de José Lezama Lima. La diferencia radical con estas novelas es la ventaja del tiempo. Al ser hija de la posmodernidad reciente, mi novela echa mano de recursos más heterodoxos y radicales que sus antecesores en el campo de la novela-rompecabezas.

Ya habiendo mencionado a Burroughs y a Arrabal, es justo citar otros nombres en torno a quienes la novela respiró sus orígenes. Tiene algo de Ray Bradbury en las secciones de ciencia ficción, de H.P. Lovecraft en las de magia y terror, y de Dennis Cooper y el mismo Burroughs en las de erotismo y/o violencia, pero en lo referente al carnaval, al menos en el sentido bajtiniano, se lo debo principalmente a Reinaldo Arenas y a Severo Sarduy, es decir, al neo-barroco cubano.

Una de las cosas que más me enorgullece como autor de esta novela es escuchar el comentario más o menos frecuente de que pese a su densidad temática y abundancia de personajes, EMVP atrapa al lector y lo motiva a seguir leyendo hasta empezar a desentrañar los misterios temáticos del texto. No voy a engañar al lector o lectora diciendo que el libro es muy fácil de leer, pero sí le advierto, como me lo han hecho saber los lectores, que es una lectura amena y a veces muy cautivante. A pesar de eso, un lector se “quejó” alguna vez de que El Más Violento Paraíso exige un lector culto. Creo que eso es cierto; sin embargo, no pienso, ni mucho menos, que sea algo de lo que me deba avergonzar, porque, a fin de cuentas, es un tipo de literatura que hace falta en nuestro medio literario. En la Costa Rica de este momento hay muy pero muy poco trabajo en literatura que divierta y a la vez rete intelectualmente al lector.

LA TEMÁTICA: NO NECESARIAMENTE TEMA TICO

Los temas de la novela son simultáneamente su mayor virtud y su mayor defecto. Atraen a muchos lectores como abejas al panal y rechazan a otros como lo hace una rata de caño a tres o más días de su lamentable deceso. Lo cierto es que muchos de ellos, la mayoría, según un par de lectores, son temas que han estado más o menos ausentes de la literatura nacional. Creo que eso se debe a un prurito: ni el público costarricense ni los mismos autores creemos que la literatura tica puede aguantar temas tan “serios” como la historia universal o la historia de las religiones. Sin embargo, no podremos decir con honestidad que eso es cierto si no mantenemos, a la misma vez, actualizada la nómina de nuestras lecturas nacionales. Nadie en su sano juicio debería hablar mal de una literatura que no lee. Hacerlo simplemente nos desenmascararía como absolutos superficiales.

Ya dicho lo anterior, les presento entonces una lista de los más o menos cuarenta y dos temas de la novela:

· el culto griego de Dionisos
· la Calle Cáustica en San Pedro, (metáfora del carnaval)
· los escritores de CR en pleno autoexilio
· algo de la vida de Eunice Odio después de su muerte
· el sacrificio humano
· el uso ritual/no ritual de las drogas (actuales y futuras)
· la vanguardia novelística del s. XX (presente en espíritu)
· algo de la vida del poeta David Maradiaga después de su muerte
· la violencia en el erotismo
· uso del español costarricense barriocubano, sampedreño y hatillense más censurado por los hijos impolutos de la R.A.E.
· la homosexualidad efebólatra, descarnada y viajando de alucinación en alucinación
· la magia y la brujería
· los viajes en el tiempo o entre dimensiones
· una interpretación neo-poética de La Tempestad de Shakespeare
· una viñeta sobre el Caravaggio
· la cultura minoica y su ciudad ancestral de Knossos
· la ciudad de Constantinopla (presente y pasado)
· la vida humana como colonia extraterrestre
· la soledad
· la Atlántida
· el miedo a los demonios clásicos (Asmodeo, Satanás, Lucifer, etc.,)
· los monjes bizantinos de los ss. IV y VIII
· la prostitución
· la búsqueda del arquetipo del “paraíso perdido”
· Zeus y Semele
· la diosa lunar de Creta
· el Minotauro y su laberinto
· el sueño de la anarquía
· la vida del asesino múltiple del s. XV Gilles de Rais
· el arte como vitalismo
· la escatología (no me refiero a la religión)
· Arthur Rimbaud como vidente, como “alquimista del verbo”, como arquetipo del genio/duende
· la reencarnación y los avatares
· la ciencia ficción
· Shiva Nataraya
· la “ciudad de Dios”
· las Iluminaciones de Rimbaud
· Platón
· el misticismo y las visiones
· la diosa madre universal
· la guerra y la violencia
· el horror y la muerte

Me apena mucho haber sido tan exhaustivo pero debía serlo para lograr dos cosas. Una es darles a Uds. una idea justa del alcance temático de la novela. La otra es intrigarlos a ver si algún día se deciden a leerla. Espero haber tenido éxito en ambas intenciones.

Una breve reafirmación sobre estilo: aunque la novela pasa por todos estos vericuetos y filigranas temáticos, para mí lo más importante siempre fue motivar y divertir a mi lector aunque no entendiera lo temático. Parece que tuve éxito pues ningún lector, culto o no, se ha quejado de no haber entendido la novela por no conocer el tema que estaba tratando. Tal vez ahí radica el éxito de EMVP: en que a pesar de sus “ínfulas” culturales, no intimida al lector no entendido.

Bien, si a estas alturas no he quedado ya ante ustedes como el tipo más patán y engreído de Costa Rica quiere decir que son un grupo muy amable y tolerante de lectores. Les agradezco la oportunidad de permitirme compartir mi novela.
Muchas gracias.

ALEXÁNDER OBANDO
29-30 de mayo del año 2000