
Este cuento pertenece al libro Reales juegos de artificio (en preparación). Como ya sabe el lector, quien escribe nació en San José en 1958. Pasó la mayor parte de su niñez en la cama, leyendo y viendo tele, debido a problemas de salud. Sus principales intereses son la historia, la música clásica de vanguardia, los idiomas y, sobre todo, la literatura. Trabajó más de 25 años como docente pero recuerda poco de esos años. Nombres que colige como influencias en su narrativa: Beckett, Arenas, Burroughs, Poe, Brite, Ionesco, Cooper y Rimbaud.
Clivus, Ariana y Omestes en la casa grande
...Somos nosotros, nada más, y solo nos tenemos a nosotros mismos.
-Daniel gallegos-
Concierto pa chelo y orquesta.
-Witold Lutoslawski-
Clivus está al pie de la escalinata. Su piel, negra y completamente desnuda, contrasta violentamente con el piso de madera blanca.
Empieza a subir la gradas. Va despacio.
No ve hacia ningún lado en particular. Solamente sube las gradas. Una vez que llega al primer descansillo se detiene un instante y gira un poco hacia la derecha. El acto es mecánico. No hay nada de agacelado en sus gestos. Solo movimiento mecánico.
Yo me le quedo viendo con el morbo que suele uno utilizar ante la presencia de un hombre negro desnudo. Quiero saber si sus genitales son como dice el mito, es decir, hipertrofiados, enormes, fuera de lo común.
Pero solo encuentro en ellos a un hombre normal, muy joven, tal vez adolescente, y con la piel de gallina.
Es cierto: hace mucho frío en el salón.
Clivus sigue ascendiendo por el segundo tramo y pronto llega hasta el final de las escaleras.
Da media vuelta, y lentamente, otea el camino que acaba de recorrer.
Unos minutos después, comienza a descender.
No mira hacia ninguna parte en particular. Solo baja las escaleras en un acto mecánico que se repite cada vez que pone la planta del pie en una de las gradas.
Lo sigo hasta que vuelve al punto de partida.
Cuando llega al fondo se queda ahí unos minutos escudriñando la sala. Después, empieza de nuevo a ascender.
Yo sigo las luces de los candelabros que se pierden hasta el final de la galería. Podrían ser veinte o más candelabros desde pie de las gradas hasta el final que remata en una puerta de hoja doble. Está labrada en varias maderas que se distinguen por los diseños barrocos tallados en altorrelieve. No hay paisaje ni personajes propiamente dichos. Son nada más hojas, tallos y flores.
Después de detenerme unos segundos frente a esta múltiple hojarasca trato de abrir la puerta. Pero no es hasta el fin de varios intentos que ésta cede con una lenta pesadez.
Los cortinajes y drapeados que cubren la habitación la hacen parecer un harén lleno de incienso y misteriosas sombras detrás de cada doblez o cambio en la textura de las telas.
Al fondo, en una inmensa cama de roble, está Ariana sentada y mirándome con esos ojos negros que solo a ella le pueden brillar así. Ónix u obsidiana sacada de un puñal de ritos aztecas, sus ojos me siguen por la habitación mientras trato de sortear cortinas y drapeados para poder llegar a ella.
En la galería, alguien se ha puesto a ensayar la cadenza de un concierto para chelo.
De repente las cortinas se hacen más transparentes, más invisibles ante los rayos de luna que entran por las ventanas de la inmensa habitación.
Su luz también ilumina de gris toda la galería.
En medio de estos cortinajes, bailando en la brisa, Clivus va apagando, uno por uno, los candelabros del amplio corredor.
Reina la oscuridad ahí donde la luna no asoma su rostro lechoso.
Ariana saca un peine de ónix y empieza a peinar sus largos cabellos negros hasta que noto también su total desnudez. Los cabellos le caen sobre los pechos blancos creando otra fila de cortinajes y drapeados sobre la hermosa figura.
Entra Clivus con el último candelabro encendido y su ama le dice:
—Acuesta al niño.
El muchacho se va por la galería iluminando a su paso las figuras y filigranas del techo dividido en pequeñas bóvedas de madera. Cada vez que pasa por debajo de una de ellas se despiertan los lares más ocultos. Vuelven a la vida viejos rostros olvidados y de repente parece que desearan conversar con la luz. Pero no más han empezado, la luz del candelabro se aleja dejándolos en la más completa oscuridad.
Clivus sale al gran patio central: una inmensa gramilla cuadrada rodeada de una acera de piedra finamente pulida.
Empieza a llover.
No es Clivus quien va a acostar al niño sino yo, intrigados por los habitantes de esta casa.
La lluvia se vuelve una perniciosa tormenta que lanza agua del cielo como queriendo ahogarme en su furia de medianoche.
Caigo al suelo sobre la piedra pulida del patio interior y me doy cuenta de que tiene escritura, en su mayoría muy legible. Son relatos de vidas anteriores pintados en una brea negra sobre la piedra alisada.. Amigos y parientes de los muertos de esta casa que se perpetúan en las historias escritas sobre las losas del patio. Y sobre todas ellas, un espeso barniz que las cubre y las protege del agua y demás agentes. Trato entonces de caminar sobre la gramilla pero me resbalo y pierdo el equilibrio. La lluvia la ha impregnado al punto de que me hundo en ella hasta los tobillos. No queda más que cruzar el patio a gatas. Avanzo lentamente hasta que por fin llego al otro extremo del patio.
Ahí me espera Clivus con el mismo candelabro encendido. No sé cómo cruzó él.
Ya no importa.
Subo las gradas de madera hasta el segundo piso sin preocuparme de estar mojados.
Arriba, Clivus me espera con un candelabro y una toalla. Tomo ambas y sigo hacia el cuarto del fondo; una habitación a la que se accede también por medio de una enorme puerta de dos hojas.
Al cruzar la galería y encaminarme hacia la gran puerta, ésta, con un lento chirrido, se va cerrando. Corro entonces para atajar la puerta pero no llego a tiempo. Se cierra con un golpe hondo y seco que retumba en toda la casa.
Empujo entonces con toda mi fuerza para abrir hasta que logro que las pesadas hojas rechinen y la puerta se abra si acaso unos centímetros. Pero no sigo más. Estoy exhausto y siento escalofríos ante la humedad de la noche. Es evidente que la mojada en el patio no me hizo bien.
Clivus ha cruzado la galería con su habitual parsimonia y ahora llega junto a mí para ayudarme a terminar de abrir la puerta. Empujamos entre los dos y por fin logramos que se abra.
Tan pronto hemos entrado la risa de un niño invade la habitación. Parece venir de las cortinas de la ventana que aún se mecen al viento tras la breve tormenta. Me acerco a las cortinas y en un rapidísimos gesto las descorro.
Un gato blanco sale maullando a toda prisa.
En una esquina de la gran habitación hay una mesa de caoba. Sobre ella un tren eléctrico y todos los aditamentos necesarios para que un niño juegue largas horas con su transporte de pasajeros. El tren toca su aguda bocina y empieza a recorrer el itinerario circular sobre la mesa.
Clivus de repente sonríe. Es la primera vez que su rostro muestra algún gesto particular.
El trencito aumenta su velocidad hasta un nivel peligroso.
Clivus empieza a reír.
El juguete por fin se descarrila y hay un chisporroteo sobre la vieja mesa.
De nuevo una risa de niño en la habitación.
Y las cortinas también se mueven.
Decido volver a investigar de propia cuenta el movimiento de las cortinas pero solo sale un gato (esta vez gris) maullando perezosamente.
La risa del niño se pierde lentamente entre las bóvedas de la galería.
Clivus vuelve a su actitud enhiesta y cierra lentamente las ventanas de la habitación.
De pronto noto algo que no había visto antes: en el fondo de la inmensa habitación hay un baldaquín con sus cortinas descorridas. Y en la cama, sobre lo que parece ser una gran cobija roja y dorada, el cuerpecito de un niño.
Me acerco para ver mejor al ocupante de la cama y resulta ser lo que supuse: un niño de unos seis años dormido sobre la cobija dorada como si estuviera en capilla ardiente.
Me acerco más y noto algo extraño en su cabeza; una corona, o más bien una cornamenta pequeña, como correspondería a alguien de su edad, pero en definitiva no a su especie. Son dos cuernos de carnero que poco a poco van saliendo del cráneo del niño.
Clivus se acerca al cuerpecito y lo arropa con la misma cobija dorada. Luego le pasa el revés de la mano por una de las mejillas y empieza a cerrar las cortinas del baldaquín. Antes de que su imagen desaparezca de mi vista, hago el mismo gesto de Clivus; paso el revés de mi mano por una mejilla del chico y de pronto me doy cuenta de la importancia de este ritual:
No es un niño, sino apenas su cadáver.
Después de cerrar la gran puerta que da al corredor un viento frío vuelve a invadir la galería.
Se apagan todos los candelabros.
Clivus y yo avanzamos por los corredores vueltos a iluminar por la luz de luna hasta llegar a la puerta de salida. El muchacho me deja ahí.
Regresa a la galería y empieza a subir las gradas con el mismo empeño de antes.
Yo salgo a la noche para cruzar el patio. Miro las historias de tantos seres del pasado y de pronto entiendo el itinerario de esta antigua casa.
Como el tren de juguete en la habitación de Omestes, su ruta es eternamente circular.
Cada noche muriendo en el patio bajo la lluvia.
Cada madrugada escondido entre las sombras de la casa.
San Juan del Murciélago,
27 de febrero de 2006.
13 COMENTARIOS:
Aplausos, Álex, aplausos.
Título excelente. Acertado manejo de nombres, personajes, ambientes y descripciones. Distintas tradiciones narrativas en un breve espacio, conjugadas con tu voz.
Ese niño, especie de Sileno infante, ese tiempo y espacio circulares. Clivus, una suerte de Igor: guía y mayordomo de la casa.
De verdad, me gustó mucho.
no tengo duda alguna que alex es el mejor narrador de este país en mucho tiempo, por mucho, tiene una obra muy sólida...No pretende etiquetar ni alabar a nadie pero realmente al alex lo que es de alex.
Simplemente excelente
El cuento amalgama muchas ideas y les da forma. Es muy interesante que Ariana, que se fue con Dionisos (aquí como el niño de 6 años, si la referencia que encontré sobre Omestes es correcta) luego de que Teseo le pateara el culo, acá se encuentre en otro laberinto, esta vez parece que uno del que no desea salir, quizás más parecido a un laberinto del estilo de “Escaleras arriba y escaleras abajo” de Escher, un laberinto hecho de infinito actual. En ese sentido, supongo que Alex quería que Clivus le hiciera honor a su nombre y fuera la pendiente de la función laberíntica...
En el sentido en que Alex es un antimitólogo (entiendo alguien que no quiere hablar de la mitología sino que el mundo está siendo mitológico para él), no sé, digo, si en ese sentido, el contexto en que aparece su trabajo, es decir, el contexto de la literatura de Occidente, le hará mucho bien. Contamos con que su trabajo no le haga mucho bien a Occidente, en todo caso.
En este dédalo "hogareño" de Alexánder transitan seres atemporales porque trascienden una vez acabadas sus “existencias” en las historias escritas en el patio.
El relato produce muchas sensaciones y evoca estancias de imperios ya extintos.
Y este cuento fue el punto fuerte de mi merienda de este sábado: mejor que las tortillas que hice apresuradamente, los frijoles salpicados de pedacitos de chile rojo de la mata de mi solar, en fin, una nutritiva tarde de literatura y proteínas.
Si así es la cosa, "Reales juegos de artificio" pinta prometedor.
Felicidades para su autor.
Lo olvidaba, Alexánder: Gracias por su lectura de la entrevista a José León en mi blog y que le causara tan buena impresión.
Y sobre el pernicioso hábito endémico de despreciar a nuestros propios artistas, verdad más que meridiana la suya, digna de todo tipo de estudios para averiguar el porqué de esa mezquindad tan acendrada y caníbal. Pareciera ser que aquí la tribu de los mediocres “dominan el camino”.
Saludos!
en el ángulo, álex.
Un texto encantador, Alexánder! La atmósfera conseguida me impresiona: ese oxímoron técnico de la parquedad para retratar lo suntuoso. Me llenó de alegría el cierre. Es un texto delicioso. Qué extraño que la gente sienta pena cuando quiere celebrarte como un gran escritor. Yo sí lo afirmo. Hay muchas virtudes más en el texto, llevaría mucha más palabra. Sólo una cosa más: "me caería mal la mojada"... Jeje! Simplemente, delicioso!
Lo más extraordinario de este cuento, Álex, es que está armado a punta de objetos que muestran lo ominoso de la presencia de lo no humano, de lo no vivo. Los velos, la madera, las cobijas, los cuernos, el baldaquín, la grama, el agua, la luz, todo contribuye a que esa reposada voz de un narrador fantasma se llene de los elementos que lo rodean, para llegar al pináculo que significa el tren y su recorrido circular (el desacarrilamiento como esperanza, como arbitrio de algún azar que hace que las cosas varíen). Me trajo a la mente (no es comparación, es un punto de referencia) un lindísimo cuento de GC Hurtado, "Jardín con leones", cuyas dos versiones también están llenas de lluvia, recorridos y seres de cera.
Mae, está bravísimo el cuento.
Excelente trabajo Alex, reminicente al principio de algunas atmósferas surrealistas a las que remite por lo estático y arquitectónico del relato, en la que los personajes cumplen función casi de moblaje, me hizo pensar primero en las plazoletas de De Chirico o las escaleras de Escher y Piranesi. Pero el asunto del surrealismo no se remite únicamente a esas atmósferas oníricas sino más bien a la imposibilidad de traducir los hechos a esquemas racionales. En ese sentido, tomando en cuenta los nombres, como bien decía Esteban, y la disposición cuidadosísima de estos en el relato y los símbolos, vagos unos, evidentes los otros (la acera, via de tránsito), resulta evidente que hay un plan detrás de todo esto, que estás, en este retablo, dibujando un mito. Esto sería entonces simbolismo, y como en tus novelas, método mítico. La casa grande como símbolo inicialmente remite al universo, de modo que se podría leer el relato como una cosmología, tu comentario del estado del universo y las fuerzas mayores que lo trabajan a nivel humano.
Por suerte, además de mitólogo (o antimitólogo) son un escritor muy sensorial, y este, como muchos cuadros simbolistas, también se puede leer por el puro placer sensorial y estético.
PS. apenas tenga un respiro te comento los otros cuentos.
Asterión:
Gracias por tus generosas palabras. El niño Omestes es un trasunto de Dionisos (no de Sileno), puesto que Omestes era uno de sus títulos rituales. Significa "comedor de carne".
David:
¿Qué decir? Ante un elogio de esa magnitud, te doy humildemente mis más sinceras gracias. Pienso que lo más posible es que no sea cierto (es muy difícil cuando ahí afuera están vivos y coleando narradores de la talla de Rodolfo Arias, Tatiana Lobo y el maestro José León Sánchez). Pero no voy a ser malagradecido: igual te lo agradezco como si fuera una certeza total.
Mauro:
Gracias, de veras.
Esteban:
Tus fuentes no te mienten; Omestes fue el nombre de Dionisos una vez que el niño de seis años pasó por el ritual de ser comido por los titanes. Su abuela Rea (trasunto de la Madre Tierra) lo revivió y le dio el atributo del que había sido víctima. Por otra parte, lo de "antimitólogo" creo que me va muy bien porque no me interesa "relatar" la mitología sino re-vivirla literariamente. Es ese ropaje pagano o uno cristiano el que tendría este mundo. Francamente prefiero el primero. Y por último, Clivus y Ariana también son quienes suponés que son. Gracias por tus... ¿elogios?
Frank:
también gracias por tus palabras. Aunque, para serte sincero, tu merienda suena mucho más atractiva que mi cuento. Por otra parte, gracias a vos por la entrevista con José León. Fue un evento mágico.
Tetrabrik:
Mirá, tuve que hacer una chilena para medio llegarle a este cuento. Vos que sos hincha, ya sabés lo que eso cuesta. (¡Qué ridículo! ¿Te imaginás a esta figura obandiana haciendo una chilena en medio estadio? ¡Jué...!) en fin, gracias.
Luis Antonio:
Me alegra mucho lo que has dicho, pues el oxímoron es el lenguaje natural del mundo dionisiaco. Gracias por tus interesantes puntos de vista. ¡Ah!, y gracias por el piropazo. Al igual que con el comentario de David, no sé si lo merezco, pero que se agradece, hombre, se requeteagradece.
Juan y Sentenciero:
Hice una lectura detallada de los comentarios de ambos. Me empecé a embelesar, por lo tanto perdí toda objetividad. Déjenme decirles nada más que me llena de satisfacción la diversa cantidad de impresiones que el cuento ha provocado. No lo esperaba, es decir, -como me es habitual-, maljuzgo mis propios textos: a los buenos los veo malos y viceversa. Y en cuanto al libro que viene, por favor no se emocionen mucho. Creo que con este texto ya ventilé todos mis mejores trabajos. Y bueno, más adelante, ustedes juzgarán.
Gracias a todos.
Gracias por la info, Álex. No tenía referencias de "Omestes". En cuanto a Sileno, recordemos que es un sátiro, igual que algunas personificaciones de Dionisio, y además, en varias versiones del mito, su padrastro y su mentor.
Saludos.
Gracias a vos, Asterión, por la paciencia de visitar esta tu casa y dejar tus impresiones.
Un abrazo.
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